Es bien sabido que la belleza es intolerable. Las cosas que nos anuncian la perfección –esa condición tan inhumana– son después de poco tiempo imposibles de asumir. La hermosura, la simetría, el sosiego, el placer, son regalos que buscamos afanosamente desde la infancia, pero, cuando podemos experimentarlos, unos instantes son suficientes para que se conviertan en una carga insostenible. El Paraíso no está hecho para nosotros.


Idealizamos por costumbre, para sobrevivir a nuestros grotescos infiernos cotidianos en donde gobiernan la abominación, la barbarie, la enfermedad; y, sin embargo, cuando nos vemos de pronto en algún jardín desprovisto de carencias, sospechamos, nos ponemos en guardia y de inmediato buscamos el momento en el que se nos venga de golpe la decepción; entonces repetimos la famosa frase que sabemos usar para oralizar nuestra aprensión: “es demasiado perfecto para ser real”. Esa sentencia y la creencia que la sustenta no provienen de una especie de subestimación de la, digamos, “conciencia del desmerecimiento”; creo que, más bien es el resultado de que en el fondo conocemos nuestra incapacidad para soportar la lisura, la diafanidad, la revelación totalizante de lo divino.

A mediados de 1.999, mientras realizaba la investigación para un documental que nunca llegó a realizarse, tuve que visitar una penitenciaría para mujeres; en uno de los pasillos escuché sin proponérmelo la conversación entre dos reclusas; una de ellas le explicaba a su compañera de infortunios la razón por la que pasaría allí el resto de sus días. Esa confesión sorprendente estuvo rondando mi cabeza por varios años; traté de convertirla en un monólogo para teatro que alcanzó a ensayar en la sala de mi casa una actriz principiante. Con el tiempo olvidé el texto original y luego quise recuperar su esencia, incorporándolo a un cuento no muy afortunado que una revista de Barranquilla tuvo la generosidad de publicar hace pocos meses. Esa confesión real de la mujer presa, convertida en ficción literaria, es un ejemplo de nuestro temor por las cosas perfectas que nos tocan a veces en la vida y de las consecuencias siniestras que pueden desatarse si, contradiciendo nuestra condición de seres falibles, nos atrevemos a permitir que se queden acompañándonos por más de unos instantes.

Copio el texto, lo reciclo una vez más, sabiendo lo imprudente y enojoso que puede resultar una cita de mí mismo, con la pretensión de redondear la idea que he querido compartir con los lectores este día. Espero que sea propicia esta licencia.

"Este hombre era de no creer. Hermoso, casi femenino; una tortura para los ojos.

Seguro, inteligente, dueño de todas las palabras. Cada frase era una bala que me atravesaba de lado a lado. Sí que sabía hablar. Con calma, sin ninguna prisa. Un gesto enfático acompañando una frase frágil. Un desdén premeditado terminando una sentencia brillante. Sí que sabía hablar el muy miserable.

Su mirada no se dirigía específicamente a un lugar y, sin embargo, yo sentía que todo el tiempo estaba vigilándome. Maldita forma de mirar. Nada se le escapaba. Era imposible mentirle, era imposible confrontarlo sin desviar los ojos de sus ojos de búho, de lobo, de centinela. Esta cicatriz es la huella de una mirada suya que atravesó una calle repleta de gente y me alcanzó cuando trataba de huir, luego de una discusión en la que me dijo que era una puta.  

Jamás se reía a carcajadas, en el último segundo mataba la risa en una mueca que lo convertía en un ser misterioso y sensual. En un caramelo. Y luego de la sonrisa, el deseo. Tenía que comérmelo vivo. Lo tenía todo para mí, desarmado, solo, sin sus palabras, con su mirada escondida detrás de los párpados cerrados, sin ganas de sonreír. Inerme y desnudo. Entonces lo atacaba con innumerables besos y caricias y chupones y palabras vulgares, tan sólo para terminar sucumbiendo ante su poder de animal en celo. ¡Qué manera de amar inolvidable! ¡Qué forma de socavarme! Uno, dos, tres orgasmos, y de nuevo las cicatrices. Más hondas, más imborrables. No en mis senos, ni en mi cintura, ni en mi vientre, ni en mi coño. No, él no era el amante de mi cuerpo; era mi espejo, mi escudriñador.

Este hombre era de no creer. Era perfecto. Por eso maté a ese hijueputa."

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