Cuando inauguraron el Ferrocarril de Santa Marta, el mar se arrimó. O por lo menos la idea de al fin conocerlo. Emprendió el viaje junto a su hermano, apenas un poco mayor que él, desde el interior hacia la costa, sin saber que años más tarde, siendo aún un ‘pelao’, recitaría con infinita nostalgia a León de Greiff como si ese viaje jamás se hubiese concretado: “Mis ojos, vigías horadantes, fantásticas luciérnagas; mis ojos avizores entre la noche; dueños de la estrellada comba; de los astrales mundos; mis ojos errabundos, familiares del hórrido vértigo del abismo; mis ojos acerados; mis ojos vagabundos, no han visto el mar...”. Partieron de las breñas de Caldas, treparon  la cordillera, y al bajarla, antes de llegar a La Dorada, nuestro personaje escuchó la frase que se convirtió con los años en el recuerdo más memorable de su infancia: “Hermanito, métase la plata en las medias”. Eran menores de edad, pero ya sabían ambos -dada la dura historia familiar que los había obligado, en la época de La Violencia, a huir de Manzanares, un pueblito mayoritariamente conservador del departamento de Caldas- que en Colombia ni los niños están a salvo. Tenía entonces siete años.


El de las medias es Humberto de la Calle Lombana. Aunque a sus 71 años ya sabe de sobra que un par de calcetines no lo pueden proteger de los violentos, nunca dejó de recitar poemas ni de creer en el talismán que para él es el mar. Caldense, abogado, juez, registrador, profesor, secretario general de Gobernación, embajador, magistrado, ministro, columnista, escritor, poeta, vicepresidente, vocero en la Asamblea Constituyente, padre de la Constitución del 91, jefe del equipo negociador con las Farc, político, esposo, abuelo. Y, cómo no, liberal. Distintos gobiernos le han encargado las tareas más difíciles y ha sabido llevarlas a buen puerto. Tal vez por eso, porque ha sido capaz de desatar nudos apretadísimos, porque ha destrabado toda clase de negociaciones enrevesadas, porque ha resuelto las ecuaciones con las variables más difíciles de despejar, el pueblo no solo reconoce sus méritos y se los agradece, sino que también lo premia con el índice de desfavorabilidad más bajo entre todos los políticos colombianos.

En Manizales, ese punto del mapa que más parece un convento que una ciudad, surge el primer misterio, la primera gran incógnita alrededor del talante de este personaje. Al ser entrevistado podría mentir, decir, por ejemplo, que su liberalismo le viene de cuna, de sus padres liberales, pero no lo hace. Admite con total sinceridad que ser liberal en su casa era un concepto asumido desde una visión católica, confesional y ortodoxa, muy rigurosa. ¿De dónde surgió entonces su esencia si creció y se formó con las restricciones y privaciones propias de un monasterio en donde tenía hasta lista de libros prohibidos?

Para Humberto de la Calle fue difícil crecer en un ambiente castrador diseñado para sumisos, para obedientes, para seres humanos que no preguntan de más, que no cuestionan ni controvierten el status quo. No solo la vio negra en su casa, también en su colegio. El mismo colegio de curas que hace pocos días le impidió cerrar su campaña en sus instalaciones, aduciendo diferencias ideológicas. Y es que Humberto no es solo un liberal de los de verdad, encima se arriesga a admitir que es ateo en el país rezandero y godísimo del Sagrado Corazón. Un septuagenario que usa jean, que toma pola a cualquier hora del día sin esconderse, que incluye en su vocabulario la palabra “vaina” hasta en debates televisados, que mantiene la compostura propia de un caballero hasta cuando está emputado, y que tutea y se deja tutear (así se salgan de la ropa los tuteados).

 -Siempre fui rebelde. Casi me expulsan del colegio porque escribí un artículo, cuando era director del periódico, que se consideró irreverente en su momento. Era una situación de opresión intelectual la que viví en esas aulas, pero a lo mejor eso fue lo me sirvió para alimentar la rebeldía, porque si uno no es rebelde cuando joven, ¿entonces cuándo lo va a ser? La represión generó esa reacción. Soy producto de la represión. Acentué con el estudio, con la reflexión con mis compañeros en la universidad, una ideología transformadora, progresista, pero el hecho más importante para destacar fue el momento en el cual el movimiento estudiantil empezó a irse hacia la guerrilla. Ahí nos dividimos: unos compañeros se fueron al monte como guerrilleros, mientras otros nos quedamos luchando por un mundo más equitativo desde el liberalismo. Ese fue el punto de quiebre definitivo, cuando tuve que elegir en qué orilla ubicarme. Las armas jamás fueron una opción para mí.

Gracias al trabajo de Humberto de la Calle, Colombia le dijo adiós a la Constitución del 86, los colombianos de a pie tienen a la mano la tutela para impedir que sean violados sus derechos fundamentales y nos estamos ahorrando más de tres mil muertos anuales. Las cifras son claras. Ni un solo muerto por enfrentamientos con las Farc. Ni uno solo en dos años. Y ahí es donde surge otra duda:

-Si la mayoría te reconoce esos triunfos, ¿por qué crees que vas de último en las encuestas?

- Siento, cuando hago caminatas, cuando salgo a la calle, que la gente me quiere y me respeta profundamente. Lo que no he logrado es que me oigan lo suficiente como para entender que me colgaron muchas mentiras, que yo iba a entregar el país a la guerrilla, por ejemplo, que íbamos a destruir la familia. Es que los ataques calumniadores han sido horrendos y calaron hondo. No hemos sido capaces de pasar del respeto profundo que siente por mí el país, a que se decidan a confiarme su voto. Ahí está la ruptura. En todo caso nadie debería decidir su voto guiado por esas cifras.  

