Más allá de las acusaciones de fraude, las elecciones del pasado 27 de mayo mostraron que el país escogió entre los candidatos más extremos en contienda. No opciones extremas, sino cercanas a posturas radicales de izquierda o derecha, que es diferente: difícilmente pueden considerarse a los candidatos finalistas como voceros del fascismo o el comunismo.


Dado que ninguno de los aspirantes logró el 50 % mas uno, hay necesidad de segunda vuelta, y cada grupo ha comenzado a buscar los votos de ese 36% que no votó por ellos. Se puede decir que los perdedores representaban opciones más o menos centristas, algunas más a la derecha, otras más a la izquierda. La forma de búsqueda de esos votos no ha dado mediante el logro de consensos o coincidencias en los programas de los candidatos, quizá porque toda negociación entre políticos se encuentra tan desacreditada que tales actos son vistos como compromisos corruptos; siendo así las cosas, las peticiones de apoyo de están ejerciendo a través de llamados y efusiones sentimentales extremas: “Si usted no vota por un candidato, va a elegira los delincuentes”.  “Si usted vota en blanco o anula su voto, ayuda a elegir al títere del señor de las sombras, y cómo va a mirar a las 10.000 victimas de los falsos positivos”. “Usted es cómplice de los futuros asesinatos de líderes sociales”. “Si vota por el otro, aquel que nos volverá como Venezuela, “después no se queje”. El insulto, la injuria sentimental al extremo. Y la idea de que la responsabilidad sobre lo que termine pasando, al final, siempre será del del otro.
Una de las grandes tragedias de la discusión política de hoy, es la creciente apelación al sentimentalismo, por encima de la lógica y la argumentación. Abunda el chiste fácil, el meme, la búsqueda en el pasado de los candidatos de conductas oscuras que muchas veces son exageradas o citadas fuera de contexto. Las ideas y argumentos estructurados son relegados. Un sentimentalismo tóxico que está corroyendo la sociedad y la discusión pública. Bajo la guisa de supuestos esfuerzos encomiables -cualquier cosa que eso signifique-, se está produciendo el efecto contrario: la responsabilidad se diluye y está cada vez más cerca de la agresión y la violencia. Una efusión sentimental en esencia falaz, por un buenismo mal llevado. Si algo tuvo en común la campaña fueron los unánimes elogios al llamado candidato de la paz. Todos decían que era un señor, un caballero, un estadista, pero que su candidato era otro. Lo que al final querían decir era que había hecho algo grandioso, pero que, por nuestra ideología, nuestros compromisos, o porque pese a todo es el representante de esa vieja casta política que tanto mal hace al país, no iban a votar por él. De allí que todos aquellos que lo alabaron pero no votaron por él en el fondo estaban haciendo un gran acto de cinismo, porque ocultaban su razón principal.
No estoy diciendo que el sentimiento no es importante en un debate, de hecho, es aliado de la razón, si hemos de seguir a Bertrand Russell. Pero cada vez más la apelación sentimental ha dejado las razones de lado. Cuánto hemos leído sobre muertos, conductas reprochables de los candidatos o sus apoyos, y qué poco sus ideas y propuestas. ¿Cuándo se ha discutido si los programas pueden ser posibles, capaces de ser realizados, o lo contrario? Al final no queremos responsabilidad si algo sale mal: hemos pasado al insulto, a la agresión verbal, porque “la culpa no es mía, es del otro, el que no votó por mi candidato”.  A muy pocos les interesa convencer; a la mayoría le interesa vencer. No entendemos al otro, lo satanizamos y lo culpamos todos los males posiebles. Después nos quejamos de la agresividad de las redes, sin entender que somos en parte responsables de ello.
Si se piensa bien, votar en blanco en una segunda vuelta es una opción legítima, y válida si el ciudadano siente que ninguna de las partes lo representa. Nadie discute que un poco de realpolitik no cae mal: votar por A o B candidato cuya ideología más se nos parezca; también es una opción votar por el mal menor, si así se desea. Lo que no es aceptable es el insulto, el llamado catastrofista (si no estás conmigo, estás contra mí), la manipulación informativa del tipo “mira que si eliges al títere, el que va a mandar es el señor de las sombras”, sin mostrar pruebas o argumentos veraces que soporten la afirmación. Al final, estamos ante un caso extremo de agresividad que decimos combatir.
Un amigo publicó en su FB que “si iban a votar en blanco, por favor se salieran, que no quería cómplices de los asesinos entre sus amigos”. Una exaltación de su propia importancia que llega a fastidiar, que también es una degradación de la discusión pública. Hoy todos nos creemos los nuevos mesías, seres de luz y bondad, sin actos o conductas grises. Después pretendemos buscar acuerdos, para construir un mejor país, cuando se ha envenenado el debate de esa forma. No es la mejor receta.  Al fin y al cabo, gane el uno o el otro, la realidad es que estamos en un país muy dividido.  Se hace necesario volver a tender puentes, a negociar, pero, sobre todo, a dialogar: oír al otro, reconocer su otredad;  la política es el arte de lo posible.

(Imagen tomada de: https://navarromarin.es)