Este abril se nos llevó a Martin Elías en un paseo sin son un viernes de crucifixión. El hijo de Diomedes Díaz no fue el único; días antes el niño estadounidense Tyzen Benz con escasos 11 abriles cumplidos había partido de esta vida, no en un accidente, sino como su propio verdugo. ¿Qué motiva a una criatura a cegar su vida a tan temprana edad?


Las autoridades encargadas del caso presumen que el joven tomó la fatal decisión por una broma de una niña de 13 años a la que él consideraba su novia. La madre de Tyzen, Katrina Goss, lo encontró ahorcado en su habitación el 14 de marzo. Según la señora Goss, su hijo tomó la decisión de matarse al recibir mensajes de texto en los que hablaban del fallecimiento de la menor quien, al parecer, fingió y difundió su suicidio. Sólo transcurrieron 40 minutos entre el inicio de la macabra broma y el triste desenlace.
Goss llamó inmediatamente a los paramédicos, quienes alcanzaron a resucitar al pequeño. Las máquinas mantuvieron vivo a Tysen durante tres semanas, sin embargo murió el pasado martes 4 de Abril en un hospital. Los doctores coincidieron en que no tenía chances de recuperación dado que su organismo estaba comprometido con daños cerebrales irreparables. La madre decidió dejarlo ir.
La desventurada Julieta (al ser menor de edad se protege su identidad) fue acusada por uso malicioso de los servicios de telecomunicaciones y uso de una computadora para cometer un crimen, según Matt Wiese, fiscal del condado. Esta contemporánea historia de Romeo y Julieta no está ambientada en Verona, Italia sino en Marquette, Michigan, y ni la mente de Shakespeare hubiera podido crear una tragedia más dolorosa.
En Estados Unidos el suicidio es la segunda causa de muerte de jóvenes entre 10 y 24 años, más que la suma combinada de muertes por cáncer, enfermedades coronarias, SIDA, enfermedades congénitas, neumonía y derrames cerebrales. En Colombia, según Medicina Legal, durante el año 2015 se presentaron 195 casos de suicidio en menores de edad, sin embargo las cifras no son definitivas, dado que puede haber casos enmascarados que quedan catalogados por otras causas. Por cada caso de suicidio se estima que puede haber 25 intentos; esto nos permitiría inferir que, al menos, cada año en Colombia intentan quitarse la vida unos 5000 niños. El tema no es menor.
La inconsolable madre ha contado a los medios de comunicación que su hijo había comprado un teléfono móvil sin su consentimiento y se veía a escondidas con la adolescente. Este caso parece darle la razón a Bill Gates, quien permite a sus hijos la utilización de celulares sólo después de cumplir los 14 años de edad. Según un estudio del Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, el 66% de los adultos desconocemos los sitios que visitan los menores.
En este caso las redes sociales y las comunicaciones pudieron ser un amplificador de los naturales miedos que tenemos a esas tempranas edades en que estamos formando nuestra personalidad. Coincido con Jhon W. Archbold en que las redes sociales no son independientes, no tienen autonomía, ni vida propia para atentar contra la humanidad; somos nosotros lo que estamos detrás de ellas, con nuestras flaquezas y patologías. Pero, como bien dice el citado autor, el peligro radica en desconocer las barbaridades de que somos capaces, desconocer nuestra debilidad. Se hace urgente una educación, tanto en casa como en los colegios, que enfrente sin miedos ni tapujos esta problemática que se incrementa día a día.
Estamos protegiendo demasiado a nuestros niños, tal vez con esa sobreprotección pretendemos mitigar nuestras culpas, nuestra poca dedicación, nuestra vida frenética y egoísta. Estamos creando niños en burbujas de cristal, con poca tolerancia al fracaso.
Los cuarentones de hoy tuvimos un choque brutal en nuestra adolescencia al salir de las enaguas de nuestras madres, tías y abuelas, a un mundo dominado por hombres, a un mundo brusco. Hoy en día, el choque es otro: los niños pasan de un mundo de complacencias, de síes ilimitados e inmerecidos, a un mundo el el cual son uno más, a un mundo de mucho noes, a un mundo de fracasos, incertidumbres e injusticias, a un terreno hostil y desconocido, y con pocas municiones en la mochila para enfrentarlo.
Si bien en el último tiempo hemos desarrollado ciertas capacidades para detectar el matoneo que pueden sufrir nuestros pequeños, nos falta mucho camino para poder detectar y detener a nuestro orgullito familiar cuando este se convierte en el matoneador. De alguna manera el “todo vale” en que vivimos, esta persecución del éxito per se, exaspera estas tendencias humanas.
Estos temas de política educativa pública pasan también por abrir nuestra política educativa privada, pasa por permitir que nos ayuden en la formación de nuestros hijos aquellas personas que nos rodean y en quienes confiamos, pasa por permitir la corrección oportuna de un tío, de una abuela, pasa por devolverles a los maestros (así sea parcialmente) la autoridad que otrora tenían, hoy desvirtuada y disminuida. Los alumnos explotan sin tregua las debilidades del sistema que, en muchas ocasiones, los protege en demasía; el docente ve permanentemente amenazado su empleo si llega a incomodar a cualquier pimpón, por lo que termina desentendiéndose del tema formativo y se limita a transferir conocimientos.
En la historia de Shakespeare murieron ambos protagonistas; solo en el dolor los Montescos y Capuletos llegaron a firmar la paz. No hace falta que esta Julieta corra la misma suerte que la italiana, bastante tendrá la chiquilla al tener que lidiar el resto de su vida con este nefasto episodio. Tenemos que atemperar a nuestras julieticas, enseñarles a medir las consecuencias de sus actos, pero a la vez cuidar y fortalecer a nuestros romeitos para que puedan sobreponerse a las vicisitudes de estos tiempos, porque tampoco hace falta que mueran más Romeos.