Por Verónica Escobar

Supe que algo iba mal desde la primera ecografía. Yo, que soy de autoexámenes regulares, no la había sentido. La muy canalla se había mantenido oculta hasta la noche del 18 de abril, y solo salió después de que una voz interna (no me pregunten qué fue la voz ni a qué sonó, pues fue solo una voz-pensamiento y puede ser atribuida tanto el resultado de mis terminaciones nerviosas como a la obra de un ángel o de un dios) me anunció que tenía cáncer de seno, de pulmón o de pelvis. Diría uno que para ser una comunicación milagrosa, podría haber sido más específica, pero no, y como no pude mandarme la mano ni al pulmón ni a la pelvis, me la mandé al seno y ahí estaba: una tremenda bola, dispuesta a quitarme el sueño. Durante una semana mis oraciones se concentraron en pedir que la voz, efectivamente, hubiera dicho “o” en lugar de “y”; nunca sentí el poder de una conjunción y su diferencia con la disyunción como aquella vez.

Pero una bola es una bola, una voz es una voz, y ambas son nada hasta que llega el diagnóstico definitivo. El mío empezó a confirmarse en la consulta con la radióloga. Mis primeras sospechas se dieron cuando repentinamente cambió de actitud y pasó de ser una mujer fría, que examinaba mi seno derecho como si se tratara de una pieza mecánica cualquiera, a un mar de dulzura cuando se encontró con mi seno izquierdo y vio la masa a través de su ecógrafo. Y terminaron de confirmarse cuando me preguntó: ¿Tiene hijos?

A mí se me han muerto todos mis hijos antes de ser concebidos, quise responderle. Murió Julián, mi primogénito, que ahora tendría unos 17 años, y murió María, su hermana, que estaría ahora por los lados de los 15. Murieron en un accidente congénito que me provocó un útero con un septo en el medio y me impidió concebirlos, por vía natural o por inseminación, aunque intentos no faltaron en ninguno de los dos sentidos.

Quizás, si los tuviera conmigo, otra sería el cuento, doctora. Su pregunta, por ejemplo, me tendría al borde de un ataque de histeria, seguro ya habría estallado en lágrimas y empezaría a planear mi detallada lucha contra el cáncer, el que usted vio, aunque todavía no me ha dicho nada; empezaría por leerme todos los documentos de Google, después me vería todos los videos de Youtube, me confeccionaría lacitos rosa que me pondría en la ropa y, tal vez, llenaría mi muro de Facebook de plegarias. Pero habría más asuntos que serían otros.

Tendría que pagar colegios, por ejemplo, y pelear porque hicieran las tareas y sufrir cuando los llevara a fiestas y los viera restregándose las nalgas con el ritmo ese del reguetón y andar husmeando en sus mochilas para detectar algún indicio de marihuana (y rezar secretamente porque solo fuera marihuana la droga que conocieran) y pelear porque se lavaran los dientes y seguro que tendría que hacerme la santa y contarles tantas mentiras que son propias de los padres: los hermanos no pelean, yo no he probado ninguna droga, en mi época sí estudiaba, ah, cómo ha cambiado el mundo, cuando yo estaba de la edad de ustedes no podía ni levantarle la voz a mis papás, mucho menos podía tirar la puerta en un momento de ira; hablaría de todos los potreros que ahora son lotes urbanizados y criticaría esa tendencia de andar metidos todo el día en ese cuento del Facebook como si la vida no estuviera sucediendo precisamente por fuera de las pantallas de sus computadoras.

