Cuando un autor publica una novela inspirada en hechos reales, como ocurre con El Saxofón del Cautivo (1977), de Ramón Molinares Sarmiento, una tentación del lector es buscar información sobre el hecho que lo inspira. Eso plantea para el autor un primer inconveniente: el reto de sostener el interés en el relato durante todo su desarrollo, dado que el lector conoce su desenlace. Hay un segundo punto a resolver: sostener la verosimilitud del relato de manera que no se deformen los hechos, o lo contrario, ceñirse de tal manera a la realidad, que termine convertida en un Roman a Clef cuando lo que se buscaba era hacer un relato de ficción. En este caso, estamos ante un logrado relato de ficción.


De Ramón Molinares (Santo Tomás de Villanueva, Atlántico 1943) se pueden decir muchas cosas, algunas muy conocidas, como, por ejemplo, que es el autor del libro de cuentos Vergonzoso amor, las novelas Exiliados en Lille (1976), Un hombre destinado a mentir (1993), y la que es objeto del presente texto, El Saxofón del cautivo. También que fue durante muchos años profesor de literatura de la Universidad del Atlántico, un ávido jugador de ajedrez y un padre de familia que soporta con dignidad la trágica muerte de un hijo. Pero también hay otras menos conocidas: hizo radionovelas, actuó en una telenovela con Amparo Grisales, hizo teatro,  desde joven ha sido un gran declamador, tiene una memoria prodigiosa y hasta ha compuesto canciones de salsa que buscan un productor.
Recientemente Uniediciones, en la Colección Zenocrates, dirigida por el poeta Fernando Denis, lanzó una nueva edición de El Saxofón del cautivo, por lo que aproveché para “tapar un hueco en mi cultura”. Sí, un agujero: pese a conocer a Ramón por cerca de 25 años, solo había leído algunos cuentos aislados, como su celebrado Carne de varón tierno, y algunas columnas de El Heraldo. Fui testigo también del entusiasmo del crítico Carlos J. María con su novela Un hombre destinado a mentir, pero ni eso me movió a leerlo, pese a que conocía los acertados juicios de Carlos J. No hay razón válida para justificar esa indiferencia. A veces, para admirar la belleza a nuestro alrededor, alguien de afuera debe señalarnos y hacer que fijemos la vista.
Unas palabras antes de entrar al texto: la edición limpia, con letra grande, y una portada muy lograda, presenta errores en su diagramación y armado; hay una serie de observaciones del editor en varios capítulos que fueron impresas, y que el propio autor tachó con bolígrafo, lo cual desdice de la editorial encargada.
Comencé pues a leer el libro, conociendo el hecho en el cual se inspiraba: el secuestro, juicio popular y posterior asesinato del dirigente sindical cartagenero José Raquel Mercado, en 1976, por el M-19. Aquí caí en la tentación de averiguar un poco más sobre Mercado, y me encontré con uno de los crímenes sobre el cual ha caído un mayor velo de silencio, sobre el personaje, los asesinos y sus causas. Frustrado, acometí la lectura del libro: con prevención leí 10 paginas, y ya con algo de más interés, la siguientes 30, y luego, sin poder soltarlo, continúe hasta el final.  El universo que había imaginado no existía, y en su lugar había un relato que, desde una mirada de ternura, si se quiere ingenua, buscaba dilucidar las causas y consecuencias de un horrendo episodio. Con  una prosa que encanta (Ramón más de una vez ha señalado que el autor debe amar a sus personajes, hasta al más odioso), mediante múltiples voces se nos presenta a Vicente Esquivel, un bracero de Cartagena, negro, cuyo mayor placer es tocar el saxofón, "lo único que me quita la tristeza" (y no hay que ser muy leído para entender que esta es la primera de las múltiples contradicciones que plantea la historia), que a través de su trabajo como dirigente sindical y, mediante acuerdos con los empresarios, asciende socialmente, lo cual a los ojos de la guerrilla lo convierte en un traidor a su causa, por lo que es secuestrado, juzgado y ejecutado.
