La noticia confirmada rodó por unas horas en periódicos, noticieros y redes sociales. Produjo declaraciones de altos funcionarios –incluyendo al presidente–, análisis de periodistas e internacionalistas, regaños al embajador en Washington, el exprocurador Ordoñez afirmó que a partir de este momento Santos no podría hacer lo que diera la gana, el exsenador Juan Lozano madrugó el lunes a advertir que el hecho representaba una clara advertencia al gobierno. Tormenta política de a peso protagonizada por actores de a peso.


Luego, la noticia confirmada se desconfirmó y todo el alboroto se transformó en una oportunidad para publicar decenas de ingeniosos memes que hicieron reír a grandes y chicos.
Y eso fue todo.
El silencioso final del episodio de la reunión inexistente entre Trump, Uribe y Pastrana es una muestra más de que estamos cómodamente acostumbrados a nuestra mediocridad de país de quinta, a nuestras maneras provincianas de asumir la confrontación política, a la ciega confianza que le tenemos a todo lo que aparece en Twitter. No somos mucho más que lo de siempre: un proyecto de algo, una confusa idea que no termina nunca de concretarse, y por eso aceptamos como naturales los juegos picarones de nuestros líderes, su viciosa tendencia al engaño, su torpeza y sus estrecheces.
El ostracismo sería el destino, en un país de verdad, de un expresidente que se agazape detrás de una columna en un restaurante, esperando a que pase un poderoso para lanzarse a recibir un saludo de miseria y ponerle las quejas que el otro le permita en 40 segundos. El olvido debería ser el precio por la osadía de presentar semejante ejercicio de lagartería como una “cordial y muy franca conversación sobre problemas y perspectivas de Colombia y la región”.
Y para el otro expresidente en la oposición, el orquestador mayor de confusiones, el que guardó silencio ante la mentira de su compinche para volverla una verdad de ignorantes, el desplome de su inusitada popularidad, la derrota en todas las elecciones a las que se presente su movimiento y la orden de trasladarlo a un sanatorio, deberían serían las sanciones que le cabrían en una sociedad seria.
Tampoco se escaparía el gobierno –siempre en un hipotético país viable– del desprestigio y la pérdida del respeto general (esta vez con justa causa) por su ingenuidad, su credulidad, su falta de información y el candor con el cayó una vez más en las trampas de los artesanos de la farsa.
Queda el periodismo, ese flanco que a veces se anquilosa en el sopor de la pereza. Al menos una reprimenda con actos de contrición incluidos debería pagar por su falta de iniciativa, su renuncia al escepticismo, su generosidad con los manipuladores. En cinco minutos un noticiero extranjero publicó una verdad que solo necesitó de un par de llamadas para comprobarse.
Pero no pasará nada de esto. No habrá sanciones morales, ni pérdidas de respeto o de audiencia o de votos. Porque esta no es una nación seria, porque no somos mucho más que lo de siempre, porque los tristes protagonistas de esta historia solo cumplieron con el papel que les hemos encomendado: mantener nuestra condición inamovible de país pequeñito en el cual un expresidente planea un viaje internacional con el único fin de esperar detrás de una columna hasta que aparezca un extranjero poderoso para robarle un saludo, y que logra con esa pizca, con esa sobra, con ese despojo de cortesía, poner en alerta máxima a 49 millones de estúpidos.
 
(Imagen tomada de http://www.contrainfo.com/)