Julián, sabrá mi Dios qué hubiera sido de él, todo un personaje, me imagino. Ojalá hubiera sido bien mundano para no tener que andar con esa constante insatisfacción, heredada de su madre, de su abuelo, de su bisabuelo y de todos los familiares de ahí para atrás que pensaron que la felicidad estaba en encontrarle sentido a la vida, más allá del entendimiento de esas órdenes sencillas del día a día, de poner un sello en una hoja, contestar un teléfono y llenar un formulario. Porque no es por dármelas de mucho, pero esa inteligencia de la que provengo, que no ha dado nunca las riquezas suficientes como para que podamos desentendernos del mundo, tampoco nos ha permitido estar plenamente entendidos con él; mientras veo a la gran mayoría de mis conocidos, de mis compañeros de universidad o de colegio, que trabajan con juicio, que mercan los viernes, que esperan satisfechos los pagos de sus quincenas, que se casan y tienen hijos, que permanecen haciendo lo que sea que deben hacer, que se afilian a clubes, que compran carros y apartamentos, que ascienden en sus puestos de trabajo, no puedo evitar sentir una envidia profunda porque, al parecer, son felices, pues para ellos, el único sentido que se necesita para la vida es el resultado de un cronograma organizado y de unas metas claras que se van alcanzando con paciencia.

Ojalá Julián hubiera sido de esos, porque, de lo contrario, a sus 17 años, andaría sumido en un mundo repleto de autores existencialistas, cuestionándose hasta el tuétano la más sutil de sus emociones; claro, fumaría marihuana así yo no lo detectara y andaría desgreñado por el mundo. Sería vegetariano y escribiría ensayos en sus cuadernos, adornados luego con dibujos que aprendió a hacer desde chiquito, como los que hacía su tío abuelo Jaime. Pobre Julián, revolcando entre sus ancestros a ver qué encuentra que le explique por qué tenía que ser tan así, tan malo para el fútbol, tan nulo para el baile, ten negado para conquistar en su colegio.

Pero a mí me gustaría Julián, seguro que andaría por ahí chicaneándolo con cuanta persona me encontrara y que mi celular estaría lleno de sus fotos, las que lograría tomarle a escondidas o a punta de cantaleta, y mi Instagram no sería un repertorio de poses de mis gatos, mis perros y mis peces, sino de todas las monerías de este chico. Ay, Julián, ya todo un hombrecito, quién sabe qué querría estudiar y sabrá mirús de dónde sacaría plata para pagarle la universidad, ya de pequeño demás que habría tenido que meterlo a clases de música, de pintura, de karate, de equitación, de natación, y de un montón de otros ción, sin mencionar esas raras que solo los que tienen hijos que no murieron antes de ser concebidos conocen, y sospecho que todo eso me hubiera costado más o menos lo que vale un semestre de pregrado.

Ay, Julián, ¡cómo habría sido de distinta mi vida contigo! No habría podido salirme de mi trabajo elegante en la empresa de telecomunicaciones aquella: ¿cómo le habría dicho a él, con ganas de tener ropa de marca, de viajar al extranjero y de estudiar una carrera en la universidad de su elección, que su mamá ya no iba a tener un sueldazo solo porque quería hacer lo que siempre le gustó a hacer? Y en mi último divorcio, habría tenido que buscar una casa propia o pelear por los derechos de vivienda, no habría tenido corazón para decirle que lo siento, que esa otra relación tampoco funcionó, que debíamos volver un tiempo a casa de mis padres mientras recuperaba el bolsillo y definía para dónde coger.

No obstante, nada importaría, me parecería precioso mi Julián, aunque, es probable, hubiera preferido que se vistiera distinto; cómo criticarlo cuando yo misma no he podido escuchar nunca uno de esos estruendosos gritos de la moda, tengo una sordera selectiva, creo que también congénita, tal vez esta relacionada con el septo aquel del útero. Quizás llevaría varias novias, o novios, porque en eso sí no me metería, ni que fuera la más descarada, y seguro que no le llegarían ni a los tobillos a ese hijo mío.

Ay, qué preocupación mi Julián.

María me preocuparía menos, ella le hubiera heredado la vanidad a su tía, la simpatía a su abuela, las piernas a su bisabuela materna. Ella habría sido chistosa e hiperactiva.

