En una reunión celebrada el pasado martes, coincidimos en una mesa un grupo de personas de muy variadas opiniones políticas. Estaban una candidata al Senado por Centro Democrático, dos uribistas declarados y varios antiuribistas. Pese a la pugnacidad del discurso en las redes, la conversación terminó en la necesidad de reducir el clima de agresividad que existe en esos espacios, sin que necesariamente cada parte cediera en su punto de vista. Cada facción reclamó sobre la caricatura que presentaban de la otra. En algún momento hablaron de mí, y dijeron que ellos veían que yo jamás respondo con la cabeza caliente, y mis conclusiones son muy pensadas. Yo me limite a decir una frase que siempre digo: no existen en el mundo ideas que sean blancas o negras, sino infinitos matices de gris. Por muy justa que sea una causa -pienso yo- siempre hay alguien a quien le hace mal, y a veces, mediante actos horrendos o inmorales, se logran algunos fines elevados, como se vio en la película Lincoln, donde se muestran las negociaciones para la abolición de la esclavitud, en las que mediaron algunos episodios de corrupción y soborno.


Pero como muchos, también creía en la justicia de mi punto de vista, en el sentido de que mi opinión era la justa y la única válida. Una película holandesa, El Asalto, produjo un terremoto en mis opiniones, que me mostraron la complejidad de algunas de las situaciones que vivimos.
Dirigida por Fons Rademaker, El Asalto (De Aanslag) narra la vida de un joven, Antón, que busca respuestas al asesinato de su familia en los días finales de la II Guerra mundial. Antón no quiere venganza, quiere respuestas. Pronto empieza a descubrir que los miembros de su familia, vindicados como héroes, no lo son; son víctimas de una retaliación de los nazis por el asesinato de Ploeg, un miembro de la policía holandesa y colaboracionista, a manos de la resistencia. Antón descubre que la resistencia asesina a Ploeg, y que los vecinos asustados llevaron el cuerpo hasta la puerta de la casa de sus padres, quienes por ello fueron ajusticiados. Sus vecinos no lo pueden ver a los ojos, saben que su cobardía también contribuyó con el crimen. Antón, glorificado como sobreviviente, descubre que muchos de los beneficios recibidos para sus estudios son, de alguna forma, una compensación del pueblo por el homicidio. Antón tiene una serie de encuentros con el hijo de Ploeg, Fake, un personaje desagradable que vagabundea por el pueblo, mientras hace trabajos ocasionales. Fake y Antón tiene una pelea, y este último resulta vencedor; Irritado, le pregunta la razón de su furia, si él es la víctima en toda esta historia:
-Tu no entiendes -responde Fake. Yo también soy un huérfano. A mi padre lo asesinaron. Si era buen o mal padre, ya no importa; era mi padre; buen o mal policía, no sé. Me han dicho que era un mal policía, y por ello murió. Mi madre me dice que solo cumplía con su deber. Por su asesinato mataron a tu familia, es cierto, pero yo quedé sin padre y con el odio de mis vecinos. Tú tienes todas las posibilidades, vas a ser profesional y de seguro se te van a abrir las puertas. Yo no puedo aspirar a eso, soy el hijo de un criminal, de un hombre que cumplía con su deber; solo puedo estudiar plomería, y seré un plomero al que mirarán siempre como el hijo de un criminal.
Antón se va; años mas tarde, en una calle de Ámsterdam, se encuentra con su novia, que le comenta que en su edificio hay una tubería rota, y ella le pide ir a su casa. Se ve llegar una furgoneta de donde se bajan varios operarios. La Furgoneta dice: Plomeros Ploeg.
La película me dio a entender varias cosas: reafirmar, por ejemplo, que las cosas no siempre son lo que parecen, y es necesario mirar de la manera mas amplia los objetivos que nos proponemos. La otra, que el punto de vista es fundamental; todo acto, toda decisión tiene consecuencias, buenas o malas, justas o no, en mayor o menor medida.
En realidad, si el mundo fuera binario, de blancos y negros, sería más fácil todo. Pensaba en eso, viendo las reacciones a los ataques con huevos y tomates a Timochenko. Hubo voces que aplaudieron el acto, como quienes lo criticaron como una muestra del clasismo y resentimiento de la sociedad frente a quienes se reintegran, y que, en Colombia, hay mucho por hacer. Al final, si a usted no le gustan las FARC, o el proceso de paz, la realidad es que hay un acuerdo y este se hizo para que dejáramos de matarnos y resolviéramos nuestros asuntos conversando. Cada acto de violencia de 50 años no hizo sino crear muchos Antons o Fakes, en un Estado que no estaba en capacidad de ayudarlos.
Pero ni Timochenko es Antón, ni quienes lo atacan son los Fakes. O Viceversa. Ni Timochenko es Fake, ni quienes lo atacan son los Antón. Son, si se quiere ver, víctimas de una locura llamada guerra que duro 50 años o más, y la pregunta es si nos vamos a seguir matando. Al final, quien tiene razón es lo de menos. Obvio que protestar por la presencia de actores políticos es un derecho legítimo. Tirar huevos, pese a todo, es mejor que dar bala. Pero la pregunta a hacer es si la sociedad quiere más Antons, y más Fakes, y si esos actos ayudan a evitarlos. Pareciera que no, a menos que se acepte que no hay una causa que por muy justa, no lastime a alguien, o que ningún fin, por muy elevado que sea, justifica un crimen. No importa la justeza de un acto, o lo elevado de nuestros ideales: lo que importa es que no haya mas Anton, ni más Fakes; en suma, pasar la página.

(Imagen tomada de www.matinoticias.com)