La ignorancia y estrechez mental se curan de dos formas: leyendo o viajando, me dijo alguna vez alguien cuyas opiniones respetaba. No he cuestionado esa idea, porque aprender a través de viajes y lecturas me resulta demasiado seductor.


Hoy creemos vivir en un mundo cada vez más trasnacional, donde se descalifica el nacionalismo, y su corolario práctico, el estado-nación. Si hemos de creer a los periódicos los peligros son muchos: dominación, xenofobia, opresión, fanatismo, irredentismo, y cosas peores como masacres o deportaciones de las minorías en sus fronteras. La supuesta solución a estos peligros, no tanto imaginarios como exagerados, son una serie de organizaciones supranacionales dirigidas por oscuros burócratas que, a la manera de los reyes filósofos, nos alejen de todas las viles pasiones que nos dominan.
Yo personalmente no creo que esas viles pasiones se eliminen fácilmente, y pensando de manera cínica, creo que esas encuentran nuevas formas de aparición: ahí esta el escandalo con los dineros de la ONG británica OXFAM, los sobornos de ODEBRECHT, e incluso las protestas de los países árabes por las caricaturas de Mahoma en un periódico danés. El abuso de confianza, la corrupción, o el fanatismo religioso que esperábamos se curara viajando, parece que no es tan así.
La campaña del #metoo produjo una avalancha de denuncias que llevaron a la ruina la carrera de hombres poderosos. Viejas denuncias surgieron, afectando a artistas por hechos ocurridos 20 o 30 años atrás (pienso en Woody Allen o Kevin Spacey, con sus acusaciones de abuso sexual o pedofilia). El feminismo reclamó su derecho con #niunamas, y la estridencia transnacional continuo un tiempo. Como un domino, los países se unieron a las campañas, y la vida de muchas personas resultó afectada. Culpables o no ante la ley, eran culpables en las redes, y merecían el castigo social.
Recientemente, en Irlanda del Norte, la absolución de dos jugadores de rugby, desató manifestaciones de grupos feministas que protestaron el veredicto. Dos jugadores de rugby fueron acusados de abuso y violación en una fiesta en Belfast en el 2016. Frente a las pruebas presentadas, el jurado de 8 hombres y 3 mujeres, llegó a la conclusión unánime de que la fiscalía no había demostrado mas allá de la duda razonable la acusación, por lo que procedieron a declarar la inocencia de los acusados. Como resultado hubo protestas en ambos lados de la frontera, ya que el fallo, según los críticos, desconocia “los derechos de las afectadas” y “era una muestra del sexismo y el machismo de la justicia británica”. En un mensaje publicado en los periódicos, miembros del público pidieron que los jugadores no representaran a Irlanda del Norte en la selección de rugby, “ya que su comportamiento personal y en las redes era reprobable”.  No sé por qué todo esto me recuerda el caso Colmenares, cambiando sexismo por lucha de clases, influencias o abuso de confianza.
Inocentes según la Justicia, (o más exactamente, no culpables). Culpables según las redes, quienes nuevamente descalifican el equilibrio de los jueces (nuevamente, pienso en el caso Colmenares).
Ahora bien, es perfectamente cierto que los tribunales a veces se equivocan y declaran culpables a los inocentes o no logran condenar a los culpables. Hay una larga historia de autores que honradamente se presentan para defender a los injustamente condenados: Zola en el caso de Dreyfus, o Arthur Conan Doyle en los casos de Oscar Slater y George Edalji, este último contado en la novela Arthur y George de Julian Barnes. Lo que fue particularmente impresionante sobre Conan Doyle es que seleccionó correctamente dos casos de convicción errónea de dos personas impopulares y se mantuvo fiel al combate durante años, sin ninguna ventaja obvia para él. Al igual que Sherlock Holmes, él creía en el valor de la justicia sin ningún sentimentalismo sobre el potencial de maldad del corazón humano.
De allí que perseguir a los absueltos que han tenido un juicio adecuado, sugiere una sed de venganza, odio o resentimiento. Con la campaña del #metoo las carreras de muchos acusados fueron arruinadas solo por la afirmación de alguien que no fue probada, pero creída por la mayoría, o como en el caso de Woody Allen, reabiertas, pese a que investigaciones independientes señalaron su responsabilidad como “no probada”. Sin embargo, algunas sentencias judiciales parecen no importar, como en el caso de los jugadores de Rugby, en el cual, según al gente los absueltos son culpables de todos modos.
Al abogado de Rafael Uribe Noguera le preguntaron cómo podía defender a alguien acusado de un delito tan atroz. Respondió que todo acusado tiene derecho a su defensa, la mejor que pueda contra la acusación. Tamaña obviedad, que es base de nuestro sistema jurídico, fue objeto de ataques por buscar -supuestamente- la libertad de un asesino. Sin ese derecho, nuestros tribunales no serían sino cámaras de linchamiento. Antes de las redes sociales, esto hubiera sido aceptado sin discutir. Hoy parece que ya no es así. Con el arresto de Jesus Santrich, oí a dos personas sensatas diciendo: “Ojalá lo extraditen”, e incluso sugiriendo su asesinato. Nadie recordó que la acusación debe ser probada sin lugar a duda, o sea, que es inocente hasta que se demuestre lo contrario.
Desafortunadamente, demasiadas personas se han convertido en intelectuales de red en el sentido de que debajo de cada fenómeno ven, o creen ver, algo muy siniestro. Realmente no creen en la posibilidad de la justicia, es decir, la dama con los ojos vendados con una espada en una mano y una balanza en la otra. Todo lo que sucede en el mundo humano es para ellos una expresión del poder. Si se declara culpable a un ladrón, no es más que la expresión de las relaciones de poder en una sociedad que protege los derechos de propiedad, pero permite que florezcan la desigualdad y la falta de vivienda. Desde este punto de vista, el poder es lo único que vale la pena tener y, de hecho, es lo único que alguien busca verdadera y genuinamente.
Cada vez más, por lo tanto (o al menos eso me parece), vivimos en un entorno social en el cual nos acusamos unos a otros de cosas contra las cuales no hay defensa; todos somos culpables si somos acusados.
La sociedad de hoy es propicia a los linchamientos. Tal vez no los hace físicamente, pero condena a la muerte social a quien, por desgracia, tenga el infortunio de caer en manos de la multitud enardecida.  El propósito de la Ley (un logro que no debe darse por sentado) es evitarlos, y ofrecer un juicio equilibrado y justo donde todos sean escuchados. Puede ser poco, pero es todo lo que tenemos.

(Imagen tomada de : www.noticiasfides.com)