Esos son los hechos. Mientras nos los cuenta con una prosa austera y bella, el autor se describe las contradicciones que su juicio y asesinato plantean: para la guerrilla, Esquivel es un hombre surgido de las entrañas del pueblo, corrupto y que ha utilizado el poder para beneficio propio, traidor a su gente, y por ello, como escarmiento, debe morir luego de un “juicio popular” que justifica su asesinato. Sin embargo, Esquivel es a la vez un negro que ha triunfado, que le habla de tú a tú a los blancos con los que se sienta a negociar para beneficios de los suyos, por lo que es respetado por su gente, una gente que lo ama más cuando cada tanto llega de vuelta a su barrio con regalos para sus vecinos y ahijados.
En una entrevista Ramón acotó sobre la novela, a propósito de los límites entre los hechos reales y los imaginados:
“Es cierto que el M-19 enjuició a Mercado y lo condenó a muerte por traición a la clase obrera. En aquella década los dirigentes sindicales obraban en complicidad con los patrones, se enriquecían a la sombra de estos. El juicio y la condena pudieron ser justos pero la muerte del sindicalista produjo una conmoción que desbordó la ideología que lo promovió y las ideas socialistas que por aquellos días compartían más de la mitad de los colombianos. El juicio ocurrió, pero los detalles, los alegatos, son imaginarios”. 
Como señala Ramón, el relato es imaginario, pero no por eso verosímil. En él aparecen, aparte de Esquivel, aquellas personas que abandonaron una vida tranquila para tomar las armas y lograr la transformación del país, y las dudas que plantearon la lucha armada y la ejecución de Esquivel. Así, aparte de Fernando (un retrato nada velado y bastante amable del líder samario del M-19 Jaime Bateman Cayón), los personajes que aparecen son retratos más o menos arquetípicos de quienes conformaron los movimientos guerrilleros. Está Jorge, joven sensible e indiferente a la política, que toca a Chopin, quien por amor a Marcela entra a la guerrilla; esta Marcela, una joven idealista que expresa su repulsión por vivir en riqueza en medio de un universo lleno de pobre; el padre Jeremías, quien representa a muchos sacerdotes que denunciaron la indiferencia de la Iglesia frente a la injusticia y tomaron las armas; Miguel y Álvaro, los dirigentes guerrilleros de clase media, que al ver que la sociedad les cierra puerta se unen la revolució armada;  Rosendo, un líder guerrillero de origen campesino, casi analfabeta, que vive desde los 17 en la violencia y refleja el sadismo de la guerra, cruel, arbitrario en sus juicios, carece de sutileza moral y es el único que no tiene dudas sobre la condena a muerte de Esquivel. Todos los personajes son, pues, retratos de personas que en algún momento existieron, como los imagina el autor. De ahí que algunos de ellos sean algo esquemáticos, mientras otros muestran una gran complejidad psicológica.
La pregunta que se plantea el autor, y que deja en el aire es: ¿A qué y a quién había traicionado Esquivel?  ¿A los suyos, los negros cartageneros que lo admiraban? ¿A su compañeros de lucha, por haberse corrompido, por haber abandonado las ideas revolucionarias y ser "cooptado", e incluso haber abandonado los hábitos de su clase? (Pese a los esfuerzos de su esposa, que no entiende de gustos, Esquivel comienza a frecuentar los lugares de la clase alta, las comidas y sus placeres).  
La novela se extiende en desglosar las dudas, inquietudes y consecuencias planteadas en el llamado juicio a Esquivel, y las contradicciones morales y políticas que cada uno de los líderes guerrilleros tiene. Una de las conversaciones  más memorables es aquella que tienen en Fernando, Miguel y Álvaro en casa de una familia de alemanes que apoyan su causa: en medio de un almuerzo suculento, rociado con vino y bebidas, y un postre de fresas con crema que consumen hasta dejar limpios los platos, los guerrilleros evalúan los pro y los contra de ejecutar la sentencia a Esquivel; en la medida en que la conversación avanza, un escalofrío me recorría la espalda. En perspectiva, 40 años después del asesinato, había algo tan cruel, tan banal en todo el discurso, que helaba la sangre. No digo que no se diera, y que en su momento quienes participaron pensaban que hacían lo justo. ¿Justo? Quizás, en sus razonamientos y sus tiempos. Pero al final, me quedo con la frase de Castelio: “Matar a un hombre no será nunca defender una doctrina, será siempre matar a un hombre”
Hay mucho más que decir de un libro muy bien escrito, aunque para mi gusto con algunos capítulos demasiado largos y algo divagantes, pero no me queda más que añadir que es una de las mejores novelas que se han escrito en los últimos 40 años en Colombia.