Por: Jean-Pierre Mandonnet.

Con relación a los hechos registrados este viernes en Cúcuta y Popayán contra Gustavo Petro y Álvaro Uribe, en los que por encima de todo quedan expuestos ambos extremos del país, cabe preguntarnos una vez más -parafraseando a Hannah Arendt- si aún concebimos la democracia como un sistema electoral o como un escenario de debate.


Aún recuerdo cómo después de la columna en la que Claudia Morales denunció su caso de violación -en el cual estaba vinculado el senador Uribe-, desde mi espacio en Facebook, y tratando de se serle fiel a mi responsabilidad social como comunicador, hice un llamado a evitar la tentación de sacar conclusiones, a confiar en la justicia, y centrarnos en entender las razones por las que Claudia tuvo que guardar silencio por casi dos décadas, en lugar de utilizar el hecho como una campaña política contra Uribe. Esto lo concebí como un ejercicio que nos diera la oportunidad de establecer un principio de humanidad y madurez para la sociedad, fuera de toda corriente ideológica.
Al parecer eso no ocurrió.
Viéndolo bien, si en realidad fuésemos un país democrático, un país serio, el atentado contra Gustavo debería haber servido para unir a los polos en lugar de enfrentarlos, ya que se trató de un ataque a la democracia misma. El problema es que ni siquiera hemos entendido bien el significado del debate, las reglas del juego y su rol como eje estructural de una democracia entendida como una ciencia, y ello da pie a que mucha gente se tire la soga al cuello.
No quiero pensar que estamos regresando a la época de la violencia bipartidista de las décadas del 40 y 50. Y no lo pienso porque los canales son los mismos pero la indignación tiene otro vestido. En aquel entonces -para no caer en el lugar común de que todo tiempo pasado fue mejor-, si bien también se justificaba el uso de la fuerza con el fin de imponer una visión de país a como diera lugar, la guerra se sustentaba en antecedentes y resentimientos reprimidos, que en el caso de los liberales fueron disfrazados de burocracia y clientelismo, mientras que los conservadores utilizaban al Clero y las Fuerzas del Orden para imponer su voz cuando el voto no llegaba: esta práctica era un reacción que acaso fungía como contrapeso a la República Liberal, en la que los rojos gobernaron durante dieciséis años.
Ambos resquebrajaron la democracia, dejaron en cuidados intensivos la salud de las instituciones del Estado, y al día de hoy, los mismos con las mismas, pero disfrazados en un multipartidismo inocuo e impopular -otro invento de la Constitución del 91- defienden, a través de dos extremos, unas 'visiones' de país que no responden en lo absoluto al bien común, sino que, por el contrario, están soportadas en la imposición de un territorio en el que sólo quepan unos, y los otros no.
Estos mismos son los que no han entendido que una democracia, además de ser el escenario más legítimo del debate público, se fundamenta en situar en el poder al representante de una mayoría que tiene la obligación de administrar un organigrama en el que también están incluidos quienes no lo quieren, y en el que por encima de todo subsiste un estado de derecho y una separación de poderes que no pueden situarse en lo absoluto por debajo de los intereses de cualquier funcionario.
El país está cambiando, y muchos se oponen, no por miedo, sino porque sus líderes tienen miedo.
Si los colombianos no tomamos conciencia de nuestra responsabilidad civil, si no asumimos que nuestro futuro se define en las urnas, si la ciudadanía no hace conciencia, de una vez por todas, del poder que tiene como administradora del Estado, si los políticos no son vistos como representantes de nuestros intereses como ciudadanos, nos vamos a seguir matando y, peor aún, celebrando o esperando que la muerte del oponente, regresando a los tiempos del oscurantismo conservador, en el que se quemaban libros y la misma Iglesia justificaba los asesinatos de los liberales y 'comunistas'.
Fue así como cayeron Rafael Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán, Carlos Pizarro y Bernardo Jaramillo (caras visibles del genocidio de la Unión Patriótica), Jaime Garzón, Alfredo Correa de Andréis y los casi 200 líderes sociales que han sido asesinados en el último año y medio.
Y son los mismos que guardan silencio y se resisten a creer que sus muertes sí fueron sistemáticas.
En Colombia todavía hay gente que justifica, por ejemplo, la barbarie de Pinochet para salvar a Chile del abismo y recuperar la economía. Al final, esos son los mismos que se quedan callados ante las muertes de quienes piensan distinto en este país
De alguna manera tenemos que redefinir el precio de la verdad, así como nuestra noción de democracia y justicia y lo que representan para nosotros. Sólo así vamos a empezar a cambiar. Pero pasa el tiempo, y nada.
El día que Colombia entienda de una vez por todas que el verdadero centro de gravedad del conflicto armado está en los vacíos de poder que ha dejado el Estado, y no en la incursión armada de las guerrillas, ese día vamos a empezar a tomar mejores decisiones.
Pero si en lugar de eso, seguimos negando nuestra responsabilidad civil y, por ende, dejando de asumir la histórica, nunca podremos sentar una base para la construcción de una memoria colectiva y empezar a generar consensos a través del debate, en lugar de seguir apostándole a un choque abstracto de posiciones encontradas que nunca lograrán ponerse de acuerdo.
Por eso seguimos sin constituir una verdadera república, por eso es que nuestros partidos políticos padecen de un 84% de impopularidad, y nuestro congreso de un 89%. La gente no cree en las instituciones, pero sí cree en los caudillos que se camuflan en ellas para sembrar terror y venderse como una solución que jamás podrán ofrecer, convencidos de que los electores no son el fin, sino la plataforma.
Mientras sigamos así, seguirán habiendo compatriotas que justifiquen una agresión, sea de la índole que sea, a un contendor político.
Lastimosamente, el problema no es nuevo. Un siglo nos queda corto, y no hemos sido capaces de cortar con esa herencia primitiva en la que se impone la ley del más fuerte, y en la que el vivo vive del bobo.

(Imagen tomada de http://www.noticiasdecostarica.net)