Leo en una nota de El Espectador que la ciudadana americana Helen Beristain votó por Trump porque no creyó que su esposo Roberto, de nacionalidad mexicana y quien vivía desde 1998 en EE. UU. y era propietario de un exitoso restaurante, "cupiera en la categoría de 'bad hombres' que se propuso acabar Donald Trump". Ella pensó que todo lo que prometía hacer el candidato republicano se iba a traducir en "facilidades para que los inmigrantes que trabajan y realmente aportan al país se convirtieran en ciudadanos estadounidenses."



Temo que la señora Beristain, al igual que otros millones de furiosos trumpistas, se dejó engañar por el discurso incendiario del ahora presidente, y recién se está dando cuenta por medio de un cruel ironía: Roberto Beristain, su esposo, fue -según sigue informando la nota periodística- primero detenido durante una visita rutinaria a las oficinas de inmigración, y después conducido a una prisión del condado de Kenosha, Wisconsin, desde donde será deportado a México mañana viernes.

La estrategia de Trump para ganar el voto de la señora Berinstain fue vociferarle a su cerebro reptil (el encargado de las emociones); alertarlo para que destronara al neocortex (el de los raciocinios) y tomara el control. Le dijo, palabras más palabras menos, que unos inmigrantes, tan trabajadores como peligrosos, amenazaban con arrebatarle los empleos a los americanos de bien.

Guiarse por el cerebro reptil, como lo explica el escritor de temas científicos Michael Shermer en The Believing Brain, fue más útil hace unos 100.000 años, cuando un arbusto que se movía podía significar la presencia de un león. En esos momentos no había tiempo para razonar si quizás era sólo el viento: se daba por hecho que era un depredador, y se corría por la vida. No había de otra. Para eso sirve el miedo.

Sin embargo, y pese a que en el mundo moderno y urbano el cerebro reptil sigue siendo imprescindible, si tomamos determinadas decisiones basándonos sólo en éste termina pasándonos lo que le pasó a la señora Berinstain: a menos de que quisiera deshacerse de su esposo, ella votó contra sí misma. Se tragó la dudosa teoría conspirativa de los peligrosos inmigrantes (en el país de inmigrantes por excelencia), y no tuvo en cuenta el hecho de que su propio esposo era uno de ellos. Oyó un ruido en la maleza y se montó al árbol del leopardo.

Lo mismo estuvo a punto de pasarles a muchos de los 24 millones de pobres que no se quedaron sin la protección del Obamacare sólo porque la revocatoria a este sistema, propuesta por Trump, fracasó en el Congreso. La triquiñuela que usó el millonario presidente con ellos fue la misma, pese a ser contradictoria: una gente peligrosa, pero ahora zángana y no laboriosa, pretendía vivir a costillas del trabajo de la gente bien. Y él no lo permitiría.

Lo que Trump quería en realidad era usar ese dinero de la salud de los pobres para comprarle mercancía a los magnates de la poderosa industria armamentista de Estados Unidos. Miles de pobres se pusieron así la soga al cuello, y ni siquiera advirtieron después lo cerca que estuvieron de morir ahorcados. Hay quienes califican lo que sucedió como una derrota para Trump. Pero no: en mi opinión eso no sólo lo salvó de la catástrofe sanitaria que ha podido desatarse y que, con seguridad, le hubiese significado una importante pérdida de terreno materia de popularidad, sino que de hecho podría jugar a su favor: solamente tiene que seguir hablándole -si es que no lo ha hecho ya- a la parte reptil de esos cerebros: un complot de malignos personajes de alto nivel habría saboteado la iniciativa.

Y como cerebro reptil tenemos todos los humanos, en Colombia también pasa lo mismo: los de menos recursos insisten en votar contra sí mismos. Aquí son Uribe y sus secuaces quienes tienen línea directa con ese órgano primitivo, y lo bombardean con la incesante cantaleta del comunismo.

La clase media que se ha hecho con esfuerzo a su casa propia entra en pánico ante la posibilidad de perderla a manos de los perversos comunistas que pronto estarán gobernándonos, sin darse cuenta de que fue Uribe quien, por ejemplo, acabó con los recargos nocturnos, y por lo tanto con una mejor condición económica de los trabajadores (es más fácil perder la casa por colgarse en las cuotas mensuales a que ésta sea expropiada por un improbabilísimo gobierno de las Farc). Y por eso votan No a plebiscito. O no votarán por Claudia López, a quien vieron bailando en un video con unos tipos de barba (deben ser comunistas, debe ser un león: a correr todo el mundo) O marchan contra cualquier cosa, como seguramente lo harán este 1 de abril.

A tal punto pueden llegar esos delirios que, en su afán por torpedear el proceso de paz, el malencarado escudero de Álvaro Uribe, Fernando Londoño, afirmó una vez, sin que se le movieran sus cachetes de bulldog desnutrido, que Noruega es un país comunista. Y ni siquiera ese disparate le hace caer en cuenta a tanto cocodrilo de dos patas que anda por ahí repitiendo estupideces que si gracias al comunismo Noruega está como está, y la gente allá vive como vive, tendríamos que implantar ese sistema mañana mismo aquí, a ver si se acaban los niños muriendo de hambre y los analfabetas y los desempleados y los raponeros y los secuestradores y los extorsionistas y los chanchulleros...y hasta la gente sin casa propia.

Infortunadamente, y a causa también del cerebro reptil, existe lo que se llama 'sesgo de confirmación', que consiste en aceptar fácilmente las pruebas que están de acuerdo con nuestras ideas, pero en ser escépticos al extremo con las que son contrarias a ellas: siempre creemos que detrás debe haber algo turbio. Así que este artículo sólo les gustará a quienes simpatizan con el proceso de paz. Al resto no.

Para ese resto yo no seré más que un articulista mamerto. Un maldito comunista enmermelado.

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