Ha sido noticia en los últimos meses el cierre definitivo o temporal (que en ocasiones es para siempre) de varios recintos culturales en Barranquilla. El Parque Cultural del Caribe suspende por falta de dinero la continuación de las obras de la sede del Museo de Arte Moderno; asimismo, el Museo del Caribe cierra sus puertas, agobiado por una crisis económica que ha paralizado su funcionamiento. A lo anterior le podemos añadir el Teatro Municipal Amira De la Rosa, cerrado desde hace más de un año, requerido de mantenimiento y enredado en controversias sobre la naturaleza jurídica de su administración.  Qué decir de la caída del techo, hace unos días, de los salones de Bellas Artes de la Universidad del Atlántico, la cual se ha visto forzada a cerrar el recinto dejando a los alumnos sin aulas; si a eso le sumamos el cierre del Museo Romántico, el languidecer del auditorio de Comfamiliar, y el archivado proyecto de convertir en un centro cultural la antigua residencia de Meira Delmar, podría pensarse que la cultura en Barranquilla vive horas bajas. Los gestores culturales podrían decir que siempre han sido horas bajas, por el desinterés de los responsables.


La pregunta que surge a continuación es: ¿quiénes son los responsables? Algunos, como Catalina Ruiz-Navarro señalan a las tres últimas administraciones locales, que han preferido desarrollar una cultura de cemento, locales comerciales y carnaval, en lugar de apoyar de manera eficaz las diferentes actividades culturales que se desarrollan en la ciudad.  Algo hay de eso, pero creo que su análisis se queda en la superficie.
En el prólogo de la reedición de Voces, Ramón Illán Bacca cuenta las dificultades de hacer vida cultural de la Barranquilla de 1917, una ciudad que, según la injuria de Vargas Vila, “Progresa, pero no se civiliza”. De allí que señale Ramon que la escritura es hecha por diferentes personalidades del ámbito comercial como Abraham Zacarias Lopez-Penha o Julio Enrique Blanco, periodistas y políticos como Julio H Palacio o Eparquio Gonzalez, para quienes, en mucho, la cultura es un añadido de sus méritos sociales. Ser artista es sinónimo de bohemia, de vida disipada y de conductas licenciosas, ideas rechazadas en una ciudad que “da su voz y su músculo al progreso”. De allí que un cuento de esos años, se narre la historia de un joven sensible al arte, enamorado de una muchacha, que, para horror de la sociedad escribe versos, y forma parte de la tropa modernista en boga. El joven, al final, por su amada, renuncia a la poesía, y acepta un trabajo honorable. El cuento fue muy celebrado en su época.  O como Julio Enrique Blanco, colaborador de Voces, que en varias ocasiones se vio obligado a negar la autoría de sus textos, alegando un desafortunado caso de homonimia, por temor a ver afectadas sus relaciones de negocios. Ramón, agudo como pocos, señala que la cultura es, para la élite barranquillera, un accesorio. El verdadero valor de la persona, no está en su arte sino en el lugar que ocupa en la sociedad mercantil.
Gran parte de esa actitud no ha cambiado. La cultura y la educación no fueron parte fundamental del desarrollo de la ciudad, enfrascada en discusiones sobre el modelo económico, Bocas de Ceniza, o la exportación o importación de diferentes productos. De allí que en los llamados años dorados de Barranquilla, la clase dirigente no mostrara interés en desarrollar una universidad sino hasta 1941, tener un teatro después de demolido el Emiliano, o cultivar las Bellas artes, que se dejaban para señoritas recatadas que leían las revistas de modas o hijos calaveras hundidos en el alcohol y las drogas.
Eso no quiere decir que en Barranquilla no hubiera vida cultural. La hubo, la hay, variada y saludable. Pero no gracias al “gran” apoyo de sus dirigentes sino, más bien, a pesar de ellos. El apoyo de parte de la clase en el poder ha sido, por así decirlo, de “indiferencia con trabas”. Indiferencia, en el sentido que dejan hacer las cosas; trabas, en el sentido que, si la propuesta no es apuesta segura, rentable en términos económicos y de “retorno de la inversión”, muy probablemente no prospera o muere por asfixia.  Eso se refleja hoy en la indolencia con que se trata la crisis de los escenarios. Cada parte se lava las manos alegando que es responsabilidad de otros: el Teatro Amira es asunto de la Sociedad de Mejoras Públicas o el Banco de la República; el Parque Cultural del Caribe, y por ende el Museo del Caribe, son entes privados, al igual que el Museo Romántico, e incluso Bellas Artes. Que cada uno resuelva como pueda. Al final, un tema económico subyace. Nadie, fuera de los interesados (esa es otra pregunta, ¿cuáles son los interesados?), alegando incisos, normas, códigos o letra menuda, actúa.  No es un fenómeno nuevo. En la administración de Bernardo Hoyos Montoya, el Teatro Amira fue cerrado por falta de luz, porque al ser privatizada la electrificadora, desaparecía el acuerdo del Concejo que lo eximía de pagar por la electricidad. La respuesta de Bernardo y su secretario de cultura, Roy Perez, fue dejar languidecer el recinto, alegando ausencia de recursos y su supuesto carácter “elitista”. Solo una decisión personal del entonces director del Banco de la República, Miguel Urrutia, de asumir el valor de la factura de energía, permitió su reapertura. Al final, eso puede verse como símbolo de la vida cultural de Barranquilla: solo la terquedad de unos cuantos permite el desarrollo de un factor determinante en una ciudad que se precia de importante. ¿La alcaldía, la gobernación, los gremios? Bien, gracias, ocupadas en cosas “más urgentes”. Los barranquilleros nos llenamos la boca hablando de los éxitos de nuestros artistas, tomando como nuestros éxitos que les pertenecen solo a ellos, y no a la ciudad donde nacieron.  Voces, por ejemplo, desapareció en 1920 por falta de apoyo y asfixia económica; hoy nos enorgullecemos de ella como una revista referencial en la literatura colombiana.
Hay diferencias, por supuesto, entre lo que ocurrió en 1920 y lo que ocurre en estos días. Hoy la cultura se refugia en las universidades y en entidades como la Cueva, Luneta 50,  la Biblioteca Piloto o las Cajas de Compensación, las cuales brindan un oferta cultural rica y variada, pero insuficiente para una ciudad que sueña con ser capital del Caribe y no deja de ser un villorrio cuya mayor expresión cultural son sus fiestas patronales.
La crisis, pues, no es un asunto de nombres puntuales. Es la carencia de una auténtica política cultural que entienda que esta es una manifestación del ser, y no un divertimento de señoritos; que no es un negocio del cual esperar rendimientos económicos, sino de valores fundamentales de nuestra sociedad. Es, ante todo, un asunto mental de la ciudad y sus dirigentes, muchos de ellos aun dominados por visiones chatas y mercantiles. Entender el arte como una valiosa manifestación del ser, más allá de su posible valor económico. Claro, y aquí si es válida la acotación, más allá del carnaval. Como bien decía el Profesor Assa: “No habrá desarrollo sin educación, ni progreso sin cultura”. Ambos, progreso y cultura van de la mano, algo que muchos de nuestros dirigentes parecen aun ignorar.

(Imagen tomada de www.lagrannoticia.com)