Creo que me hubiera odiado un poquito cuando viera en su colegio que las trenzas que yo le hacía no eran tan perfectas como las de sus amigas, que los chulos se le caían y que el corte de capul le quedaba disparejo. No le habría gustado eso de tener dos mamás, y menos habría disfrutado que sus dos mamás cambiaran al ritmo de mis relaciones. Para ella, yo sería su mamá. Su papá, sería un donante. A mis parejas, les diría tías y seguro mantendría comunicación con mis ex, hasta con las que yo no quiero. Lo de tías le habría resuelto eso que tanto le habría chocado: la mente cerrada de sus profesores de colegio o de sus compañeras o de los papás de sus compañeras; eso de tener que andar con explicaciones la habría agotado pronto. Hubiera odiado el ruedo mal cogido y me habría insistido que tenía que enseñarle a maquillarse, lo que me hubiera metido en un lío tremendo, porque de eso no sé nada. Pero también me habría querido, me habría amado con locura cuando planeáramos historias fantásticas y jugáramos a hacernos la visita, cuando le enseñara mis trucos de cocina y conversáramos de la vida, de política, de religión, de todos esos temas prohibidos en sociedad, pero necesarios en familia.

A María le habrían gustado las matemáticas y habría jugado con muñecas hasta los 12 años; a María le habría encantado el fútbol y leer, habría sido una devoradora de libros y revistas. Sería ordenada en extremo, hasta rayar en la obsesión. Ella habría querido ser escritora, desde chiquita. ¡Ah tarjetas y cartas las que me habría escrito!, tendría un cajón lleno de ellas.

¡Ay, María!, ¿qué habría pasado cuando decidieras dedicarte a hacer los postres aprendidos en los libros que hubieras descubierto en la parte de arriba del closet de mis padres? Seguro que te habría salido esa duda que nos viene por herencia, esa inquietud acerca de la vida, esas ganas de entenderlo todo y decidir, por tu propia cuenta, qué es Dios, qué es la muerte, qué son los sueños y cómo se hace para seguir despierto.

María no hubiera querido una fiesta de 15, a ella le hubiera gustado más un viaje de un año por el mundo, el de ella, que es más amplio que el mío, que incluye continentes que en mí no son más que un dibujo en un mapa. Los conocería a la perfección, sabría de sus guerras, las entendería. Conocería sus dolores y la riqueza cultural de sus poblaciones. María también conocería a Colombia, desde chiquita, la habría recorrido gracias a los viajes del colegio y se la habría leído. No habría quién la parara cuando le diera por hablar de todo lo que tenemos acá ni tendría manera de explicarle por qué mis viajes han sido tan escasos, para ella ninguna razón sería válida.

A ella no le hubieran hecho nunca matoneo. Cuando le pregunté a los que me hicieron tanto bullying en el colegio, años después cuando me los encontré en la vida, por qué se habían ensañado conmigo, su respuesta fue: porque vos te dejabas. María no, ella no se habría dejado.

También me parecería divina mi María, cuánto habría luchado para que no se creyera princesa, cómo me habría aferrado a todas esas tendencias modernas de criar muchachitas y muchachitos medio líquidos, capaces de sentir y ser fuertes, de soñar y ser inteligentes. Pero María habría querido ser princesa desde chiquita, la imagino disfrazada todo el tiempo, y después, ya adolescente, podría jurar que se le habría visto la tiara en la frente, aunque no la llevara puesta.

Se enamoraría de todos, de todo. De los días, del suelo, de las flores, de los perros callejeros, de los niños, de los ancianos. Se enamoraría tanto, que le dolería su mundo, las fronteras, las crisis de los refugiados, la contaminación, la desigualdad... Y quién sabe, de pronto en ese momento empezaría a descubrir los libros de su hermano. Y sus cigarros. Y sus dolores. Y sus miedos.

Ahora que lo pienso, María también me preocupa mucho. Me preocupan mis hijos, los que han muerto antes de ser concebidos. Me preocupan más, ahora que usted me hace esa pregunta, doctora.

- No doctora, no tengo hijos- fue mi respuesta, la que pronuncié en voz alta. - Ah, bueno, eso tiene que tranquilizarla mucho- dijo la doctora. - ¿Dos perros y un gato cuentan? - Fue lo único que atiné decir cuando supe que tenía cáncer.

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