El ingeniero de Sistemas, Jorge Londoño de la Cuesta, luego de 27 años en Invamer Gallup, una reconocida encuestadora, fue nombrado gerente de las Empresas Públicas de Medellín, EPM, por el alcalde de la ciudad, Federico Gutiérrez. Inició labores en la empresa pública el primero de enero de 2016 sin ninguna otra experiencia laboral más que la adquirida como encuestador e investigador de mercados.


¿Cómo llegó ahí, a gerenciar la “joya más preciada de la corona”, la que da más utilidades y tiene a cargo megaobras como Hidroituango, sin saber un carajo sobre esos temas? Intuyo, como intuyen muchos, que las encuestas sobre intención de voto previas a las elecciones tuvieron todo que ver con esa voltereta laboral. Esas encuestas que logran, de la noche a la mañana, que un candidato pase de 5% de intención de voto, a 40% dos meses más tarde. Esas encuestas que aunque nunca atinen, siempre manipulan al electorado.

Detrás de ese nombramiento altamente cuestionable, teniendo en cuenta su nula experiencia en el área de servicios públicos, está el político que ganó así, gracias al empujoncito de una encuesta.Dos años y pico después de su rumorado nombramiento, EPM, bajo la dirección de Londoño, tomó la decisión fatal de taponar con cemento dos de los túneles de desviación que cumplían la función de mantener la presa seca para poder trabajar en la obra redirigiendo las aguas del Cauca, y dejó habilitado uno solo, es decir, el flujo de agua que antes era evacuado río abajo por varias rutas con sus respectivas licencias ambientales, se concentró hace cuatro meses en una sola vía de escape. ¿Qué sucedió? El caudal del Cauca aumentó por la temporada de lluvias (un tema previsible), el túnel colapsó luego de varios derrumbes, y el agua, sin tener por dónde salir, se empezó a represar en un embalse a medio terminar aumentando con ello la presión sobre la presa aún en obra.

Tocó entonces abrir la casa de máquinas antes de tiempo para “proteger” la presa, con las pérdidas billonarias en equipos que ello conlleva, y así destapar la olla de presión en la que se convirtió el proyecto por cuenta de esa mala decisión. No fue un desastre natural. Los túneles sellados antes de tiempo estaban funcionando perfectamente y fueron clausurados de manera definitiva para acelerar la entrega de la obra, para evitar multas por retrasos; fue un error humano, una negligencia cometida a pocos meses de coronar. Esa tesis a la que llegué sin ser ingeniera ni pretender convertirme de la noche a la mañana en Ituangóloga, la apoya Daniel Quintero Calle, ex Viceministro de Economía Digital, quien ha librado una dura batalla en medios y redes sociales alertando sobre lo ocurrido, exigiendo respuestas y esquivando ataques por cuenta de quienes no les conviene que la verdad salga a la luz.

A pesar de la política del “tape tape” según la cual no es buen momento para exigir explicaciones o buscar responsables, la opinión pública ya tiene claro que a esos túneles de desviación se les ha debido poner compuertas o ser sellados una vez la obra se terminase (en ninguna circunstancia antes). Pero saberlo ahora, cuando los hogares de 200 mil personas están en peligro de ser arrasados por una tragedia ambiental comparable solamente con Chernobyl, según varios expertos dentro de los que se cuentan profesionales reconocidos de la Sociedad Colombiana de Ingenieros, no arregla nada. Lo más preocupante ya lo sabemos también aunque de eso se hable poco: existe un peligro latente de desplome de la presa con su consecuente avalancha, porque el agua se está filtrando por la base de la misma; es decir, por abajo, y en cualquier momento, de continuar acumulándose la presión, los taponamientos y los sedimentos, puede colapsar. Un Armero. Toda una catástrofe creada por el hombre, no por la naturaleza.

Los directivos, que hasta hace pocos días fue que vinieron a reconocer la gravedad del impase, pusieron todo el suceso y su posible fatal desenlace en las manos de Dios, admitiendo con ello que EPM perdió el control total sobre Hidroituango. El objetivo es claro: convencernos de que todo fue causado por la fuerza de la madre tierra y no por malas decisiones tomadas por EPM y su experimentadísimo gerente. Así estamos, rezando. En vilo y con las manos juntas elevándole plegarias al de arriba porque los de abajo optaron por meterle el pie del acelerador a la obra, exponiendo así la vida de miles de personas y el equilibrio ecológico de miles de hectáreas.


¿Entenderemos con esto por qué sí es importante la meritocracia, por qué la experiencia, cuando de gerenciar se trata, vale oro y no se improvisa? ¿Cuánto nos costará en dinero, pero sobre todo en vidas, que un político haya decidido agradecerle a un colaborador nombrándolo en un cargo para el cual no estaba preparado? ¿Semejante cargo no merecía a un profesional capacitado? ¿Es justo con el país, con el departamento de Antioquia, con Medellín, poner a la cabeza de un proyecto de semejante envergadura a un personaje a quien le toca tomar decisiones cruzando los dedos pues no tiene de otra que creer, y esta vez sí ciegamente, en lo que le indique su staff de expertos ya que él no lo es?" 

En este momento, cuando los empleados de EPM se ponen de pie para aplaudir al unísono a su gerente cerrando filas para defenderlo, parece de mal gusto formularnos estas inquietudes. Quien ose hacerlo será tildado de antipatriota, de golero rondando al moribundo que ya huele a muerto, de inhumano, de oportunista. Por eso cerraré con un contundente tuit al mejor estilo de jalón de orejas de María Jimena Duzán: “Ahora resulta que hablar sobre las posibles causas del colapso de Hidroituango es una acto de “utilización política de una tragedia”…¡En cualquier otro país democrático este sería el debate!”

Y tiene razón, en cualquier otro país…