Algún día esta sociedad, o al menos la parte de ella que se esperanza y se alegra en el hecho de que el proceso de paz de su propio país fracase, será objeto de estudio para antropólogos, para psicólogos sociales y -por qué no- hasta para psiquiatras forenses. Alguien algún día tendrá que encontrar una explicación a ese comportamiento psicópata, a esos casi nulos niveles de empatía y remordimiento que se jactan en demostrar esas personas; alguien algún día tendrá que establecer, así sea retrospectivamente, las responsabilidades penales y las capacidades civiles de esas gentes por regodearse con cada tropiezo que sufre el proceso de paz, por ponerse contentas cada vez que encuentran la noticia de que aquí o allá mataron a alguien el una escaramuza militar -no importa si el volumen de noticias similares haya descendido desde muchísimas al día hasta casi cero-, por pretender dizque salvar a unos niños que en realidad serían la carne de cañón de la guerra que piden a gritos.

Y no es que yo piense que aquí hay 20 millones de locos peligrosos: tampoco los había en la Alemania de 1939. No: sé perfectamente que tanto aquí como allá surgió un líder inexplicablemente carismático (se trata de dos enanos gritones, con muy poca gracia y sin el menor sentido del humor) que aborregó las mentes más débiles de la nación, las de los infantes eternos que necesitan de un papá que los proteja de todo mal y les diga cómo es que tienen que actuar y qué tienen que decir ("la impunidad traerá nuevas violencias", "yo sí quiero la paz, pero no así", "le estamos entregando el país a las FARC", "así empezó Venezuela"...).

En el caso de Alemania eso está requete estudiado: la torpeza de sus gobernantes había llevado al país a participar en conflictos que a la postre le pasaron costosas facturas económicas y morales a la sociedad de entonces, y ésta, desmoralizada y arruinada, le vendió el alma al primer Diablo que le prometió salvarla de un enemigo imaginario: los judíos -principalmente-. Los banqueros judíos, que se quedaban con el dinero de los alemanes blancos y puros (no era que la plata se hubiera perdido en armamento y movilizaciones bélicas, no: era que se la llevaban esos ladrones espantosos: “La personificación del diablo como el símbolo de todos los males asume la forma de vida del judío”, les decía Hitler a las masa enardecidas y estupidizadas).

Hitler era un tipo hábil en las artes manipulatorias. Pensaba cosas como esta: "El Estado debe declarar al niño como el tesoro más preciado del pueblo. Si el pueblo percibe que el gobierno trabaja para el beneficio de los niños, soportará casi cualquier restricción a la libertad y cualquier tipo de privación.". Otra vez 'el niño'. ¿Suena familiar a la Colombia contemporánea? A mí sí: aparte de la farsa a la que hice referencia arriba, me recuerda a aquella marcha multitudinaria, convocada por algunos de los más incisivos promotores del No en el plebiscito, en contra de que la encubierta dictadura castrochavista del presidente Santos, valiéndose de unas cartillas, convirtiera a los niños colombianos en gais.

Lo sé, cualquier extranjero que lea esto reventará de la risa. Y los colombianos del futuro también lo harán. Mientras tanto un psicólogo social más o menos competente deberá confirmarnos que, tal como en la Alemania nazi, aquí también se construyó un enemigo imaginario y a la medida: no es que el dinero de los contribuyentes se haya evaporado en la olla podrida de Reficar o se haya fugado por las carreteras de Odebrecht o se haya perdido en la infinita lista de desfalcos perpetrados por la clase política colombiana contra el Estado...No: es que nos lo quitarán, junto con el resto de nuestros bienes, unos maléficos personajes comunistas a quienes un impostor de oligarca les entregará el país. Y ahí está, por supuesto, Álvaro Uribe Vélez para evitarlo.

¿Pero entonces cuál es la diferencia entre las dos autopsias, es decir entre la necropsia practicada al cadáver agujereado de la Alemania de mediados del siglo pasado y la que tendrá que hacérsele al colorado cuerpo de la Colombia actual, que aún respira? ¿Por qué Colombia aún respira, mejor dicho? Fácil: el pueblo alemán, así, manipulado y todo, insensibilizado hasta las últimas consecuencias como estaba, todavía conservaba el coraje que siempre lo caracterizó, y terminó -todo él- inmolándose en la locura espantosa de la Segunda Guerra Mundial. El colombiano, en cambio, mutó de aquella estirpe fratricida dispuesta a arriesgar su pellejo, sin importar la clase social a la que perteneciera, en feroces combates que terminaban en 'cortes de franela' o de 'corbata', en 'picar para tamal', y otras lindezas semejantes, a una caterva de guerreritos de escritorio, de matones de Whatsapp, de gladiadores de Facebook que repiten sin cesar los delirios criminales de un tipo que se contradice a sí mismo a cada frase que pronuncia o escribe en su Twitter, pero que lo más cercano a una actividad militar que han realizado en sus vidas son las marchas tontas y cínicas a las que los convocan en la canícula de las doce del día, y a las que asisten disfrazados de paracos desempleados.

Cerremos con otro pensamiento de Hitler: “Qué mejor suerte que gobernar a hombres que no piensan”.