Una leve mirada a los aconteceres diarios eriza la piel y comprime el alma. Más aún si es en las redes sociales: una imaginaria reunión social entre personas importantes deviene en una catarata de dimes, diretes, memes, ofensas, reproches, represalias, manifestaciones entre las partes: Que sí, que no, que sí pero, que tal vez, que no fue pero fue, etc. Una mujer escribe un tuit desafortunado y voces se alzan pidiendo su renuncia del medio en el cual colabora; de nada valen las explicaciones, se ha cometido un delito imperdonable. Una condecoración a un cantante se convierte en una diatriba contra una sociedad, acusaciones de machismo, chistes, politiquería barata, y hasta paramilitarismo. La foto inocente de un hombre y una niña se convierte en una acusación de pedofilia. Todo en una mezcla de silencio de los que tienen que explicar su acusación, el uso del vaguedades como justificación del tipo: “Debe ser que…”, “Es que…”, “Yo creo que…”, “Mejor que…”; y al final, la evasión de los que tienen que probar las acusaciones. Olvidamos que, en la justicia, el acusado no tiene que demostrar que es culpable. En las redes, en muchas ocasiones, esto se invierte.


Nunca antes en la historia de la humanidad se habíamos tenido con tantos medios para verter con tanta facilidad nuestra opinión. Antes existían entidades que expresaban dogmas infalibles que se aceptaban sin discutir: La Iglesia: “Roma ha hablado, la causa ha terminado”. El estado: “La constitución como garante de las libertades”, decíamos. Quienes se oponían expresaban puntos de vista que podían ser discutibles, pero se aceptaban, hasta por tradición: “Soy socialista porque en mi familia lo hemos sido siempre”; era bueno y debía conservarse. Quizá cuestionaban, pero no juzgaban al que estaba de acuerdo. Ya no es así: hoy todo es relativo, cada quien tiene su opinión, y lo peor es que somos tan vanidosos que creemos que nuestra opinión es la única valida; volvemos todos los asuntos un asunto de blanco o negro, siendo nosotros los blancos.
Con las redes se rompen las barreras económicas y sociales, aparecen supuestos “líderes de opinión” cuyo mérito no es un pensamiento profundo, sino la capacidad de convocatoria o seguidores que poseen: 5000 en Facebook, 15.000 en Twitter, 3 millones de visualizaciones en Youtube, es muestra de liderazgo, que asociamos con pensamiento.
Ahora es más fácil llegar a los poderosos, lanzar diatribas y acusaciones temerarias. Tenemos la tecnología para grabar acontecimientos, transmitir en vivo, mostrar nuestra solidaridad de forma inmediata: “Me gusta”, “Me encanta”, Forward, reply, compartir, comentar. Así, de forma veloz, se pasa de la libertad de expresión (¿o libertinaje?) al juzgamiento. Juzgamos, compartimos. Juzgamos, luego ahí estamos, juzgo, luego soy. 
Las razones de una parte, los motivos de la otra; el conflicto no conoce fronteras. Las soluciones cada vez parecen lejanas en un conflicto que deviene en pelotera. La verdadera solución se aplaza por complacer el momento, la furia de las redes sociales.
Es cierto que hay cinismo, falta de conciencia, mala fe, frustraciones, venalidad e incapacidad de muchos. Lo único que se les ocurre es sugerir límites al uso de las redes sociales mediante delitos. “Incitación al terrorismo”, “Apología del racismo”, etc. Está bien, pero es insuficiente, y a lo mejor no es por ahí.
Las redes (y, por ende, nosotros) han invadido las esferas sociales. Hoy importa la selfi, mostrar nuestra felicidad o nuestras heridas, expresar nuestra la solidaridad de feria frente al computador, pero ante todo, juzgar. Juzgar sin medida, sin entender los distintos escenarios, los infinitos matices de gris, es pasatiempo de todos.
Cuando se juzga, hay implícito varios supuestos: el primero es que somos superiores, quizá porque confundimos ser único con superior; y el segundo es creer que el resto de las personas deben aceptar nuestro punto de vista como válido. Lo de la superiodidad nos lo creemos, y entonces buscamos recovecos en todos los actos, y como no se tiene toda la información, la rellenamos con nuestros prejuicios: “Vivo en un país desarrollado, por tanto, tengo un punto de vista que es superior” es uno mis favoritos, cuando lo que sucede no es que sea superior, sino diferente. Interpretamos un acto, lo juzgamos y fallamos: solo queda subirlo a la palestra (las redes sociales). No hay necesidad de demostrarlo: la burbuja o el algoritmo de Facebook nos mostrará lo correcto que es nuestro juicio.
Tener una mirada limpia y no juzgar debería ser obligatorio en una red social. Al no juzgar desarrollas un sentido ético que trasciende el tiempo, y te enlaza con el pasado. Eso es importante en una época en la cual las imágenes de los medios de comunicación son más convincentes que la realidad, y valores como libertad, amor, justicia, igualdad, se vuelven eslóganes en manos de oportunistas. Quien escucha el ruido de su tiempo no escuchará su música, escribió Nicolás Gomez Dávila.
La solución no vendrá de las redes, sino desde el individuo. Si siguiéramos los cuatro acuerdos de la soteriología tolteca del médico mexicano Miguel Ruíz, todo sería más fácil: No suponer, no dar nada por supuesto; honrar tu palabra y ser coherente entre lo que se hace y lo que se piensa; hacer siempre lo mejor; y sobre todo, no tomar nada personal.
Al final, aprendamos de nuestros errores, estudiemos la historia, tomemos ejemplo de gente grandiosa, que la hay (sin entrar a juzgar de hecho las motivaciones); tomar lo bueno, desechar lo malo. Recordar a Wittgenstein, al menos en parte: “De lo que no se puede hablar, hay que callar”. Prudencia, que hacía verdaderos sabios.
 
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