Por Diego Marín Contreras

No sé si te habrás puesto a pensarlo, lector amigo, pero hay una tendencia, cada día más generalizada, a decir ‘colocar’ en vez de ‘poner’. O, para ponerme a tono, no sé si te habrás colocado a pensarlo. Sí, parece increíble, pero hay hablantes tan sofisticados que te corrigen cuando dices, por ejemplo: ‘pon esos libros ahí’. Ofendidos en su presunto pudor idiomático, de inmediato te reprenden cual guardianes de la lengua: “las que ponen son las gallinas. Se dice: ‘coloca esos libros ahí’”. Figúrate, y tú que ya los habías puesto. Pero la corrección, además de que ofende a las pobres gallinas, que también podrían colocar huevos si les viniera en gana, no tiene ningún sustento gramatical, la menor base semántica, ni mucho menos obedece a los dictados de la lógica. Es tan sólo un esnobismo de quienes pretenden ser más papistas que el Papa.

Y el Papa, en estos casos, sigue siendo la Real Academia de la Lengua Española, cuyo diccionario establece con meridiana claridad la diferencia entre los dos vocablos en cuestión. ‘Colocar’, sostiene autoridad de tanto peso –se podría practicar bíceps con cualquiera de sus volúmenes–, “es poner a una persona o cosa en su debido lugar”. Ajá, muy bien. Pero ahora leamos qué dice con respecto a ‘poner’. Con no menor transparencia afirma que “es colocar en un sitio o lugar una persona o cosa”. O sea que, en buen romance, esas dos palabras significan lo mismo. Sí, claro, pero no son iguales. Porque el uso, el habla cotidiana de todos, las ha diferenciado durante siglos, y contra esa voluntad general no puede nadie, ni siquiera los más exigentes puristas.

En otras palabras: nadie, que no sea el sentido común o la madre naturaleza, puede impedirme decir que “la gallina colocó un huevo”. Pero no lo hago, ni nadie en su sano juicio lo hace, porque hace miles de años que las gallinas ponen huevos, actividad doméstica, consuetudinaria, poética, que el venerable latín de los romanos ya registraba con respeto (‘ponere, ponere’, le decía Cicerón a sus gallinas mientras preparaba un discurso contra sus enemigos políticos). En nombre, pues, de la tradición idiomática, con absoluta certeza y sin ningún temor a equivocarme, declaro al universo entero que la gallina ha puesto un huevo. Pero hay otros casos no menos obvios.

A los partidarios de ‘colocar’ habría que preguntarles, por ejemplo, ¿cuándo el sol se ha colocado en el horizonte? ¿Antes de Copérnico? ¿De Galileo? ¿De Newton? No, nunca, desde hace millones de años el sol se pone, como todo astro que merezca tal nombre. ¿Y quién le creería a un libretista que, por dárselas de muy fino y erudito en el idioma, escribiera una frase como: “cuando Juan la besó apasionadamente en los labios, María se colocó toda pálida”? No, de ninguna manera, “se puso pálida”, como quieren las leyes del melodrama y el diccionario de la Real Academia. O un novelista que escribiera: “con método exquisito, el mayordomo colocó la mesa”. Jamás de los jamases: los mayordomos, o los menordomos, o los domos de cualquier grado y tamaño, tienen por muy británica costumbre la de “poner la mesa”. Como los caballeros, que sean de donde fueren, exhiben así mismo el buen hábito de “ponerse de pie” cuando entra una dama, ya que colocarse en la misma postura podría ser interpretado como una obscenidad.

Qué pena, pero no podemos darles gusto a los fans del verbo colocar. Como periodistas nos veríamos obligados a decir, por ejemplo, que en el Congreso de la República tuvo lugar un acalorado debate sobre las papas calientes, pero que después de muchas horas los parlamentarios se “colocaron de acuerdo”. Espantoso, tanto como afirmar que el congresista X colocó a sus colegas en una situación comprometedora. No importa dónde se hayan colocado ellos, ni mucho menos dónde han colocado al país, para el caso sólo interesa dónde hemos puesto el español. Como en la expresión “poner las cartas sobre la mesa, o los puntos sobre las íes”, que es lo que está tratando de hacer este columnista tan bien puesto en este lugar del blog. Porque, en últimas, se trata de saber dónde ponen las garzas.

Provocaría un trauma irreparable, y una aberración sonora de madre y señora mía, la mamá que le cantara a su bebé de meses: “coloca, coloca, coloca el dedito en el botón”. En nombre de ese pobre niño aterrorizado, reclamo que se diga “pon, pon, pon”. Habría, además, que borrar del mapa del Atlántico a un municipio llamado Ponedera, que nuestros antepasados indígenas bautizaron así justamente porque allí llegaban las tortugas a poner sus huevos. ¿Qué tal que se llamara Colocadera? Las cosas se ponen y se quitan como los vestidos. ¿Qué tal un marido que, en trance erótico, le dijera a su mujer “colócate ese traje rojo”? Sería tan falso como un barranquillero muerto de sed, con este calor para extraterrestres que nos ahorca últimamente, que llegando hasta ese célebre carrito con frascos coloreados dijera: “por favor, déme un raspado”. No, en modo alguno, todos sabemos que se dice “raspao”.

Para terminar, me propongo ponerle fin a esta columna, donde he puesto por escrito mi opinión sobre tantas cosas mal colocadas. Y harto ya de tanto colocar, me dirijo con gran satisfacción a poner este punto final.