Solemos figurarnos el pasado como una difusa cárcel infinita. Creo que es una metáfora eficaz, inevitable y hermosa, que no nos permite sucumbir al miedo –la naturaleza humana no está hecha para la libertad–.



En lo que ha sido, en esa prisión sin portones ni guardias construida solo con trazos de tiempo, intuimos las claves que acaso puedan definir esta soledad en la que tenemos la digna costumbre de nacer y de morir. Allí lo tenemos todo: la tradición, con sus lenguajes, sus dioses y sus filosofías; la sangre, en los muertos que nos pueblan los huesos; la ficción que llamamos historia, con sus antorchas y sus espadas y sus trenes. Somos lo que fuimos y lo que otros fueron. Es por eso que la memoria es la más poderosa de las herramientas, el arma que agitamos en la oscuridad para defender lo que creemos haber conseguido y que no podemos darnos el lujo de perder. Todos los habitantes del planeta, hasta los comunistas más contumaces y los aventureros más desprendidos, somos conservadores.

Si nos arrebatan los recuerdos nos doblega el desamparo y la incertidumbre (quienes sufren de amnesia son los seres con los ojos más tristes del mundo). Y buscamos entonces mantenernos abrigados en la cárcel de tiempo; nos tomamos fotografías, escribimos actas de reuniones y bitácoras de viaje y diarios y memorandos y cartas de amor, guardamos los libros que registran la historia en bibliotecas y computadoras, grabamos en audio y en video la vida propia y la de otros con la esperanza de mantener intactos los momentos felices y también las atrocidades que no podemos dejar de cometer cada cinco minutos. Queremos que los hombres del futuro aterrador, que gracias a Dios no viviremos, también tengan su ancla, su seguro, la garantía de que no tendrán que caminar hacia adelante sin una cuerda atada a la cintura.
Alguna vez escuché a un político profesional, de esos que saborean las palabras pensando que su ingenio no tiene límites, terminar un discurso con una frase efectista que arrancó los aplausos de la concurrencia: “El futuro es nuestro”, sentenció el aspirante a presidente con los brazos en alto, como si semejante disparate fuera la más incontrovertible de las verdades. Lo contrario opinaba cierto escritor cuando los esperanzados de oficio le censuraban su postura política: “Soy conservador porque el futuro no existe”. Ojalá las mediocres derechas del mundo pudieran siquiera aproximarse a esta manera tan lúcida y honesta de justificar una ideología, de confesar sin ambages nuestra dependencia del antes y nuestra incapacidad de enfrentarnos desnudos al porvenir.
Mi abuela se quedaba a veces mirando un punto fijo en el vacío (de nuevo la evocación y el verbo en pretérito) y me contaba historias de tiempos viejos. La expresión de su cara cambiaba por completo y sus facciones se suavizaban en virtud del extraño placer de la añoranza. Yo viajaba con ella a los tiempos sin mí, y era feliz con ella mirando llover por la ventana de una casa inmensa. No existe deseo de revolución, ni instinto de rebeldía, ni paraísos prometidos a costa del despojo, que resulte ser motivo suficiente para renunciar al pasado, esa cárcel hecha de tiempo que nos acoge y nos defiende. Que venga el futuro, pero que no nos encaremos con él sin nada en las manos.
Hoy mismo, balbuceando estas palabras lejos de mi casa elegida, del cuerpo de mi querida María Antonia, me sosiego pensándola, no como será mañana, sino como fue en el pasado, apenas anoche mismo, durmiendo cansada entre mis brazos.