Hace algunos días, un colega me preguntó si conocía una empresa llamada Global Engineering Modal Services, GEMS, con domicilio en Barranquilla y sucursal en Panamá. Dije que no, pero al revisar la página web, que contenía mucha información pero poco trabajo, lo que encontré fue una empresa con la que había trabajado. De tal manera que llame a un conocido allá quien, sin mayores preámbulos me confirmó: “Ah, eso es un patio de mecánica en el Barrio Abajo de dos jóvenes técnicos en metalistería. Ellos son más metalmecánicos y trabajan bien”. Así que, recordando el personaje del Flecha de David Sanchez Juliao, pensé, “tronco de nombre largo para dos aulas”.


Traigo este cuento a colación pensando en el valor de un nombre. En este país donde hemos hecho fiesta con si doña Natalia es Tocarruncho, Springer o Lizarazo, no hay manera de negar que nos descresta tener un apellido o nombre que suene extranjero. Mi opinión es irrecusable y se basa en mi propia experiencia. Yo me llamo Samuel Whelpley Hinestroza, porque soy de esa cuarta parte de la población de la Costa Atlántica cuyos antepasados se bajaron de los barcos en los siglos XIX y XX. En mi caso, mi antepasado fue un americano que estaba ligado a la Ingeniería de minas, que vivió una especie de adaptación de la historia de Chan Li Po, el detective Chino de la radio cubana y que, “por una linda cubana se quedó”. En este caso, se trataba de una muchacha de Mompox.

Y tengo que admitirlo, el Whelpley es vendedor. En un país donde somos tan dados a usar palabras extranjeras en vez llamar a las cosas por su nombre en español, solo porque nos parece más chic, elegante y con status, mi apellido resulta llamativo. Para empezar, comienza con una letra que en español es poco usada, como es la W, y la construcción resulta un tanto compleja: Son infinitas, las veces que he visto escrito mi apellido de maneras absurdas como Guelpe, wemble, whiplay, whiskley, guipley, guepey, whelpey, y alguna vez, hasta Buelvas. Me lleno de paciencia y a cada rato debo deletrearlo. Mi apellido me ha causado multitud de rollos pero curiosamente,el drama más sobresaliente que tuve con mi nombre no fue por este apellido, sino por el segundo. Resulta que, cuando me iba a casar, mi Hinestroza del registro civil, en la cédula estaba Hinestrosa, y la abogada de la notaria bloqueó el proceso hasta que fuera a la Registraduría a cambiar el nombre, cosa que tuve que hacer. Ella me dijo, “es que al final usted puede ser otro”, con lo cual me puso a pensar que si algún día un Samuel Whelpley es acusado de un delito en Colombia, no iba a poder defenderme diciendo que se trataba de un homónimo.

Sí, creo que en general con este apellido me ha ido bien, pese a las incomodidades que he descrito. Porque en nuestra sociedad encontramos elegante usar palabras en otros idiomas: Pastisserie, por Pasteleria, Brasserie por Asadero, CEO por Presidente Ejecutivo, CFO por Director Financiero, Cupcakes por pudincitos, Mall por Centro Comercial. Podría seguir con un largo etcétera. Este comportamiento, que recuerdo como perseguido por decreto en los tiempos de Turbay Ayala, donde se sancionaba el uso de palabras extranjeras cuando existiera su equivalente en español, es definido por los mejicanos con una palabra: Malinchismo.

Más allá de la figura de Doña Marina, o la Malinche, personaje que suscita amplia discusión en la sociedad mexicana, el Malinchismo es la reducción y negación de lo nacional frente a lo extranjero, que es visto como bueno o superior. Eso fue expresado de forma muy radical en una llorona canción protesta de Gabino Palomares, que se llama La Maldición de Malinche, y retrata de forma exagerada ese comportamiento.

No estoy afirmando que en Colombia tengamos un malinchismo avanzado, pero es evidente que nuestra sociedad no tiene el sentido de pertenencia que tienen los mexicanos y más de una vez hemos caído en la trampa de llamar la atención usando expresiones extranjeras, porque nos parecen muy elegantes. Hay muchas formas de Malinchismo muy sutiles, difíciles de detectar, otras más delicadas, como el hecho de presentar y exagerar el valor de los estudios que se realizan en el extranjero, dando por hecho que estudiar en otro país es sinónimo de calidad. Por desgracia, no es fácil para quien no está enterado, establecer las equivalencias exactas de lo estudiado, frente a lo aplicado aquí. Suena muy elegante decir: sociólogo de la Universidad de Pamplona, con estudios de postgrado en la Universidad de Chile. No hay forma de saber, a simple vista, cual es el alcance de los estudios realizados con esta descripción. Recuerdo que un profesor mío sostenía que el éxito de los posgrados de la más prestigiosa Universidad de la región se debía a que era una lavandería. Esto lo decía así porque al final presentaban en su hoja de vida, por ejemplo, “Sociólogo de la Universidad de Calamar, ESPECIALISTA EN TRABAJO SOCIAL DE LA UNIVERSIDAD DE BARRANQUILLA”. La mayúscula sostenida debía centrar la atención a lo importante y, de esta manera, un curso de fines de semana y por un solo año, a veces sin utilidad práctica, valía más que 5 años de estudio de una carrera.

Más allá de la supuesta conducta delictiva de Doña Natalia, con cambiarse su nombre, aparte de no ser un delito, ella ha hecho algo que nuestra sociedad hace todos los días. Aquí en mi escritorio me llega una solicitud firmada por “Fulano” “Personal Assistant (sic) de Mr. Rodríguez”, un conocido médico de la ciudad. Creemos que ocultar nuestro origen mestizo o indígena para mejor usar palabras rimbombantes, que suenen eufónicas extranjeras, -y las burlas por el Tocarruncho, demuestran mucho de nuestro comportamiento despectivo con los indígenas- nos hace mejores. Seguramente entendemos esto como sinónimo de calidad o excelencia, pero es en últimas un complejo de inferioridad, una disfrazada muestra del racismo que subyace en nuestra sociedad y lo complejo de nuestra relación con la parte negra e india -e incluso hispana- de todos nosotros, que aún pretendemos negar. O no han oído nunca la frase “este país se jodió porque nos conquistaron los españoles y no los ingleses. Seriamos un país diferente si ellos nos hubieran conquistado”. Cuando oigo esa frase sé que ellos piensan en Estados Unidos, donde se exterminaron a los indios hasta el punto de reducirlos a unas pocas reservas. Cuando a mí me dicen eso yo les respondo: “Bueno, diferentes sí seriamos. Tal vez nos pareceríamos a la colorida Trinidad y Tobago, mezcla de negros, hindúes e indios (de la India), tainos y unos cuantos blancos.”

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