Quizá Carlos Polo Tovar (Barranquilla, 1973) se define a sí mismo con el título de un blog que tiene: Un perdedor con suerte. En un conmovedor texto que publico en su cuenta de Facebook, le rindió un homenaje de amor a Cristina, la mujer que lo acompaña y que al menos quita el polvo de las ventanas mientras se queda con él, un perdedor en la vida.


Puede que Carlos se sienta así, pero en esa senda de perdedor, ha sido periodista, contador de historias,  permanente animador de la vida cultural de Barranquilla, rockero, ganador de concursos de crónica, ha publicado un libro de poemas (Polifonía de colores-2004), uno de cuentos (Testamento de la barriada), una novela titulada -obvio- La suerte del perdedor (2009), y ahora publica el volumen titulado Las malas noticias siempre llegan primero (2018-Collage Editores).
La portada, que muestra a dos niños jugando fútbol en un campo polvoriento, remite a uno de los temas centrales del texto: la infancia como el lugar donde pervive la inocencia, antes que la vida, se encarga de llenarnos de decepciones y amarguras. Y una infancia que transcurre en un espacio físico especifico: las polvorientas calles de un barrio popular, con sus tiendas, sus vecinas chismosas, su música a alto volumen y las esquinas con sus malandros. Sin embargo, no estamos ante un libro de aventuras de infancia, pese a que muchas de las historias podrían verse como travesuras de barrio; hay algo más, mucho más.
Para una generación nacida alrededor de los años 70 del siglo pasado, parece existir un deseo intenso de dejar un testimonio de los tiempos anteriores a la irrupción del internet y el cambio que produjo en nuestras vidas. Pienso en títulos como El último donjuán, de Andrés Mauricio Muñoz, donde se nos recuerda que existían salas de chats comunitarias, o que alguna vez hubo algo llamado MSN Messenger.
En esta obra, Polo nos devuelve a la infancia de aquellos niños que crecieron en un universo donde solo había dos canales de televisión nacionales, y el tv cable era un lujo para personas adineradas, que apenas comenzaba a vislumbrarse, sin saber los cambios que traería; un tiempo y lugar donde los niños pasaban las tardes en juegos callejeros como el fútbol, las carreras de triciclo, la chequita, el orto, la lleva,  en calles, colegios y casas de un barrio popular como muchos de Latinoamérica. Un universo de gente trabajadora, de familias rotas, padres ausentes, madres cabeza de familia, informalidad y negocios no tan legítimos, donde en medio de todo pervive la solidaridad, la familia y la amistad. Como el autor reconoce, en muchas ocasiones se sintió como Tom Sawyer o Huckleberry Finn. Puede ser, pero su Mark Twain está mezclado con Henry James y su Otra vuelta de tuerca, Julio Cortázar, la película Sexto sentido y la tradición cristiana de la culpa y el castigo.
Es un texto que navega entre 12 cuentos o una novela. En la medida en que se leen los diferentes textos, se observa cómo el autor desarrolla una serie de enlaces con los relatos anteriores, de tal forma que comienzas a sospechar que lo que es una colección de relatos sobre la infancia, no lo es tanto, y que hay algo más:  la fantasía de un loco, un sueño que deviene en pesadilla, o una broma pesada del autor. Percepción que crece en la medida que algunos cuentos parecen resultar de los terrores o la desbordada imaginación de un niño que, pese a vivir rodeado de amigos, se siente solo. Aunque el protagonista tiene una madre, hermanos y amigos, parece que solo se entiende con su amigo Armando.
Si en las obras anteriores del autor, la música, la televisión y el cine son parte fundamental del relato, en este no lo son tanto. Hay, sin embargo, elementos que recuerdan la época con alusiones a la publicidad: “Lacasitarojadelavivienda”; series de televisión: Centella el justiciero, Tierra de gigantes; juegos de consoloa: ATARI, Mario Bros; música: “quítate tu pa ponerme yo”; esos elementos contribuyen a dar ambiente y hacer mas vívido el relato.  Todo ello contado de forma fluida, en medio de una atmósfera cada vez más opresiva: aguaceros torrenciales, oscuridad, calores asfixiantes, lluvias de pescado, brisas fuertes que parecen anunciar el apocalipsis, como uno de los personajes nos lo recuerda. Y ese apocalipsis surge en los dos cuentos finales, donde se nos revela el secreto encerrado en la historia:  estamos ante un descenso a los infiernos, en la mejor tradición de la Divina Comedia, magníficamente escrito.
Después de poco menos de 100 paginas quedas con la sensación de que aún lo recuperado, lo bello y hermoso, tiene su veneno, el cual tarde o temprano nos bebemos. Quizá, como nos dice Carlos,  los que quedamos somos unos perdedores con suerte.