A Claudia Rodríguez la secuestró y baleó su exesposo y padre de su bebé de un año en su lugar de trabajo en un centro comercial, luego de una historia tipo “crónica de una muerte anunciada” en la que el sujeto repitió macabramente el mismo crimen por el que ya había pagado diez años de cárcel con anterioridad. A Paola Noreña la dejó gravemente herida su exnovio luego de acuchillarla en el pecho, el cuello y el rostro con toda la intención de quitarle la vida. Eso por nombrar solamente los dos casos más sonados ocurridos en Bogota durante esta semana que millones de creyentes llaman santa, casos en que unos machos alfa no soportaron convertirse en el ex de “sus mujeres”.


Con esta realidad atroz nos desayunamos en toda la geografía nacional el resto de semanas del año. De 14 que lleva este 2017 van ya 24 feminicidios (más de 200 mujeres han sido asesinadas en lo corrido del año pero el 90% de los casos no califican para ser catalogados como tales), es decir, ha sido asesinada más de una mujer por semana por el hecho de ser mujer. No son crímenes pasionales, no son asesinatos por amor, son homicidios por odio y por demostrarle al más débil quién es el que manda. Es un asunto de jerarquía. El fenómeno es global y no tiene nada que ver con la formación académica de los agresores o de las agredidas, como tampoco influye el estrato social, la ideología política, la raza o el credo de las personas involucradas. Hombres que matan a las mujeres que los dejan se ve aquí y allá y acullá. Todos los casos se resumen en la misma perversidad: tipos que se creen dueños de la vida de las mujeres que tomaron la decisión, valiente en la mayoría de casos, de abandonarlos. Machos que no aceptan un “no” por respuesta, o un “ya no te amo”, o un “me quiero separar de ti”. Hombres que matan con tal de no dejar ir. 
¿Quién no conoce a alguna mujer que está en peligro en su propio hogar, bajo su propio techo, en la cama en la que duerme? Puede ser nuestra madre, una hermana, la amiga más querida de la infancia, la vecina de arriba, la prima segunda hija del tío ausente. Puede ser cualquiera, hasta una misma. Las hay por montones en todos los barrios, en casas de bloque y latón de dos por dos y también en mansiones con piscina y mayordomo. Mujeres abusadas, golpeadas, insultadas, violadas, ultrajadas a todo lo largo y ancho de los 1.142 millones de kilómetros cuadrados de suelo colombiano, por quienes supuestamente deberían amarlas, protegerlas y respetarlas: sus parejas. Quien no ha vivido ese tipo de abuso en su pellejo suele no entender por qué la víctima calla, por qué no denuncia, y, lo que es aún más perturbador, por qué sigue junto a su victimario. No entendemos por qué se quedan las que se quedan a pesar del maltrato así como tampoco entendemos por qué muchas de las que se van, de las que escapan de sus abusadores, jamás encuentran la paz y sí una lápida encima. ¿No será por temor a terminar en un hueco y dejando a los hijos huérfanos que tantas veces gana el silencio y la inacción?
La mayoría de abusos ocurren ante el silencio ensordecedor del entorno. Nadie se mete, nadie opina, nadie para la agresión. Los morados se tapan con maquillaje y la vida sigue. Como si nada. Y los demás, los que vemos los toros desde la barrera, las juzgamos porque no entendemos a qué se debe que esas personas apaleadas siguen al lado de su abusadores, por qué no los dejan, por qué no los confrontan. El miedo parece ser la razón. El miedo paralizante y también la vergüenza. Nos cuesta entender que muchas se quedan por temor a que las maten. Y es que efectivamente abundan las Claudia Rodriguez y las Paola Noreña, mujeres que se van, que se atreven a dejar, que huyen de sus agresores, y que a pesar de ello no logran salvarse. Mujeres que luego de despedirse, de cerrar la puerta, son perseguidas, acosadas, cazadas y heridas o asesinadas por sus exparejas porque, lo entendamos o no, lo aceptemos o no, acá son demasiados los hombres que ven puntos suspensivos en donde una mujer puso un punto final.
Pienso en todas las mujeres que se fueron o que quieren irse o que necesitan irse para salvar sus vidas y no lo logran. Pienso en esas mujeres atrapadas y en los peligros que para ellas implica esa decisión que para las que no nos han puesto jamás una mano encima es elemental, sencilla, pero que a ellas les puede costar la vida. ¡Qué difícil es dejar a un hombre en este país! Pienso en lo duras que somos con ellas, en lo mucho que nos cuesta entender el vía crucis por el que pasan, la cruz tan pesada que cargan. Pienso en las ene mil veces que las culpamos y las revictimizamos, en que las tildamos de mensas, de tontas. Pienso en ellas y en su pasión y en como todos las miramos pasar sabiendo la procesión que llevan por dentro sin hacer nada, sin meternos. Y es que claro, quien se mete en líos de pareja suele salir crucificado. Y pasamos de largo, volteamos la mirada hacia otro lado. 
Las estadísticas siguen engrosándose y las muertas apilándose y nosotros no hacemos más que indignarnos con el caso mediático de turno. Las leyes que protegen la vida de las mujeres están pero parecen letra muerta. Si el tipo la quiere matar, la matará. Esa parece ser la consigna. Y las demás, las que podemos estar tranquilas tomando tinto en la sala de la casa, espepitamos los ojos y nos preguntamos: ¿cómo es que todavía hay mujeres que le dicen a su esposo “sí, señor”, “claro, señor”, “lo que usted diga, señor”? ¿Cómo es que todavía hay quienes aguantan golpes y cachos y humillaciones y amenazas de sus parejas sin inmutarse? ¿Cómo es que  todavía es común y normal escuchar que a una mujer le quitaron todo, que perdió todo, porque se separó, porque pidió el divorcio, porque se cansó y se fue? Nos aterramos y criticamos y juzgamos y rara vez nos miramos al espejo. Caramba, hasta nos unimos a contrarrematar a la muerta porque se metió con un cafre sabiendo que lo era. ¿Qué más puede esperar la mujer que le pare un hijo a un asesino que conoció en una cárcel? Y luego, hipócritamente, nos escandalizamos porque el círculo vicioso sigue girando y cobrando víctimas como si no fuéramos todos también parte del problema. 
La cantidad de mujeres que anualmente mueren en el mundo a mano de sus parejas o exparejas no para de crecer. ¿Por qué les cuesta tanto a los hombres que los dejen? Matar a quien algún día amaron, a la madre de sus hijos, para quedarse con todos los chiros, para cobrar un seguro, o simplemente para que esa persona que ya no los quiere no sea de nadie más, es otra muestra de lo mucho que nos daña a todos el machismo en el que nos han criado y que le impide a tantos hombres aceptar la pérdida, el fracaso, la ruptura. Es ese cáncer el que les dificulta soltar, dejar ir, entender que las mujeres somos libres hasta para largarnos, para dar portazos, para escribir la palabra FIN luego del último párrafo. 

(Imagen tomada de http://primiciadiario.com/)