La BBC publicó la noticia en su portal el pasado 20 de febrero. Un tribunal de Tailandia había decidido otorgar la custodia de 13 bebés a un ciudadano japonés porque, según las pruebas de paternidad, eran sus hijos.


En efecto, Mitsutoki Shigeta, de 28 años, pagó a varias mujeres en Tailandia para alquilar sus vientres y tener sus hijos. La explicación inicial de su extraño comportamiento fue que tenía el deseo de tener una familia numerosa, aunque esto, si se entendía en serio, habría sugerido que es un ingenuo, y que la aritmética no es su fuerte; pero el juicio tuvo en cuenta el hecho de que se probó que era el padre biológico de los niños, y que estaba en condiciones de cuidarlos adecuadamente: aunque ausente en el juicio, el joven Shigeta demostró que es un hombre adinerado.
Las madres eran mujeres pobres del campo, y Shigeta les pagó alrededor de U$ 15,000 a cada una por el importante encargo. Esto fue subrogación en escala casi industrial, en el modelo de línea de producción. Al otorgar la paternidad exclusiva a Shigeta, el tribunal dio cuenta de que está en condiciones de educar a los niños, al menos desde el punto de vista económico, y de que “era el único padre que realmente había deseado a sus hijos”.
Imagino que la reacción inmediata de la mayoría de las personas a esta historia sería similar a la mía: una mezcla de extrañeza y furia, seguida de una sensación de disgusto, e incluso de asco. Pero fuera de esa sensación, no existe una razón racional para prohibirle a las personas comportarse de esa manera. De hecho, es más fácil construir el argumento opuesto.
Nueve mujeres firmaron acuerdos que les permitieron acumular una suma de dinero que tal vez no habrían acumulado jamás de otra forma. Quizás les permitiría iniciar su propio negocio. Y si se argumenta que fueron coaccionadas por las circunstancias para aceptar la propuesta de Shigeta, en realidad se está argumentando contra el libre albedrío; una feminista diría que les estaría negando a la mujer el hecho de disponer de su cuerpo como a bien tenga.
En cierto sentido, todos se ven obligados por sus circunstancias, ya que nadie vive, actúa o toma decisiones sin que alguna de ellas no sea de su elección; el grado de coerción difiere, sin duda, pero nunca se alegó que Shigeta les puso un arma en la cabeza a las mujeres. Él las tentó en vez de coaccionarlas, y probablemente (aunque no tengo evidencia de esto) las mujeres sucumbieron a la tentación con la aprobación de familiares y amigos. Al final, nadie sabe con qué sed bebe el otro; la situación, entonces, fue producto de la libre elección humana.
Si los trece niños traídos a este mundo en esta forma de prostitución de vientres (no sé si sea correcto afirmarlo así) serán felices o estarán emocionalmente bien cuidados, entra en el terreno de la especulación. Hasta donde sé, nadie se había comportado así en el pasado, por lo que no hay evidencia, ni siquiera probabilística, que ayudara en la decisión de los jueces. En cualquier caso, no insistimos en que los padres garanticen a sus hijos una vida feliz antes de otorgarles una licencia para reproducirse. Tal remedio sería mucho peor que la enfermedad de la mala crianza que se supone debe curar.
Además, es poco probable que muchas personas sigan el ejemplo de Shigeta. Él es claramente un hombre extraño, porque solo alguien muy extraño podría haber pensado (estaba a punto de decir concebido) tal modo de conducta. Parece probado que él no representa una amenaza para la sociedad tailandesa, japonesa o cualquiera otra. Con la baja tasa de natalidad de la sociedad nipona, una decisión como esta podría verse incluso como una bendición.
Tales son los argumentos a favor de permitir a las personas comportarse como Shigeta y las madres se comportaron; sin embargo, creo que muchas personas quedarían insatisfechos con ellos. Quizá por ello el gobierno de Tailandia terminó prohibiendo la maternidad subrogada en su territorio. El escándalo Shigeta produjo un efecto domino en Oriente, al descubrir que Shigeta había tenía 6 hijos más en Camboya y Laos, con el mismo método. Como resultado, estos países, junto con Malasia e Indonesia, han prohibido la maternidad subrogada para extranjeros. Parece lógico: la indignación por el “método Shigeta” era general. La sociedad, instintivamente, piensa que esta no es la forma en que las personas deberían comportarse, que de alguna manera se estaba convirtiendo a los seres humanos en objetos, simplemente para satisfacer caprichos absurdos e instrumentalizar la vida humana; y esto es así incluso si todo tuviera un final feliz para los involucrados: Shigeta, las madres y los niños, como parece que va a ocurrir.
Hay un conflicto entre la visión de la vida que se concibe como algo completamente ilimitado (excepto, tal vez, las sugeridas por una ética utilitarista, es decir, dejar de hacer algo porque me beneficia), y la visión de la vida que acepta limitaciones que no son ni de nuestra propia invención ni racionalmente discutibles, pero acordadas por el instinto y la tradición. Mi propia visión se encuentra en una equilibrio inestable entre las dos. Me resulta imposible ser completamente consecuente en este caso.
 
(Imagen tomada de www.eresmama.com)