A pesar de la risa que me produjo ver en un video de la marcha del 1 de abril a Fernando Londoño Hoyos 'destituir' al presidente Santos a arenga altisonante limpia (hasta gallos se le salieron) y "por la gracia de Dios", al final me quedó un sabor rancio en la boca, sobre todo después de oír los hurras energúmenos que lo apoyaron.


Si bien se supone que somos un estado laico, aún no hemos podido sacar por completo a 'Dios' (cualquier cosa que eso signifique) de las decisiones políticas: todavía hay magistrados de las altas cortes que esgrimen argumentos religiosos al momento de decidir en temas como el aborto o el matrimonio gay, por ejemplo. Pero una cosa es eso y otra, bien peligrosa, es volver a que sirviéndose de Dios algunos políticos movilicen grandes rebaños de gente supersticiosa e ignorante, al mejor estilo de los conservadores de la primera mitad del siglo pasado.

De hecho, menos de 48 horas después de que Londoño anatemizara al presidente Santos ante una turba enardecida que cínicamente se hace llamar Centro Democrático murió en Italia el brillante politólogo Giovanni Sartori, uno de los más agudos analistas en el tema de la Democracia y autor de reflexiones como esta: "El islam es incompatible con nuestra cultura. Sus regímenes son teocracias que se fundan en la voluntad de Alá, mientras que en Occidente se fundan en la democracia, en la soberanía popular".
Piensa Sartori, por supuesto, en la inevitable interacción de Occidente con esos países en los que, en pleno siglo XXI, se lapidan mujeres por cualquier molestia caprichosa de su marido, se lanzan homosexuales desde lo alto de una torre o se instigan jóvenes a través de la red para que se vuelen ellos mismos en pedazos en un supermercado francés y así acaben con cientos de 'impíos'. Pero ¿qué pasaría si Occidente volviera a sus andanzas de torturas, quema de herejes y cacería de brujas de hace apenas tres siglos?
Me dirán que estoy exagerando, pero a juzgar por los últimos acontecimientos en el mundo ya nada parece ser lo suficientemente descabellado como para creer que no pueda (volver a) ocurrir. Después de recordar que ya avanzado el siglo XX el lunático de Hitler, valiéndose en parte de argumentos religiosos (cristianos), llevó al planeta entero a la peor pesadilla de su historia, agrego que ahora mismo en Estados Unidos -por mucho el país más influyente de la Tierra-, y concretamente en los estados de Texas, Oklahoma, Dakota del Sur e Indiana, se estudian leyes que autoricen la enseñanza de tesis creacionistas en el mismo nivel que la teoría de la evolución ¡en las clases de ciencia! 
Más aún: para Ben Carson, miembro de la plana mayor del gobierno de Trump, el Big Bang no es más que un “cuento de hadas”. Entonces no suena extraño que las iglesias protestantes liberales  en ese país pierdan cada vez más terreno a instancias de las evangélicas de línea dura, como lo ha señalado Mokhtar Ben Barka, investigador de la Universidad de Valenciennes.
El miedo -arma predilecta de los florecientes populismos que recorren el mundo como nuevo fantasma- y la desorientación que produce a tantas personas la vertiginosa velocidad de los cambios sociales y tecnológicos -que los hace sentirse en un mundo intimidante e inhóspito- son tierra abonada para que prosperen líderes carismáticos que indican qué pensar y cómo actuar, sean éstos religiosos o políticos.
Volviendo a Colombia: la verdadera polarización en el país está mal catalogada: aquí no estamos divididos entre guerreristas y pacifistas, y ni siquiera entre uribistas o antiuribistas -que es la clasificación fácil por excelencia-, sino entre ciudadanos que necesitan de un líder que los guíe y ciudadanos que piensan por sí mismos. El nuevo orden nacional, ese que ya no considera a la guerra en su ecuación, confunde cada vez a más gente, y de ahí el éxito de personajes que se pensaban anacrónicos, como el exprocurador Ordóñez. 
Ojalá sólo sea cuestión de que se decanten un poco las nuevas realidades, porque pese a que la destitución divina decretada por Londoño fue tan estéril como lo son las oraciones para que no llueva más -y ahí sigue Santos gobernando y, tristemente, Mocoa desmoronándose-, se me paran los pelos con sólo pensar en un futuro que incluya al pedigüeño pastor Arrázola o al destituido exprocurador como efectivos faros morales del país. 
Sé que a estas alturas alguien me argumentará que quienes quieran seguir a Uribe o a Arrázola o a Ordóñez o a Londoño están en todo su derecho de hacerlo. Y es cierto, son libres: que los sigan y les obedezcan, si es lo que les place. Que lo hagan, pero que también permitan vivir en libertad al resto: que aborte quien considere abortar, que se case con una pareja de su mismo género quien así lo desee. 
Lamentablemente tanto la historia del mundo como el inquietante presente colombiano evidencian que esas dos cosas -seguir a un líder ultraconservador y respetar las libertades del prójimo- no pueden darse simultáneamente. 

(Imagen tomada de El Universal)