Del cine salí conmovida. “I, Tonya” logra eso, curucutearte las fibras, desacomodarte de la butaca. Incomodarte. ¿Qué diablos me pasó en esa sala mientras veía absorta la historia brutal de una ruina, de una debacle, el relato paso a paso del fin de la carrera de la patinadora profesional Tonya Harding a sus veinticuatro años? Luego de días de preguntármelo, lo descubrí: me sentí miserable porque yo también hice parte de la horda de caníbales. Ese año en el que a la Harding la acusaron de pretender sacar del camino a su eterna rival, Nancy Kerrigan, mandándole a romper una pierna, me sumé a la sociedad estadounidense que se ensañó con ella y que no descansó hasta verla tocar fondo. Y eso me lo hizo ver una película barata sin grandes efectos especiales ni escenarios extraordinarios.


Sé que es fácil sentir debilidad por los desgraciados, por los sin salida, por esas personas que nacieron estrelladas y con el viento en contra, sin ninguna oportunidad de vencer al infortunio. Y por eso las historias de perdedores gustan tanto, conmueven tanto. Pero esta, contada en tono tragicómico, con el humor negro más fino y delicioso posible, va más allá del morbo y de la conmiseración que generó en 1994 el escándalo que convirtió a Tonya en la villana más odiada de Estados Unidos. Te toca.
Y es que para perder con todas las de la ley, para ser un derrotado destacado, un vencido de renombre, el más grande looser de todos los loosers, no solo se requiere método y talento para tomar la serie de decisiones desafortunadas que te llevarán sí o sí al abismo, sino también una audiencia enorme dispuesta a acabarte, a darte la estocada final una vez estés ya en el piso y sin posibilidades de levantarte, de volver al ruedo. Los mirones son parte fundamental de esas caídas memorables. Sin esos seres dispuestos a embriagarse con la sangre y a comer de las tripas del caído, no habría espectáculo.
Las tragedias atraen porque son hermosas, porque llevan consigo un estoicismo, un donaire, una cierta dignidad de la que carecen las victorias. Y también porque dan risa. Nada más hilarante que ver caer a alguien de manera aparatosa y darse duro contra el mundo. Mientras al ganador le dan un premio, una medalla, le toman una foto, le hacen una entrevista, lo admiran por un día, por unas horas, y lo dejan en paz, a los derrotados de antología los persiguen por meses, inclusive años, para verificar que sigan donde deben estar, revolcándose en el fango maloliente de los desterrados. Se deben enfrentar a stalkers frente a sus casas, a periodistas incisivos que desean hurgar en lo poco que les queda, al desprecio de los vecinos, al olvido de quienes juraron algún día quererlos. En el caso de Tonya, de estrella deportiva de alto rendimiento pasó a ser chiste nacional. De los reflectores alumbrándola porque fue la primera patinadora en realizar con éxito el dificilísimo salto Triple Axel, se convirtió en un abrir y cerrar de ojos en la mofa de programas televisivos. Si hay llaga, ¿es posible pasar de largo sin hundir el dedo? Todo indica que no.
No me había repuesto de la película y de lo desnuda que me sentí al verla, de lo cafre que me descubrí de repente, cuando me enteré del último circo de la farándula colombiana. Un cantante de un grupo vallenato -uno sin mucha gloria, vale aclarar- salió a decir en un programa de chismes que su mejor amigo y su esposa lo habían engañado por varios años sosteniendo una relación amorosa clandestina. El dolido caballero se llama Yader Romero. El grupo musical, Kvrass. El amigo traidor, Luis “El nene” Carrascal. La mujer infiel, Anny Sarmiento. Todos los ingredientes servidos en bandeja de plata y en horario triple A para que el vivo, en este caso los vivos, comieran del muerto, en este caso de la muerta. Un nuevo caso criollo de “al caído, caerle”.
El señor Romero aportó audios y pantallazos de chats en Whatsapp que demuestran de una manera irrefutable que la traición ocurrió. Días después el amigo acusado salió a defenderse en el mismo espacio diciendo que no fue su culpa, que la señora de moral distraída era maltratada por su marido quien no la “atendía”, y que ese matrimonio ya estaba fracturado. Se ha puesto hasta en duda la paternidad del hijo menor de la pareja que no tiene ni tres años. Todo esto revelándose en programas de medio pelo y en medios aún más mediocres sin tener en cuenta que el daño no solo se lo estaban haciendo a una mujer (que para muchos debía ser lapidada como en la época de Jesús), sino también a sus hijos menores de edad, completamente inocentes, quienes toda su vida tendrán que enfrentarse a este escándalo con solo googlear el nombre de sus padres. Las redes sociales se llenaron de comentarios donde propios y extraños se sintieron con el derecho de opinar sobre el incidente. La peor librada, como es obvio en un país tan machista como Colombia, ha sido la señora Sarmiento. De puta y casquivana no la bajan. ¿Están tan seguros de que lo era? Y si eso fuese cierto, ¿qué nos importa la actividad sexual de la susodicha o a quién metía a su catre? ¿Se imaginan por un segundo lo que pasaría si las mujeres de los hombres famosos de este país se pusieran de acuerdo para exponer públicamente los cachos que les han puesto sus ilustres maridos?
Y antes de ese caso vergonzoso de los chicos Kvrass sacándose los trapitos al sol y trapeando el piso con el nombre de una mujer que ambos dijeron amar en algún momento de sus vidas, los come muertos estaban deleitándose de lo lindo con la muerte de María Andrea Cabrera, hija del general Fabricio Cabrera, quien murió luego de una noche de rumba por sobredosis de éxtasis. Que nadie la mató, que era una drogadicta, que el general es un tarado que no quiere ver lo que es obvio, que ahora van a empapelar a gente inocente por tapar las andanzas de una chica descarriada, que surgió otro caso Colmenares, que el exnovio dijo esto, que la mejor amiga dijo aquello, que cómo va a ser eso posible si era una niña de Emaús, que sí, que era un poco alocada, pero que rumbeaba sin ayudas externas, que sí, que andaba en amanecederos, pero que no metía pepas. La joven en el cajón y los dolientes enfrentados de manera virtual con los azuzadores del circo, con los morbosos hambrientos que no dejan pasar, cual goleros, a ningún cadáver suculento.
En últimas, el muerto más útil no se entierra, sirve de presa, de manjar para los vivos.

(Imagen tomada de http://hablemosdeaves.com)