El pasado domingo 26 de marzo los ambientalistas del país estaban más felices que Pachito Santos cuando su patrón Uribe le hace un cambio de luces. Según los más puristas defensores de lo verde (abstenerse hinchas del Nacional) se ganó una batalla por la salvación del medio ambiente y la sostenibilidad de nuestro patrimonio natural. ¿Se ganó o se perdió en la consulta popular de Cajamarca? La votación en el pueblo tolimense que rechazó el desarrollo de un proyecto para la extracción de oro genera más incertidumbres que certezas.


Una votación en la cual el 98% (6165 votos contra 76) escoge una opción es prácticamente inapelable, me recuerda los nocauts de Tyson en el primer round. La pregunta que surge es la potestad que tiene cada municipio de obstaculizar y finalmente detener proyectos de interés nacional. No me imagino preguntando a todos los municipios por cada uno de los proyectos carboníferos, hidroeléctricos o petrolíferos que han servido para desarrollar (así sea parcialmente) a Colombia. ¿Qué pasa si ciertas poblaciones de los llanos deciden detener la extracción de crudo en Cusiana? ¿O los Wayúu la extracción de gas en la Guajira? ¿Los habitantes de cualquiera de los pueblos que atraviesa la ruta del sol (que une el interior con la costa atlántica) pueden parar la construcción de esta necesaria carretera? ¿Y Chivor? ¿Y el puerto de Buenaventura? La lista no acabaría nunca.
Recuerdo que Sergio Barrera, en su cátedra de Problemática Ambiental en la Universidad de los Andes, siempre decía que nada contaminaba más que la pobreza, refiriéndose a que las necesidades insatisfechas y la falta de saneamiento básico eran las principales amenazas a la continuidad del planeta; hablaba de la tala de árboles para la leña, de la contaminación de las fuentes hídricas, entre otras problemáticas. En el caso de Cajamarca la cosa se agrava mucho más, ya que en este caso no sólo estamos hablando de la pobreza de un municipio, sino de la de todo un país. La victoria de David sobre Goliat, como trilladamente fue catalogado el resultado de la votación de los cajamarquinos en contra de los intereses de multinacional AngloGold Ashanti (AGA), es también la derrota de muchos David; este David Tolimense, si bien venció en las urnas al Goliat AGA, también pudo llevarse por delante al David Chocó, al David Proceso de Paz, al David Empleo y a muchos otros David. ¿Es el oro de Cajamarca o es el oro de Colombia?
La otra cuestión que me asalta es la equidad en la repartición de las regalías. En el año 2011 el entonces ministro de Hacienda, Juan Carlos Echeverry, impulsó una ley para redistribuir las regalías por estas explotaciones mineras; su idea era que no todo quedara en las cabeceras municipales donde se localizaba el proyecto sino que todos los colombianos nos beneficiáramos con los dividendos de nuestra riqueza natural. Tenía sentido: el actual presidente de Ecopetrol utilizó el ejemplo de la mermelada en la tostada, que no quedara toda la mermelada en el centro de la tostada sino que se repartiera uniformemente por lo largo y ancho de su superficie, haciendo un símil con nuestro país. El ejemplo utilizado por Echeverry fue tergiversado y utilizado de ahí en adelante como sinónimo de la corrupción que campea en nuestra sociedad, de la que ciertos funcionarios no han estado exentos, como la brasilera Odebretch nos lo ha recordado en estos meses. Ahora preguntaría: ¿Tienen derecho a parte de las regalías del Carbón de Chiriguaná (Cesar) o de Barrancas (Guajira) aquellos municipios como Cajamarca que, con razones o sin ellas, no quieren aportar con sus recursos naturales a la riqueza de la Nación? ¿Me puedo apropiar de la mermelada que viene de lejos sin meter el hombro en la construcción de una sociedad más rica, desarrollada y equitativa?
Dejando de lado las consecuencias económicas que un pleito entre el gobierno nacional y la multinacional puede traer, creo que los ambientalistas aquí están suponiendo que esa riqueza no va a ser explotada. El 70% de la explotación aurífera colombiana es ilegal, descontrolada y contaminante, no deja impuestos, ni regalías, ni empleos de calidad. ¿Quién nos asegura que no se va a repetir la historia aquí? Al decir esto no estoy dando un cheque en blanco a la iniciativa privada en este tipo de proyectos de explotación minera; la regulación, la vigilancia y el control del Estado es vital en encontrar un equilibrio entre los beneficios y los impactos. Hay proyectos similares en Australia y en Estados Unidos, por referirme a países exigentes en sus legislaciones medioambientales, de los cuales se puede y se debe aprender.
Cualquier actividad humana genera impactos; creo que muy pocos quieren vivir en una hamaca colgada de dos palos de coco, sin luz, sin televisión, sin internet. O es que creemos que la luz eléctrica que nos llega a nuestros hogares se genera espontáneamente, o los computadores, los cables, los servidores, la telefonía móvil, el plástico, la gasolina de nuestros vehículos que diariamente estamos utilizando no generan impactos. Lula da Silva, al ser atacado con hipocresía por proyectos de esta envergadura, respondía inteligentemente que si los países desarrollados querían mantener las selvas brasileñas que pagaran por tenerlas. El primer mundo es el primer obligado a preservar el planeta y resulta moralmente inaceptable pasar la factura ambiental a los países en vía de desarrollo.
Sin duda el caso de Cajamarca va a abrir un amplio debate por la delimitación de las funciones del gobierno central frente a las autoridades regionales y municipales. Las cortes tendrán la última palabra y lo que salga de sus providencias puede hacer inviables los proyectos de desarrollo minero-energético del país. De nada sirve ser el país con más biodiversidad del planeta y tener un 30% de la población en la pobreza y un 10% en la miseria. El agua vale más que el oro, fue el slogan de la campaña ganadora en el Tolima; yo añadiría que no hay gota de agua que valga una vida humana. De nada sirve ser el más rico del cementerio.

(Imagen tomada de http://4.bp.blogspot.com/)