Me he encontrado con Gustavo Petro solo una vez en mi vida, y quedé muy impresionado con él, impresionado desfavorablemente. Fue en una reunión política donde era el orador principal. Es un gran orador, pero al oírlo tuve la sensación de escuchar a un vendedor de automóviles de segunda clase, es decir, alguien tan seguro de sí mismo cuando habla de las bondades de su producto que llega a intoxicarte con información, como un profeta dueño de la verdad. Eran palabras bonitas, invocaciones a la justicia social, llenas de cifras y citas tan correctas, que en mi interior sentí que todo era falso y hueco; incluso fue afable, y su afabilidad me pareció siniestra.


Tuve una impresión similar con Álvaro Uribe, a quien también he visto solo una vez, de cerca. Fue en el Teatro Amira De la Rosa, en una presentación cultural. Me impresionó su baja estatura, los ojos claros, y esa mirada que me pareció carente de humanidad. Había algo infausto en su conjunto. Podría seguir buscando metáforas, pero irían en la misma dirección y serian repetitivas en lugar de aditivas.
Acepto que mis impresiones de Gustavo Petro y Álvaro Uribe no son evidencia de algo, ni que el juicio de valor que he sacado de esos encuentros sea acertado. Acepto que me puedo equivocar y de forma grave. Quizá Gustavo es sincero en su deseo de hacer un mejor país, como puede ser que Uribe en verdad desea lo mejor para Colombia, y el prejuiciado y equivocado soy yo; al fin y al cabo, cinco minutos con alguien no pueden suficientes para emitir juicios tan lapidarios.
Seguramente, y con razón, me caerán encima por tener un juicio tan severo de estos personajes tan divisivos. Me recordarán que mi impresión sobre un momento tan fugaz no es una forma certera de medir las cosas, frente a lo que está en juego. Tienen toda la razón. Pero en buena medida, eso es lo que esta ocurriendo en el país.
Hace poco releía a Bertrand Russell, y llegué al punto donde el autor recuerda que la racionalidad no es enemiga de la pasión, el gozo o la sensibilidad, sino su aliada. Pero la realidad es que muchos sostenemos nuestras creencias en la proporción exacta de evidencia a su favor. Cuando algo sale en contra de lo que creemos, no aceptamos que nuestra creencia es un error, e inmediatamente buscamos contraargumentar para preservarla. Uno siempre se deleita pensando lo peor de aquellos a quienes tiende a despreciar.
Si, por ejemplo, sostenemos que para prosperar económicamente las sociedades deben ser políticamente libres (idea propia del liberalismo clásico), y alguien nos señala a una sociedad no libre que ha prosperado (China, por ejemplo), buscamos razones para decir que el ejemplo es inaplicable: la sociedad no es realmente libre, o su prosperidad es más aparente que real; o decimos que una excepción no refuta la regla general. Nos acomodaremos siempre, porque la hipótesis se interpone en el camino de algo nuevo.
Eso pasa con Gustavo Petro. Quienes lo defienden lo hace con pasión, con denodada furia, y consideran que los ataques son casi un complot o una conspiración de fuerzas oscuras dispuestas a todo, hasta asesinar, para impedir su llegada a la presidencia. Muchos de los ataques son injustos, auténticas difamaciones, y exaltaciones al miedo. Petro, en efecto, es el “coco” de la derecha, que nos hundirá en la “miseria venezolana”. Pero eso no debe ocultar el hecho de que hay serias críticas a su gestión como alcalde, al manejo que le dio a la ETB o al tema de las basuras, y ahora en campaña, a su táctica de presentarse como víctima de fuerzas oscuras dispuestas a cerrarle el paso. Racionalmente se puede aceptar que como alcalde hizo cosas buenas y otras no tanto. ¿Por qué entonces nos enfocamos solo en lo bueno o lo malo, según el lado donde miremos? ¿Cuándo vamos a mirar lo sensato, si tiene buenas ideas, o lo práctico de su programa político? De seguro no lo haremos. No le damos mas de cinco minutos para pensar con objetividad.
De Uribe no hay algo diferente para decir. Como Petro, ha sido objeto de ataques infames, al extremo que pareciera que en cada cosa mala que ocurre en el país él estuviera involucrado. Se cayó el edificio Space en Medellín, la constructora es de un amigo de Uribe. Se cayó el puente de Chirajara, el contrato se firmó durante la parte final de su gobierno. Admito, sin embargo, que muchas de sus conductas rayan en el delito, que nos debe muchas explicaciones y muchas de las acusaciones que le han hecho tienen un fondo de verdad, y que resulta casi imposible decir algo bueno de él. Igual que Petro, también se presenta como víctima de un complot de fuerzas oscuras interesadas en destruir su legado. Y como en el caso de Petro, es posible, si pensamos cinco minutos, que podamos admitir que hizo cosas buenas, como otras no tanto. Igual que Petro, tiene una corte de seguidores que están dispuestos a defenderlo hasta el final, por encima de la realidad, listos para votar por aquel que señale.
Pero volviendo a Russell, ¿dónde queda la racionalidad en todo esto? ¿Se volvió enemiga de la pasión, y de la sensibilidad? ¿Terminaremos votando pues, “emberracados” en contra del que creemos es el mayor peligro del país? No nos concentramos en lo bueno de las propuestas de los candidatos, e ignoramos los llamados a un discurso donde la convivencia, la negociación y los acuerdos para vivir al menos de manera civilizada son desechados. Estamos rabiosos. Nuestra rabia aparece en negarle al otro la oportunidad de debatir, como lo muestran los hechos ocurridos en Popayán y Cúcuta la semana pasada. A los candidatos hay que pedirles prudencia, bajar el tono agresivo del debate político, rechazar de forma tajante la violencia, venga de donde venga. A ellos hay que recordarles que son elegidos por la mayoría, pero nos representan a todos, sin color o bandera política. A nosotros, hay que pedirnos pensar con claridad, durante al menos cinco minutos.
De nuevo surge la pregunta: ¿se volvió enemiga la pasión de la racionalidad? No tengo una respuesta clara a esta inquietud, pero pareciera que los apóstoles del odio han triunfado; eso me parece una forma real de llevar el país a la confrontación, al abismo. A lo que de verdad le tememos todos, al final.
 
(Imagen tomada de www.lafm.com)