-¿Tus opositores extrañan la guerra o son amantes de la venganza?

-Los que quieren hacer trizas la paz tienen una miopía selectiva impresionante. Hablan de impunidad sobre los crímenes de las FARC, pero callan cuando se trata de crímenes del otro lado.  Crímenes de Estado que son igual de malos, igual de reprochables. Lo de los falsos positivos es una aberración. Este joven de Soacha que termina en Norte de Santander, un niño con dificultades mentales asesinado extrajudicialmente y disfrazado de guerrillero, es algo que no tiene explicación. Es una abominación. Pero de eso no quieren hablar, solo de los crímenes de la guerrilla. De lo que se trata es de poner fin al conflicto, de pasar todas esas páginas, de dejar atrás la sed de venganza, de reconocer que todos cometimos errores. ¿Cómo lo hacemos?  Con reparación y verdad por parte de todos los actores.

-¿Es posible darle esperanza a un país en donde reina la corriente de los falsos positivos?

-Lo de “seguro no estaban recogiendo café” no es solamente ofensivo, es macabro. Tenemos que hacer un gran ejercicio de formación de opinión, sin polarización ni insulto, pero sí con reflexión porque ese es un tipo de visión sobre Colombia que no podemos dejar que siga prosperando, que es la que se deriva de “aquí no pasó nada, aquí no había conflicto”. Claro que las Farc cometieron crímenes terribles, eso no está en discusión, pero insisto en que esa miopía selectiva no nos va a permitir superar esto porque nos urge entender que hay responsables de ambos lados y que esos responsables deben reparar y contar la verdad.

-¿Cómo lograste sacar una Constitución y acabar una guerra de medio siglo siendo un pesimista declarado?

-Mi pesimismo es un pesimismo constructivo, no es uno que impida la acción ni el progreso. Creo que el pesimismo es un antídoto para dos cosas: impide que las decepciones te arrasen, porque el pesimista siempre está preparado para la decepción, y en segundo lugar, el pesimismo ayuda a otro subproducto, que es el escepticismo que te impide equivocarte. En La Habana, hablando con las Farc, el escepticismo me permitió no formarme ilusiones falsas, caer en errores o cometer ingenuidades. Esa es mi estrategia, la de un pesimista escéptico.

-¿En este país hasta los liberales son godos?

-Lo que hay en Colombia es una gran mezcolanza. Una barrera borrosa entre unos y otros.

¿Estarán las mejores opciones posibles de la baraja haciendo agua por esa mescolanza que menciona De la Calle? ¿Quién es quién en nuestro espectro político? Ni idea. Por momentos todos se parecen. Los que eran ayer enemigos, hoy están de repente amangualados. La bancada conservadora apoyará la candidatura de Germán Vargas Lleras. ¿Por qué dejaron a Marta Lucía Ramírez, la conservadora fórmula vicepresidencial de Duque, sola? Acompañándola a ella se quedó Pastrana, el otrora enemigo de Uribe, ese que antes era liberal. Y es que la política en Colombia es así, tan camaleónica como sus políticos, tan desmemoriada como sus ciudadanos.

Viendo a De la Calle tan solo en su correría por el país se temía que la bancada del Partido Liberal, de la cual De la Calle es el candidato presidencial para las elecciones de 2018, lo dejara solo a última hora y apoyara al candidato del gobierno o al candidato del partido que prometió hacer trizas el mayor logro de Humberto en La Habana. Ha podido pasar, pero no pasó. Los liberales en su mayoría, así sea de dientes para afuera, de manera tibia y sin mucha contundencia, juraron estar firmes al pie del cañón con su candidato. Pero lo hicieron tan tarde que el país no les creyó. Cogió fuerza la tesis, posiblemente tendenciosa, según la cual César Gaviria utilizó a De la Calle como comodín para vender en segunda vuelta los votos liberales al mejor postor. Miles de votos que tenía asegurados De la Calle se fueron, para rematar, a reforzar a otros candidatos con mejores “números”, como Petro o Fajardo. Tanta es la desconfianza, que aunque admiren y respeten a De la Calle, temen que el liberalismo termine de pipí cogido con el candidato de Uribe. Así estamos.

La cosa es que el tiempo se agotó. A pocas horas de saber quiénes pasarán a segunda vuelta, ya no valen los análisis. ¿Qué hizo mal De la Calle? ¿Ha debido desligarse del partido y de Gaviria? ¿Ha debido irse por firmas? ¿Ha debido entrar en una consulta con Petro y Fajardo? ¿Ha debido ser el candidato de Santos? ¿Cómo es posible que no tenga opción si es el mejor candidato que hemos tenido en décadas? Nada de eso importa ya. Lo cierto es que su campaña no despegó según los analistas. Ni siquiera con los debates despuntó. Y eso que en todos y cada uno de ellos mostró de qué está hecho y por qué es el candidato más idóneo para manejar las riendas de un país que acaba de salir de una guerra de 52 años. Su candidatura no cogió forma en las masas. En las redes sociales y en la calle me cansé de oír el mismo sonsonete una y otra vez: es el mejor, pero no quiero botar mi voto.  

Los románticos, los agradecidos, los que no sufrimos de amnesia, los que valoramos cada vivo que hoy estaría muerto de no ser por él, esa minoría que según las encuestas votará por De la Calle, pase lo que pase, no sé si pocos o poquísimos, no sé si diez mil o trescientos mil o novecientos mil o dos millones, sí nos quedaremos hasta el final. Hasta que se hunda el barco.

Me pido el violín.