⁠⁠Como yo no veo televisión, sólo hasta hace poco me enteré de que todavía transmiten -y al parecer con mucho éxito- el interminable programa Sábados Felices. En realidad no me extraña: únicamente esos libretos de humor grotesco pueden reflejar el eterno sainete de la política colombiana. Y la gente se siente frente a la pantalla, viéndolo, como contemplándose en un enorme espejo.

La última pieza de la tragicomedia nacional es el caso de Odebrecht, al que algunos selenitas políticos calificaron como una cortina de humo fabricada para desviar la atención de los últimos acontecimientos referentes al proceso de paz. No, todo lo contrario: en realidad es la prueba reina de lo podrida que está absolutamente toda nuestra clase política tradicional, y a la que ninguno de sus miembros ha podido encontrarle un distractor lo suficientemente eficaz como para desviar la atención de la opinión pública.

La tienen difícil esta vez esos 'mismos con las mismas': las confesiones y los destapes en el caso de Odebrecht han sido incluso más númerosos y se han dado de forma más rápida y fácil que en el mismísimo Proceso 8.000. Lo cual no es poco decir.

Por un lado, las declaraciones del publicista brasileño Duda Mendoça, con respecto a los aportes de U$ 1'600.000 efectuados por esa empresa brasileña durante la contienda presidencial colombiana de 2014, implicaron hasta tal punto al excandidato Óscar Iván Zuluaga que éste renunció 'temporalmente' a presentar su nombre como representante del Centro Democrático.

Por otro lado, por el del gobierno actual -que a la larga es el mismo lado-, la cosa no es muy diferente: el gerente de la campaña presidencial de 2010 'Santos Presidente', Roberto Prieto, confesó que recibió contribuciones de la misma constructora brasileña, destinadas a la elaboración de afiches publicitarios.

Contaminadas, pues, las dos últimas campañas presidenciales colombianas, sólo alguien cuyo cerebro ha pasado por todos los ciclos de lavado, incluyendo el enjuagado y el secado, no notará el común denominador en ambas: Álvaro Uribe.

En efecto: la campaña de Juan Manuel Santos que resultó comprometida con aportes de dudosa procedencia fue la de 2010, cuando era el candidato que contaba con el apoyo de Uribe, nada menos que el presidente en ejercicio en ese momento. (Ahora ya no parece tan cómica la consigna que coreaban los partidarios de su rival de entonces, Antanas Mockus, como consuelo por la derrota: "Yo vine porque quise, a mí no me pagaron").

De hecho no es ninguna sorpresa que le haya estallado, tarde o temprano, una escándalo de corrupción a Santos: ese parece ser el destino de todo funcionario de alto nivel que haya pertenecido a alguno de los dos gobiernos de Uribe. La lista de uribistas implicados en casos de corrupción es tan larga que por cuestiones de espacio no la transcribo aquí, y Santos era uno de los pocos que no figuraba en ella.

Después, en las elecciones de 2014, y hasta que no se diga otra cosa, la única campaña implicada en la recepción de dineros de dudosa procedencia es la de Óscar Iván Zuluaga: de nuevo la del candidato uribista. (Más aún: otros testimonios vinculan a los propios hijos de Uribe con el publicista Duda Mendoça, hecho para el cual el expresidente tiene una curiosa y tajante explicación: "Ellos [Tomás y Jerónimo] tuvieron una reunión [con Duda] de tipo social". Y digo 'tajante' porque el sobreprotector padre de los prósperos delfines monta en santa cólera si alguien osa profundizar en el tema: "Respetá, home").

Y como ya sería el colmo de las farsas que, ahora que se descubrió la olla podrida de su campaña de 2010, Santos se declarase, como buen uribista que fue, perseguido político de su propio gobierno, tenemos que conformarnos con el numerito surrealista -por lo jocosamente disparatado- que están montando los incoherentes de siempre. Me refiero, por supuesto -quiénes más podrían ser-, a los seguidores del 'impoluto Mesías', que ahora andan rasgándose las vestiduras con los 'votos sucios' que logró Juan Manuel Santos en aquellas elecciones. Votos que -quizás alguien debería tener la caridad de informarles- ellos mismos, espoleados por Uribe, depositaron en las urnas. Ese giro no se le ha ocurrido ni siquiera al libretista más delirante de Sábados Felices.

Nadie esta descubriendo el agua tibia. La corrupción siempre ha estado ahí, incrustada en nuestra clase política tradicional. Sólo que hasta hace poco confundíamos el olor de los muertos de la guerra con el hedor de las prácticas politiqueras. Lo único nuevo es el descaro. Antes un -pensábamos- cínico Julio César Turbay proponía "reducir la corrupción a sus justas proporciones" Hoy Álvaro Uribe -el denominador común- convoca a una marcha contra la corrupción. A la que con seguridad no asistirán sólo cuatro gatos.

Saque usted sus propias conclusiones.