Casi desde que tengo uso de razón vengo oyendo frases prefabricadas, más o menos iguales, cuyo fondo es el mismo: que adónde vamos a llegar, que la pérdida de valores es la causa de que el mundo esté así, que qué tiempos aciagos los que vivimos. E invariablemente los culpables de la supuesta antesala de ese apocalipsis cada vez más cercano suelen ser personas más jóvenes que quienes emiten esas frases.

Sin embargo, se le atribuye a nadie menos que a Sócrates haber dicho hace la bobadita de 2.500 años que "la juventud de hoy (es decir, de hace venticinco siglos) es mal educada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores, y chismea mientras debería trabajar". Por lo visto -si la frase es cierta- no es que sea muy reciente la inveterada costumbre que tiene la gente mayor de echarle la culpa del despelote del mundo a los más jóvenes; despelote que, si se mira bien, es el simple resultado de ejercer nuestra humanidad.

El fenómeno lo explica fácilmente el zoólogo Desmond Morris; según él esa incapacidad de nuestras comunidades para vivir en la misma relativa tranquilidad en la que viven los otros mamíferos al interior de las suyas, no es otra cosa que el desfase entre la lenta evolución biológica de nuestros cerebros frente a la frenética que han experimentado las sociedades humanas. Es decir, el cerebro de reptil, encargado de regular las pulsiones, todavía dista mucho de ser derrotado, y a diario le gana batallas decisivas al neocortex, la parte racional de la materia gris, que es la que ha diseñado nuestro modo de vida sedentario y hacinado, propio de la ciudad.

¿Quiere esto decir que al final del día solo somos unos simios con corbata, interesados únicamente en lograr el estatus suficiente para obtener sexo a cualquier precio? Por supuesto que no. Y, aunque a algunos les parezca mentira, esto cada vez es menos así. Lo que ocurre con la juventud, por ejemplo, es sencillo, y también lo explica Morris: los individuos jóvenes deben entrar pisando fuerte al mundo de los adultos, y eso los hace parecer más agresivos y disipados. Pero es una fase normal, que se ha dado en todas las generaciones. No se trata de que cada vez los jóvenes sean menos manejables, ni de que sean -repito- los culpables de este supuesto despelote creciente.

Y no lo son por otra razón todavía más contundente: porque lo más probable es que, pese a las repetitivas frases que siempre quieren hacer parecer  a la que va corriendo como la peor de todas las épocas, en mi opinión, las cosas -al contrario-  tienden a mejorar. Sabemos, gracias a las terroríficas lecturas de la Biblia, que a gentes de hace milenios las atormentaba a tal punto la tal pérdida de valores que ponían a su dios a enfurecerse para arreglar el asunto: échenle una miradita a los episodios del Becerro de Oro y de Sodoma y Gomorra y verán con qué pocos valores solucionaba Yaveh la pérdida de valores de su pueblo elegido.

Porque eso es lo más curioso de todo: que los tales valores perdidos, a los que se refieren las eternas quejas, se supone que deberían propender por la preservación de la dignidad de la persona; por el respeto a los Derechos Humanos -entre los cuales el más importante debería ser el respeto por la vida misma-. Sin embargo, lo que nos revela la historia es que la vida se ha respetado más bien poco en el pasado: los judíos lapidaban blasfemos, los romanos crucificaban sediciosos, la Iglesia medieval achicharraba herejes y sodomitas, los hacendados decimonónicos del sur de Estados Unidos ahorcaban esclavos rebeldes, los próceres de la independencia neogranadina fusilaban adversarios políticos.

Se dice fácil que la vida humana ahora vale poco, pero es mucho más fácil demostrar que antes valía todavía menos. Ahora no solo son muchísimas las sociedades que no castigan a sus integrantes matándolos -lo que habla de unos valores más tolerantes-, sino que cada vez son menos los grupos que son marginados -lo que habla de unos valores más incluyentes-: en mi infancia los gais, que hoy conquistan a diario derechos que siempre debieron tener, ni siquiera eran gais: eran unos "malditos maricones" cuyas prácticas sexuales en Colombia fueron consideradas delito hasta 1980; en la de mis padres las mujeres no alcanzaban el rango de ciudadanas y ni siquiera tenían derecho al voto, hoy las hay que son mandamases de poderosas multinacionales; en la de mis abuelos los "negros de mierda" eran relegados a la parte trasera de los autobuses gringos, hoy uno de ellos ostenta el cargo más importante del planeta.

De modo que la próxima vez que alguien pregunte que adónde vamos a llegar, tal vez ya tenga usted elementos suficientes para responderle adecuadamente.

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