Por John Better

La causa principal de que mi madre, abuela, hermano y yo, hayamos salido espantados del barrio Las Nieves, al sur de Barranquilla, en el año de 1987, fue el constante maltrato verbal del que fui víctima por parte de los Molina, una familia de cienagueros que vivía en aquel sector de la calle 12 con carrera 27. Hablamos de 1985, año siniestro: el incendio del Palacio de Justicia, la avalancha en Armero y el inicio de uno de los calvarios que he padecido en vida. Tenía 7 años de edad. Sabía que no era igual al resto de los niños, llevaba aprisionado en la garganta un capullo de mariposa que amenazaba con eclosionar en cualquier momento.


Los Molina era una familia numerosa: padre, madre y una descendencia de diez hijos varones, casi todos de tez oscura y rasgos de primate. La matrona tenía una voz grave que modulaba con gracia las más soeces palabras que haya escuchado en mi vida. Pasaba todos el día peleando con la horda de hijos maleducados que había traído al mundo. Pasar por la puerta de aquella casa era algo obligado después de salir de clases.
-¡Ahí viene el mariquita!
Como macacos, los Molina se colgaban de los barrotes de la reja del sardinel y me improperaban con las más sonoras groserías: marica, mariquita, maricón, maricota, polilla, polillón, aguaepeo y Natalí, este último por el personaje que interpretaba Victoria Ruffo en su clásica telenovela, La Fiera. Era el único término que no me molestaba; en mi garganta el capullo de mariposa daba sacudidas violentas. Llegaba a casa con los ojos llorosos, como los de Natalí en la pantalla del televisor que justo a esa hora emitía la televisión nacional.
-Párteles la cabeza con una piedra, me decía mi madre.
Nunca hice tal cosa, y aquello se me hizo algo rutinario; terminaría mi cabeza partiendo las piedras que aquellos me aventaban. Opté por no escuchar, por soportar en silencio la violencia de las palabras. Mi madre no fue tan fuerte y decidió que lo mejor era de aquel infierno. Pero igual, las cosas no cambiaron en otros lugares, y hasta la fecha nunca falta la ofensa, la mirada curiosa, el sarcasmo por mi afectada manera de hablar o los temas sobre los que escribo.
-Oye, y esa nueva novela de Better seguro es sobre maricas, -le comentó un fulano hace poco a mi amigo Samuel Whelpley en un centro comercial de la ciudad.
Las palabras siguen siendo usadas como una forma de violencia. El que grita maricón a otro pretende desarmarlo, exponerlo, ridiculizarlo, aniquilarlo.
Héctor Sánchez Escorcia, hombre gay y diseñador de modas, ha sentado un precedente con su caso. Sánchez Escorcia venía siendo objeto de ataques verbales y físicos en el lugar donde reside, un apartamento en un conjunto cerrado al norte de Barranquilla. En videos registrados se ve cómo es atacado por parte de sus vecinos, hombres y mujeres, que lo increpan con frases como: “Maricòn hijueputa, te vamos a matar”. La Corte Constitucional falló una tutela a favor de Sánchez, y este no podrá ser discriminado o agredido por su orientación sexual.
Así que las familias que conviven con este diseñador, esperamos todos, no volverán a atacarlo. Ahora, me pregunto, ¿no habrá dentro de esas familias un maricón que desestabilice el “orden natural” que tanto prodigan? ¿Habrá dentro de estos cerrados conjuntos de la moral, un pariente homosexual al que también hayan invisibilizado a punta de rechazos? ¿En qué radica el odio a un hombre gay? ¿Por qué ofusca tanto cuando lo gay es algo notorio en el macho?
Hay en esas plumas, gestitos, rasgos físicos, algo que ofende definitivamente. En los hombres heterosexuales tales amaneramientos son asumidos como síntoma de debilidad, como una ofensa que reduce al género masculino a una interpretación paródica que merece solo una cosa: el abucheo. Algunas mujeres suelen decir, refiriéndose a ciertos hombres gais: “Es un desperdicio de hombre”. ¿Un desperdicio por qué? Simple, porque ellas no pueden poseerle o engendrar en sus vientres las dotes que el sujeto en cuestión representa, lo que se resume en la inmensa frustración que implica que ellas no sean objetos de deseo de hombres en apariencia viriles. Y cuando el sujeto gay no es tan agraciado, así se expresan: ¡Mira ese marica feo, no se lo come ni el óxido”, aunque para ser sinceros nunca falta quien destape las cañerías más oxidadas.
En su manifiesto, Pedro Lemebel, desaparecido escritor chileno, escribió que ser pobre y maricón era peor que cualquier cosa; era, entre otras cosas, darle un rodeo a los machitos de la esquina. La esquina con sus jueces en pantalonetas que, aunque hayan pasado por el ano afable del maricón, no les tiembla la voz para insultar a la loca (uso esta palabra descargada de violencia) que pasa rauda ante la lluvia de insultos y rechiflas, con el corazón un poco más arrugado.
Con fallo de la Corte o no, el maricón va seguir existiendo, su plumífera presencia continuará provocando malestares, pondrá su espalda para recibir las burlas y los insultos, pero también dará la cara para enfrentarlos y sacar de adentro las fuerzas necesarias para que salgan de su boca las contundentes palabras: ¡NO ME LLAMES MARICÓN!
*Posdata: el día menos pensado el capullo en mi garganta eclosionó, la mariposa oscura que salió por mi boca alzó vuelo y hasta hoy no ha dejado de aletear.

@johnbetter69

(Imagen tomada de http://utero.pe/)