Todos hemos oído acerca de los experimentos que, a partir de sus observaciones en gansos, llevó a cabo el reputado zoólogo y etólogo vienés Konrad Lorenz, y por los cuales -en parte- le otorgaron el Premio Nobel de Medicina en 1973.

Lorenz, como se sabe, esperó hasta que los cascarones de un grupo de huevos de ganso fueran rotos por las crías que se desarrollaban dentro, se aseguró de que la primera cosa cosa grande y en movimiento que vieran los gansitos fuese él, y el resto fue pan comido: las pequeñas aves lo seguían a todas partes, creyendo que era su madre; caminaban o corrían detrás de Lorenz si él lo hacia primero, y se desplazaban sobre el agua a su alrededor si él se lanzaba a nadar.

El fenómeno que describió Lorenz se conoce como 'imprinting' ('en español 'impronta'), y es por medio del cual algunas especies de animales superiores, principalmente mamíferos y aves, aprenden comportamientos que no vienen codificados en sus genes, pero que son necesarios para la supervivencia del ejemplar. Gracias a ello un cachorro de tigre aprende técnicas de cacería: observando a su madre, e imitándola. Y es también a causa del imprinting que un espécimen humano muy probablemente termine caminando de forma parecida a como lo hace uno de sus padres.

Sin embargo, esa habilidad para la copia alcanza su máximo en los primeros años de vida del animal (que en al caso del hombre puede cubrir un período hasta de doce o quince años), los cuales coinciden con el momento en que el cerebro es más maleable y adquiere una configuración difícil de cambiar en el futuro. Lo aprendido en la infancia suele permanecer fijo, como grabado con fuego. Más tarde esa capacidad se va perdiendo. Lo más probable, entonces, es que si, por ejemplo, Messi hubiese aprendido a jugar fútbol a los 18 años, y no a los 5 ó 6, hoy no conseguiría ni una suplencia en la B de La Equidad.

Pero así como el imprinting le sirve al hombre para aprender a detectar situaciones peligrosas o para desarrollar talentos, también es aprovechado por algunos para manipular las voluntades de grandes masas de personas. Los adoctrinamientos no son otra cosa que eso: el tallado en las mentes jóvenes de unas ideas fabricadas a la medida, que a la postre presionan a los individuos a pensar y actuar de determinada manera.

De ese mecanismo de manipulación se sirven los fascismos, los cultos a la personalidad de dictadores y, por supuesto, las religiones. Estas últimas de forma más eficiente, por cuanto su carácter institucional es capaz de mantener vigentes los dogmas por generaciones y generaciones.

Al imprinting se debe el hecho de que advirtamos con facilidad los disparates en que se basan otras religiones y en cambio nos cueste mucho trabajo advertirlos en la nuestra. Serpientes que hablan, mujeres hechas a partir de huesos, palomas que engendran seres humano, resurrección de muertos... Si hubiésemos sido criados por unos chinos pensaríamos, con razón, que las personas que creen en esas sandeces se la fumaron verde.

Así las cosas, no es raro que un cura en Cartagena -que se autodenomina profeta- se dé el lujo de decirles a los miembros de su congregación que, a través de él, Dios les manda a decir que llenen de dinero ("todo el que tengan", preferiblemente) unas vasijas dispuestas en línea frente al púlpito del templo. Y que además éstos le crean y le obedezcan, "así se ganen el mínimo".

No hay misterio, pues, en el comportamiento de esos feligreses: la impronta religiosa con la que tempranamente les marcaron el cerebro exige la existencia de un dios pedigüeño y vengativo. ¿Pero y el cura o el pastor? Siempre me he preguntado por qué la ambición logra vencer la impronta del líder religioso cristiano, y no le importa llenarse los bolsillos de esa manera, a costa de tantas personas, muchas de las cuales sin apenas lo suficiente para sobrevivir.

Para explicármelo he considerado tres posibilidades.

La primera es que sean unos tipos temerarios, que o bien prefieren pasarla de puta madre en esta vida y pagar las consecuencias después, en el infierno, tal como lo contempla la creencia, o bien suponen que lograrán arrepentirse a tiempo, en el lecho de muerte, y así ser perdonados (con lo cual, después de una corta temporada en el purgatorio, habrían pasado bien aquí, pecando de lo lindo y regañando pecadores, y también en el más allá. Una estrategia tipo político colombiano).

Otra posibilidad es que practiquen el gangsterismo religioso, tan común en todo cristiano que se respete. Es decir: que estén convencidos de que un dios infinitamente justo va a preferirlos a ellos, por su linda cara; que va a ponerse del lado, por ejemplo, de sus equipos de fútbol, así el adversario también esté conformado por hinchas y jugadores que son tan amadísimos hijos de Él como ellos. O que va a ayudarlos así, de la nada, en una entrevista de trabajo. El pastor, según esta posibilidad, se enriquece, pero no le preocupa: Dios está de su lado, lo prefiere a él. (Se me ocurre que ese Dios debe considerar los asuntos relacionados con esa clase de justicia en un despacho muy parecido al de Vito Corleone).

Y la última posibilidad es también la más probable y paradójica de las tres: que sean ateos. Ateos y sinvergüenzas. Y que, entonces, les importe un -nunca mejor dicho- reverendo pepino aprovecharse de la superstición y la ignorancia de tantas personas.

Pobres gansitos cristianos: salieron del cascarón y la primera cosa grande que vieron moverse fue un coyote.

(Imagen tomada de g12.com)