«¡Oh qué maravilla!

¡Cuántas criaturas bellas hay aquí!
¡Cuán bella es la humanidad!
¡Oh valiente nuevo mundo,
en el que vive gente así!»

SHAKESPEARE –La Tempestad.

La vejez tiene mala prensa en general, por muy buenas razones. Y, sin embargo, no siempre es un valle de lágrimas y nada más. Conocer a un anciano alegre puede ser inspirador. Hace pocos días tuve la suerte de tratar a dos personas ancianas, cuyo placer por la vida avergonzó mi inclinación a quejarme por todo y por nada.


El primer ecuentro, fue en un almacén de cadena donde se reúnen un grupo de señores a jugar ajedrez. Un señor ya mayor, muy bien conservado, observaba con atención una partida de dos personas mucho mas jóvenes. Guardó silencioso respeto hasta que uno de los participantes renunció a seguir jugando frente a lo que veía como una inminente derrota.
“Buena partida”, le dije.
“Sí”, respondió él. “Pero no aprendí mucho sobre el ajedrez que ya no supiera.”
“¿En serio?”, inquirí sorprendido, al asumir que el nivel del público era similar al mío, es decir un poco más arriba del conocimiento básico del movimiento de las fichas.
“Si, lo juego desde los años treinta. Lo he estudiado y he analizado las grandes partidas. Incluso participé en torneos nacionales. Pero me encanta venir, jugarlo, y siempre es bueno ver los duelos en vivo y en directo. Algo nuevo se aprende cada día.”
¿Los años treinta?. Si imagino que juega ajedrez desde la edad de 8 años, y si tenia 8 en 1939, ahora tendría 87 u 88. Observando con atención y de cerca, me pareció que era más viejo, quizá llegando a los 100 en realidad.
“Debo irme, encantado de hablar contigo”, se despidió, y siguió su camino con más energía que alguien con la mitad de su edad.
“Vaya vitalidad”, pensé.
En Barranquilla es muy común desde hace muchos años ver a un señor mayor –el segundo personaje a quien me quiero referir– que viste de blanco en punta, con una infaltable boina, eterna sonrisa y amabilidad sin par, en toda clase de eventos que involucren lanzamientos de libros, tertulias de diversa índole y presentaciones especiales en la cinemateca. En una ciudad donde la oferta cultural suele ser irregular, es inevitable que se formen pequeñas cofradías de asistentes en la cuales se terminan conociendo unos y otros. Yo había coincidido con él en múltiples ocasiones, pero nunca habíamos conversado.
En la última presentación de libros al la que asistí, el viernes pasado, me senté a su lado. Le dije por poner tema que todas las charlas ya le debían parecer casi iguales en virtud de tantos años asistiendo a ellas.
“Oh, claro que no, para mí no son reuniones sociales, siempre se aprende algo nuevo”, me respondió sonriente, mostrando una dentadura perfecta.
“¿Y qué fue lo último que aprendió?”, pregunte con algo de sorna.
“Reafirmar el valor de la prensa libre, ayer, cuando vi la película de The Post, en la Cinemateca”. Y comenzó a hablarme con gran entusiasmo sobre el tema que daba origen a la historia. Me contó con detalle sobre el escándalo de los papeles del Pentágono, de la guerra de Vietnam, Richard Nixon, los imperativos éticos que enfrentaron los funcionarios del Washington Post, para concluir, al final, sobre la necesidad de una prensa libre. Terminó contando que volvió a su casa a buscar más información sobre el tema, y se quedó en internet luego de tres horas de búsquedas.
Me contó todo esto con el placer de un joven que había aprendido algo completamente nuevo. 

Sin duda, una feliz vejez es en buena medida una cuestión de suerte, pero también debe ser en parte una cuestión de actitud de descubrimiento ante el mundo, tan variada, tan hermosa, tan nueva. Para ellos, cada día es un mundo nuevo por descubrir, y una enseñanza para todos.
 
(Imagen tomada de www.abc.es)