Uno de los diálogos menos conocidos de Platón es Carmides, o De la templanza. En la época de sus diálogos de juventud, Platón aún estaba influenciado por Sócrates y no llegaba a una definición definitiva, pero eso no significa que la palabra no tenga sentido o que la templanza deje de ser una virtud. Parafraseando a Wittgenstein, si solo se hablara de lo que podemos definir pronto dejaríamos de hablar: la definición tiene que estar en algún lado.

Sigamos pues a la Real Academia Española: la templanza es una de las cuatro virtudes cardinales, consistente moderar los apetitos sensuales y el uso excesivo de los sentidos, sujetándolos a la razón. Recordemos que virtudes cardinales son las requeridas para llevar una vida conforme al buen juicio y a obrar correctamente. Aunque la expresión es de origen cristiano sus raíces se rastrean en la filosofía griega: Platón señala la preminencia de la sabiduría, seguida de la templanza, la fortaleza y finalmente, de la unión de las tres, surge la justicia.

Es claro que hay templanza tanto del lenguaje como de la acción. Me acordé de esto al ver en un video cómo una mujer que en la puerta de una oficina en Barranquilla le reclama a otra por ser la amante del esposo, acudiendo a expresiones hirientes, insultando, amenazando, diciendo que es hija de paraco, pariente de Escobar, etc. El video se viralizó, quizá porque exacerbaba nuestra fascinación por la violencia, tenía elementos machistas y asuntos religiosos: la mujer decía ser cristiana renacida, y su lenguaje agresivo se contradecía con el mensaje de paz del Señor. Las posteriores declaraciones de la señora para reparar el hecho hicieron poco por arreglar la situación: la hija de la señora, avergonzada, fue víctima de matoneo y no quiere volver al colegio.

Hizo falta templanza en el lenguaje. De la señora, por supuesto, y de los comentarios del foro, llenos de insultos y frases ofensivas, a favor o en contra de la protagonista; luego los comentaristas pasaron a insultarse ante ellos, mostrando los errores de cada parte, en una escalada verbal que terminó por físico cansancio. Al final, todos éramos malos para alguien: si no se criticaba que dos mujeres pelearan por el amor de un hombre nos decían machistas, o “ud. no sabe lo que es tener una moza en el matrimonio”; si alguien respondía que esos eran los cristianos, unos fariseos alejados de sus principios, otro respondía que la religión no tenía nada que ver, y lo acusaban de antirreligioso. Así sucesivamente.

En otro episodio, ante una serie de acusaciones desobligantes y agresivas, un pastor evangélico de Cartagena anuncia al periodista que le enviará un grupo de “manes tablúos a hacerle la vuelta”. Más allá de la certeza o no de las acusaciones, preocupa que un líder religioso se exprese de esa forma, así sea de forma humorística, y en público.

Encontré esto impresionante. No era un acto de mera pedantería. El pedante se deleita en mostrar el error, más que en mostrar la verdad, sea lo que eso sea. Son episodios de intemperancia social. La intemperancia de la expresión es el enemigo de las distinciones de significado. Esto es importante, ya que las acciones a menudo se basan en palabras y no en realidades o cosas. Si somos intemperantes en el uso de las palabras es probable que nos volvamos intemperantes en nuestros actos, en nuestro propio detrimento, pero, más importante aún, en detrimento de los demás.

También hay intemperancia en las formas de expresión facial y gestual. Por ejemplo, creo que ni el más fiel de los partidarios del presidente Trump podrá desconocer que las expresiones y gestos del presidente de Estados Unidos, junto con sus palabras, son como mínimo agresivas, y en multitud de ocasiones, intemperantes. Pero hay que ser equilibrados: sus adversarios también son culpables de intemperancia, tanto en palabras como en gestos. Tan pronto como fue elegido, muchos de sus opositores comenzaron a usar la palabra resistencia, en lugar de oposición, como si los Estados Unidos se hubiera convertido en una especie de dictadura donde era peligroso expresar una opinión contraria a la del presidente, como si los opositores estuvieran siendo perseguidos y encarcelados por ello. (Hay que aclarar que, para mí, resistir implica rechazar algo que, aunque legal, lo consideramos injusto o inmoral y usamos los medios a nuestro alcance para oponernos, inclusive los violentos; mientras que oponer es rechazar algo que encontramos incorrecto y lo combatimos desde la laegalidad).

Creo que difícilmente se puede negar que vivimos en una época de intemperancia del lenguaje. Lo prueba la susceptibilidad que genera “lo políticamente correcto”. No nos basta con decir que nos gusta o no nos gusta algo; nos parece necesario, para llamar la atención sobre nosotros mismos o nuestros sentimientos, decir que lo amamos o lo odiamos. El lenguaje utilizado en Internet es a menudo intemperado, y, al igual que Don Quijote no sólo era ingenioso en sí mismo, sino una causa del ingenio en Sancho Panza, nuestra intemperancia fomenta la intemperancia en el lenguaje de los demás y viceversa. El error está en creer que esos actos intemperantes son episodios de catarsis: la intemperancia está lejos de ser catártica, solo engendra más intemperancia.

Cuando utilizamos un lenguaje fuerte para describir cosas pequeñas nos privamos de los medios para describir a las grandes, y sólo nos quedan los gestos violentos o la violencia misma. En el caso de daños morales leves o incluso más graves, no tenemos palabras para describir o reprehender el mal verdadero. Si todo el mundo es un Hitler, al final nadie lo es. Debe existir moderación en el lenguaje y en la respuesta, en particular en los líderes sociales. Pero estamos viendo la llegada de un grupo de personas que manejan un lenguaje intemperante para hacerse notar, y también para imponer sus ideas, y han contagiado a la sociedad con ese clima. Eso resulta preocupante. Si hacemos constantes llamados en un lenguaje agresivo, reducimos de forma significativa la posibilidad de lograr consensos y acuerdos frente a las diferencias. Estamos, pues, ante una degradación del clima social que es necesario atajar.

Sería bueno recordar una frase de un libro muy desacreditado en nuestros días, pero que durante siglos fue guía para gran parte de nuestra sociedad: La blanda respuesta quita la ira, mas la palabra áspera hace subir el furor. (Proverbios 15-1)