Hay canciones que definen el alma de un país, que más populares que los propios himnos nacionales. Pienso en temas como América la Bella, la canción de Katherine Lee Bates, que es casi un segundo himno de Estados Unidos; México lindo y querido o el Jarabe Tapatío, que son parte del ser mexicano; el tango la Cumparsita, de Rodriguez Matos, para Argentina y Uruguay; Mañana de Carnaval o Acuarela de Brasil, para el gigante suramericano. Qué decir de Alma Llanera para Venezuela. Para Cuba, las opiniones se dividen: hay quienes eligen la Guantanamera, el conocido Son Guajiro, o el que es tema de este texto, el Manisero (sí, así, con s) el son pregón compuesto hace 90 años por el músico e investigador musical Moisés Simons.


La importancia de El Manisero no tiene paralelo en la música popular cubana. El musicólogo e historiador Cristóbal Díaz-Ayala en su libro “Si te quieres por el pico divertir” señala que “El manisero consagró al pregón musical, fijó las pautas del género, animó a numerosos autores a cultivarlo, es una de las canciones hispanoamericanas más célebres y la nómina de sus intérpretes incluye voces, instrumentistas y estilos tan diversos como los de Rita Montaner y Judy Garland, Antonio Machín y Tito Schipa, Louis Armstrong y Pedro Infante, Stan Kenton y Bola de Nieve.”
Como muchos de los temas que son parte del alma de un pueblo, se ha ido difuminando la figura de su creador: Moisés Simón Rodríguez mejor conocido como Moisés Simons. Nacido en La Habana el 24 de agosto de 1889, y fallecido en Madrid el 24 de junio de 1945, los primeros estudios los realizó con su padre, el músico y pedagogo de origen vasco Leandro Simón (quien tuvo entre sus otros alumnos a Eliseo Grenet, el autor del pregón Ay Mama Inés). A los nueve años era organista de la iglesia, y a los quince ya realizaba estudios avanzados de composición, armonía, contrapunto, fuga e instrumentación. Fue organista de capilla y trabajó con Ernesto Lecuona. Como este último, escribió operetas como Tot ce moi, de gran éxito en Francia, Deuda de amor, o Los Tres golpes. Pero será un pregón en forma de son (o son pregón), tal vez escuchado en su barrio de Jesus María en La Habana por su oído afilado para la música, por lo que es recordado. Su título, El manisero.
Cuenta la leyenda que la canción fue compuesta una noche de rumba con la complicidad de un periodista amigo del autor, al ver cruzar un emigrante asiático pregonando la venta de cucuruchos de maní tostado. Se cuenta que Moisés escribió la letra en una servilleta, luego fijó la melodía en su memoria y más tarde la interpretó en su piano. Corría el año de 1928. Grabada luego por Rita Montaner, el éxito sería inmediato, y en menos de dos años se realizarían 17 versiones. En 1929 el tema se daría a conocer en Nueva York por Antonio Machín con la orquesta de Don Azpiazu (pese a su nombre, tan cubano y oriental como el que más), y pronto haría parte del repertorio de las Big Band; una de esas versiones, la de Stan Kenton y su orquesta es de de las más conocidas. Simons estuvo muy preocupado por los aspectos técnicos de la música, para lo que escribió durante muchos años el texto Historia, origen y filosofía de la música. Su obra musical es de gran valía, y sus instrumentaciones y arreglos están a la altura de los grandes maestros de la zarzuela. Su vida tuvo episodios dignos de novela: fue detenido en Francia en 1940 por los nazis, quienes creían que Simons era judío. De esos avatares, el novelista cubano americano Oscar Hijuelos, escribió la novela “Una sencilla melodía habanera”, tomando elementos de la vida del compositor, un libro poco conocido en español, pese a los elogios de Leonardo Padura.
Pero por lo que es hoy recordado principalmente Moisés Simons, es por ser el autor de un son pregón que puede verse como el espíritu de un pueblo, y en suma del mundo. El Manisero ha sido representado en el cine muchísimas veces, citado con entusiasmo por autores tan diversos como Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante e, incluso, de manera algo equivocada, por Jorge Luis Borges:
A esa curiosa variación de un filántropo debemos infinitos hechos: (……) , el impetuoso film Aleluya, la fornida carga a la bayoneta llevada por Soler al frente de sus Pardos y Morenos en el Cerrito, la gracia de la señorita de Tal, el moreno que asesinó Martín Fierro, la deplorable rumba El Manisero, el napoleonismo arrestado y encalabozado de Toussaint L´Ouverture, la cruz y la serpiente en Haití, la sangre de las cabras degolladas por el machete del papaloi, la habanera madre del tango, el candombe.
(Borges – El espantoso redentor Lazarus Morrell)
Hay quien sostiene que en el Manisero está el alma del pueblo cubano: Música ligera, pícara, sensual, dúctil a toda clase de improvisaciones, es decir maleable, y, sin embargo, con un dejo de melancolía que Díaz-Ayala sitúa en “un elemento de fugacidad o llamado perentorio acusado en su letra: el pregonero debe conminar a la venta, so pretexto de su retirada: se va y no vuelve. Hay un dejo de nostalgia siempre en el pregón, con ese irse y no volver.”
El manisero es una pequeña obra de teatro de algo menos de tres minutos; llega, ofrece su producto, propone felicidad, nos urge a tomar su oferta, responde, anuncia su partida, vuelve a llamar, se desdibuja, hasta que desaparece. Un canto sencillo, como la vida misma, que es teatro y fugacidad, que desde hace noventa años nos conmueve.
 
(Imagen tomada de www.wikipedia.org)