Por Javier E. De Moya Figueroa

Martes, un poco antes de las nueve de la mañana, mientras muchos están comenzando su día laboral, él está en bermudas y camisilla, con sandalias de suela delgada de tanto caminar y con una lata de cerveza en la mano esperando el bus de Puerto que lo lleve o lo traiga, lo mismo le da.


No ha visto a sus hijos en días, a los hijos que tiene con su actual mujer; de los otros hijos, los que tuvo con otras mujeres, hace años que no tiene noticias y no le interesa tenerlas.
Del rebusque de estos días le quedan en el bolsillo de la bermuda algunos billetes que servirán para unas frías más. Hasta que alguien le avise de algún trabajo, legal o ilegal, formal o informal; a él no le interesan las estadísticas del gobierno ni de las ONG.
Y mientras ese trabajo sale vivirá del rebusque de su actual compañera, algo debe traer ella. Y si no trae nada la golpiza será inevitable; después ella, sumisa y temerosa y él, envalentonado, procrearán otro hijo que no será ninguna bendición.
Jueves comenzando la tarde, él también en bermudas, pero con sandalias de diseño exclusivo que recién compró y también con una lata de cerveza en la mano y muchas más en su estómago, llega gritando que sólo tiene cabeza para el “Car Audio” donde participará con su jeep Willys. Quiere que le bajen el sistema de sonido de su carro para que le instalen el que acaba de recibir, el cual, dice él, le costó veinte mil dólares, casi ocho veces lo que vale el jeep.
Su amigo, que se quedó en el carro, le señala con otra lata de cervezas a las niñas ligeras de ropa que van de pasajeras para que se vayan rápido. Pero él quiere dar las instrucciones precisas para que todo quede perfecto. Pagar lo que sea, porque el dinero nunca ha sido problema. Y lo quiere ya, nunca aprendió a respetar turnos. Siempre él primero.
Hace mucho tiempo que no ve ni habla con su padre y no le hace falta. Siempre su padre satisfizo todos sus caprichos desde que era un niño. Le pagó a sus maestros para que ganara los años en la escuela, ha estado en tres universidades y cuatro carreras sin pasar del segundo semestre. Pero ahora sólo quiere ganar el “Car Audio” y su papá le compró el nuevo sistema de sonido.
Él no sabe si tiene hijos y no pierde el tiempo intentándolo saber. Dedica su tiempo a montar niñas en su carro sin ninguna precaución; para resolver las consecuencias está, como siempre, papi.
La diferencia entre estos dos personajes auténticos, reales, no inventados, es simplemente el dinero. Pero su mentalidad es igual, en sus pensamientos reina la inutilidad.
Vaya usted a hablarles de la consolidación de la paz, de lo importante que es leer los acuerdos para que participen tomando decisiones conscientes y en ambos casos se encontrará hablando con una pared, predicando en el desierto, arando en el mar.
A ellos, y a los miles y miles de personas como ellos, no les interesa un rábano partido por la mitad el proceso de paz, ni el plebiscito, ni las elecciones, ni el sistema de salud, ni la calidad de la educación, ni si Trump ganó, ni si Fidel murió. Su mundo es otro, su realidad es diferente a la nuestra.
Mañana temprano el uno irá a la tienda a fiar un par de frías con la promesa que las pagará en la noche cuando su mujer regrese con algo de dinero, y el segundo esperará que su papi le compre los subwoofers que necesita para ganar el “Car Audio”.
A diferencia de nosotros, que decimos preocuparnos medianamente por lo que pasa en nuestra sociedad y en nuestro país, las vidas de estos hombres estarán plenas; a fin de cuentas, cada una a su manera, son una misma vacía vida.
(Imagen tomada de https://i0.wp.com/www.alos40fitness.com/)