Dicen que el próximo 1 de abril, con la olorosa humanidad de Álvaro Uribe Vélez como única fuente de inspiración, habrá una manifestación de la derecha colombiana en contra de todo. Con sorprendente desparpajo, los convocantes han dicho que las respetables señoras cincuentonas que poblarán la marcha protestarán contra la corrupción que carcome a Colombia desde hace dos siglos, y de la que todo el país apenas se vino a enterar cuando estalló el escándalo de Odebrecht.


Pero la verdad es que los uribistas -esas criaturas tan capaces de confundir a amigos y enemigos por igual, dada su fantástica habilidad para confundirse a sí mismos- usarán su derecho a la protesta para expresar bajo la lluvia su oposición al gobierno, al proceso de paz, al sistema de justicia que ha perseguido a sus paladines, a las Farc que los dejaron sin guerra, a la izquierda de Petro, a la izquierda de Robledo, a los homosexuales todos, a las lesbianas Parodi y López que se quieren tomar el poder, a los ateos, al Papa que parece un ateo, a Fidel y a Hugo Rafael, que se murieron sin que la ideología bautizada con sus apellidos se concretara, y por eso es cada vez más difícil usarla como arma en las protestas.
Será, pues, una babélica muchedumbre gritando consignas en contra de todo lo que no sea regresar a sus propias corrupciones, a sus atávicas fechorías, a sus perdidas conquistas de conglomerado cristiano, heterosexual y guerrero.
Caminarán al frente, con las cabezas escondidas bajo los paraguas, Uribe, Ordóñez, Londoño, José Obdulio, hombres de provincia que hasta hace poco se jactaban de haberle arrebatado el poder a la decadente élite bogotana. Y a sus espaldas, Paloma y María Fernanda tratarán de ocultar el fastidio que les produce mezclarse con la plebe –así sea la que votó por ellas­– y con las damas capitalinas que sienten una veneración erótica por el senador expresidente.
La Plaza de Bolívar acogerá a la multitud empapada de aguacero y babas, como lo ha hecho con tantas otras hordas de protestantes alienados. A las cinco, cuando los carteles de Andrés Felipe Arias ya no resistan una gota más, las cacatúas cincuentonas se dispersarán a sus casas de norte y los tuiteros comenzarán a retocar las fotos para que aparezcan millones de furiosos.
Como es previsible, de esta marcha no saldrá nada nuevo. Solo ellos, los caminantes enchumbados y delirantes y confundidos, estarán convencidos de que sentaron un precedente, de que el país entero les agradecerá su nobleza, su voz de alerta ante la entrega de la patria a las Farc y al castrochavismo, de que su líder debe regresar a la silla de los presidentes (así la Constitución no lo permita y sea necesario corromper una vez más a algunos congresistas ignorantes y ambiciosos) para arreglar lo que Santos echó a perder.
Será una protesta cuyos participantes no imaginarán que a cientos de kilómetros, en el Chocó, en Urabá, en el Catatumbo, unos tipos que prefieren asesinar a líderes sociales por ser defensores de la paz, o militantes de la izquierda, o lesbianas, o ateos, en lugar de protestar en marchas inútiles, los verán vociferar por televisión. Y cada grito en contra de todo lo que no sea igual a Uribe alimentará el valor que necesitan los masacradores renacidos para seguir disparando donde los disparos parecían haber cesado.
Porque una protesta gestada en el odio, la confusión y la mentira, así sea bajo la lluvia, así sea protagonizada por repetables señoras en su otoño, así sea argumentada de espaldas a la realidad del país y del mundo, renueva de vigor las manos temblorosas que siguen empuñando los fusiles en las sombras, las armas que jamás van a entregarse a ninguna comisión de las Naciones Unidas.
@desdeelfrio
(Imagen tomada de http://www.vanguardia.com/)