No es exacto afirmar que las religiones son un invento humano concebido para manipular ignorantes. Tal proposición es imperfecta porque reduce todo el asunto al uso abusivo que determinados grupos le han dado a los mensajes en los cuales se basa una creencia, en lugar de centrarse en responder a la pregunta de fondo. Pensar que la manera en la que se utiliza un recurso puede relativizar su validez es como si fuese legítimo haber proscrito la física cuando estalló la bomba en Hiroshima.


La religión no solo ha sido, precisamente, un mecanismo de defensa contra nuestra ignorancia fundamental, sino que surge de una profunda intuición que la ciencia –esa otra forma de religión– no es capaz de responder: los humanos sentimos que estamos conectados con el universo de una manera profunda y misteriosa, en algún lugar de nuestra conciencia sobrevive la sensación de que la reflexión filosófica y las pruebas matemáticas (ya saben, la infalible verdad de que uno más uno es dos) no son suficientes para explicar la sensación de que hay algo, en algún lugar del tiempo, que contiene el sentido de todas las cosas. Lo demás son palabras, maneras, rutas, nombres, libros, rituales y, por supuesto, usos, abusos, manipulaciones e ignorancias.
La manía intelectual de los ateos, sobretodo la de los occidentales que aún suponen que solo existe lo que es susceptible de ser probado, condena la supuesta puerilidad de la fe con argumentos como: “Qué ridículo es pensar que el universo fue creado por un señor de barba que manipuló la oscuridad con unos pases mágicos un lunes cualquiera” o “Cómo voy a creer en un dios que permite tanto horror y no hace nada”. Ese tipo de análisis es aún más inocente que lo que pretende contradecir, ya que ningún teólogo serio, de ninguna religión, le apostará a la literalidad de los libros que contienen sus doctrinas, como tampoco lo hicieron quienes escribieron esos libros. Eso sin contar con lo absurdo que es suponer que solo es posible un dios humanizado: justo, misericordioso, sádico, malvado.
Sin embargo, tienen razón en una cosa quienes se empeñan en la pose de la incredulidad: la falta de escrúpulos es una infección terrible en las prácticas religiosas de todos los tiempos. Ahora mismo pululan los pastores que citan versos del Antiguo Testamento para alienar a una feligresía inculta, usando su ignorancia para acumular dinero y poder político. También hemos visto a los decapitadores de Medio Oriente, cuchillo en una mano y el Corán en la otra. Pero criticar, con razón, estas atrocidades, no implica quedarse en ellas para sustentar premisas a favor de la nada. Ese es otro debate, mucho menos prosaico que atacar o defender la superficialidad en la que solemos convertir lo importante.
Hace poco escuché a una rabí decir que la Biblia no es un libro de historia sino de ideas. En ese sentido, la fe no es un salto al vacío, sino la tendencia a obedecer un presentimiento inherente a la naturaleza humana. Cualquier discusión sobre Dios, llámese como se llame, debería partir de esa premisa, no para descalificar los libros sagrados y las religiones que sustentan, sino para asumirlos como vehículos de entendimiento y no como simples compilaciones de mitos.
Pienso que la elección de no creer en algo distinto al uno más uno es dos es el más típico de los errores intelectuales. La verdad perdida, que por supuesto no se encuentra en los crucifijos, ni en las medialunas, ni en las estrellas de seis puntas, que son solo símbolos que asoman la cabeza, está en alguna parte; a lo mejor lejos de nosotros, como tendemos a creer los occidentales, tal vez en la profundidad de nuestra mente, como creen los budistas.
Pero no es en el azar donde se explica la conmoción que experimentamos al enfrentarnos con ese algo que intuimos en las urgencias del amor, en la perfección de los números, en la maravillosa aniquilación del orgasmo, y que nos obliga a buscar respuestas sin tregua en la ciencia, en la filosofía, en la poesía y también en la religión, que no es sino uno más de los caminos.
Si la nada fuese la explicación del vasto todo, más nos valdría regresar al tiempo en el que nos bastaba con comer, copular y excretar restos de semillas, acurrucados en un matorral.

(Imagen tomada de https://solo50.files.wordpress.com)