Por Félix Haydar
Una noche sonó el teléfono, yo no quería contestar, en realidad nunca quiero. Cuando finalmente mi esposa contestó, nos estaban ofreciendo trabajo en USA. Sueldito, papeles y todo lo que traen las nuevas ilusiones. No habíamos colgado y ya estábamos empacando los cuatro “chiros” que teníamos.
Tenía 10 años moliendo en Citibank, en mi puerta tenía un gran letrero de D.O.S. (Director de Operaciones y Servicios), casi tan grande como la carga de trabajo y las responsabilidades que tenía. El sueldo, pues... Pagaba agua, luz, teléfono, arriendo, un carrito viejo, pero “pepita” y un mercadote que cuando llegaba a la casa el portero me decía: "Viejo Félix, estás listo: A ver TV hasta el otro mes"; y así era, no había pa' más.
El día que llegué a Miami a vivir, era la primera vez que salía de mi país. Esposa e hijo de 5 años, dos maletas de ropa y una de juguetes, pocos dólares y muchas ganas de comernos el mundo. Así llegamos hace casi 13 años. Todo nos parecía bonito, no vi un hueco, las autopistas, los carros, nadie pitó, y los puentes, si algo me descrestó aquí, fueron los puentes. Entramos a Miami Beach, mar de cada lado, palmeras, más puentes !wow!
Era pleno verano, martes 13; mi esposa pretendía seguir con la disciplina que traía mi hijo, dormirse a las 8, pero aquí oscurece a las 9 de la noche y no hay poder humano que duerma a nadie. A mi hijo lo dejaba llorando a las 8 am y lo recogía llorando a las 6 pm. No hablaba nada de inglés y su profesora no decía 'hola' en español. Hubo ‘bullying’, pero él se fortaleció y en tres meses tenia resuelto el problema.
Rentamos un apartamento frente a un canal, estábamos felices. La primera vez que echamos gasolina le di mis llaves al bombero, fue la última, el señor le sube un dólar por galón al servicio. En adelante el bombero soy yo.
A la semana de llegar apareció un huracán. ¿Qué es eso? Cuando evalúas venir esa no es una variable. Era un toro categoría 5. Mis primos me hicieron ir a un hotel a pasar la tormenta. Pagamos una fortuna por el alojamiento y la comida, pero el diablo ese nunca llegó. Yo quedé más aburrido que cuando entré. A la semana vino otro, compré comida china, agua y películas, me quedé en mi casa. Duramos 8 días sin luz, 4 horas duraba para echar gasolina en la única estación que tenía planta eléctrica.
Aprendimos muchas cosas. Antes nunca había echado una carta al correo. Si no es por alguien que me indica cómo se abre, aun estaría dándole vueltas al buzón. Aprendimos que los argentinos no son pedantes, que los venezolanos se parecen más a nosotros, que nosotros nos parecemos a los cachacos. El español es mucho más amplio de lo que pensamos: ‘zafacón’ es caneca, ‘saya’ es falda,‘coger’, ... Mejor no uses esa. Rayu'o, afiebra'o y bacano, no se entienden por estos lados. Un día paré a preguntarle a alguien una dirección y me dijo: "Cuando llegues a la ‘churrepera’ doblas a la derecha". ¿Churreperia? Cuando llegué a la esquina encontré un letrero que decía "ShoeRepair”. ¡Plop!
Aprendí a cocinar, a barrer y trapear. Aprendí que la casa no es de la mujer y, como tal uno no la ayuda; la casa es de los dos y los dos nos ayudamos. Aprendí que tus derechos acaban justo donde empiezan los de los demás. Aprendí a valorar cosas que antes nunca tuve en cuenta porque eran intrínsecas a mí, como legalidad migratoria, construcción del crédito, historial de manejo y hablar en el idioma local.
A pesar de lo que se cree, la familia se une mucho más. Uno siempre está en función de su pareja y de sus hijos. No hay ‘juernes’, no hay muchacha y no hay abuelita que ayude con los niños. Hoy quiero y valoro mucho más a mi esposa. Tengo nuevos amigos, de muchos lugares, que jamás imaginé tener. Tengo una estrecha relación con primos, muy queridos, a los que antes nunca me acerqué.
Aprendí que pagar la luz y el agua es más importante que cualquier pataleta pendeja en el trabajo. Hay veces que hay que tragarse su sapito antes de tirar todo por la borda.
Esta es la tierra de las oportunidades, sobre todo para nuestros hijos que conocerán mucho más el sistema. El inglés se aprende, pero siempre será una limitación para mí. Cada vez que manejaba una hora para ir a clases recordaba con rabia a Mr. Mora, mi profesor de inglés, aunque el que no valoró la clase fui yo.
No es fácil, pero luego de un tiempo, un hijo mayor de edad y otro de 5, creo que puedo decir que soy feliz viviendo aquí. No me molestaría quedarme el resto de la vida, pero tampoco sería tan doloroso moverme. El cambio fuerte es salir de tu casa, de tu tierra. Se vive aquí con las costumbres de allá y las comodidades de acá.
En 2007 murió mi papá, volé de urgencia, pero solo pude llegar a su sepelio. Es el momento más duro de un inmigrante. Fue el viaje más aburridor que he hecho en mi vida. Luego de 10 días sabía que debía estar allá para ayudar a mi familia a organizar las cosas, pero al mismo tiempo quería salir corriendo. Cuando ya venía de regreso, cuando el piloto anunció el aterrizaje y ya por la ventanilla podía ver a Miami, aunque venía de Barranquilla, sentí por primera vez que estaba llegando a mi casa, casi a mi tierra.
El inmigrante siempre añora lo que dejó atrás, pero cada vez que voy a Barranquilla encuentro otra ciudad. “Nunca te bañas en el mismo río porque el agua que viene siempre es otra”. Las casas de mi cuadra son altos edificios, la gente es otra, el tráfico es otro, mi gente es diferente. Ya esa no es mi Barranquilla. No pertenezco a esta. Tal vez quien cambió fui yo. Pero vuelvo a Miami y queda claro que gringo no soy. No soy de aquí, pero tampoco soy de allá.