Tan polarizada quedó Colombia por cuenta de estos excompañeros de bando, que no son pocos los que ya olvidaron que hasta hace nada ellos compartían la misma cuna. Las coincidencias entre el expresidente Álvaro Uribe Vélez y el expresidente Juan Manuel Santos no son pocas ni son superficiales. Mal que bien son disidentes del mismo partido, el Liberal, y esas raíces en común no fueron borradas por las canas ni por las arrugas y nietos que trajeron los años.  Aliados, socios, amigos, colaboradores del pasado o como sea que deseemos llamar a la dupla Uribe-Santos, es innegable que remaron juntos codo a codo, así hoy parezcan gallinas de gallineros distantes, y en los meses y años que duró ese matrimonio la vida les dio para mucho: desde fundar un partido político, el de la U, hasta bombardear a un país vecino, violando su espacio aéreo y su soberanía,  con tal de matar a uno de los cabecillas más importantes de las FARC. En alguna época de la vida, el fin para ambos justificaba los medios.


Cuando rompieron cobijas, Colombia entera lo padeció. Es el divorcio más costoso, doloroso, amargo, cansón y patético de todos los que se han dado en el país. Ocho años y la tusa está vivita por cuenta de esa ruptura.  El odio fresco, a flor de piel. La Nación partida en dos: de un lado los que detestan a Santos, pues lo consideran un vil traidor por no permitir que Uribe gobernase en cuerpo ajeno y lo cogiera de títere útil; y los que lo apoyan porque gracias a ese distanciamiento pudimos acabar con la guerrilla más antigua del planeta, desmovilizar a la mayoría de sus integrantes, permitirles participación en la arena democrática y salvar la vida de miles de colombianos al firmar un acuerdo de paz considerado en el mundo entero como un modelo a seguir.

Ambos se parecen en los aspectos fundamentales que marcan a un ser humano. No son hijos del pueblo, por ejemplo. No supieron de niños lo que es acostarse con la panza vacía y los intestinos protestando, mucho menos jugaron fútbol descalzos con tal de cuidar su único par de zapatos. Tampoco crecieron viviendo en carne propia la desigualdad e inequidad inmensa de Colombia. Fueron chicos privilegiados de familias pudientes. Neoliberales ambos, amantes de TLC´s ambos, defensores de la propiedad privada y de los empresarios ambos. Pero hay una gran diferencia entre el rolo Santos y el paisa Uribe, aparte de la procedencia de su riqueza y de si tienen vínculos o no con grupos al margen de la ley. Uno se formó en la única ciudad cosmopolita de Colombia y entre periodistas y analistas de renombre del periódico más importante del país, El Tiempo; y el otro creció entre fincas, caballos, corridas de toros, machos bien machos y aguardiente.  No sorprende entonces que uno de ellos se comporte como un ciudadano del mundo enfocado en las relaciones internacionales y en abrirnos a los colombianos las puertas de decenas de países; y que el otro pretenda manejar a Colombia como una hacienda en donde él es el capataz, el mandamás, y los demás sus peones.
Esa diferencia en el talante de este par de ilustres caballeros se nota muchísimo en un escenario en particular del que se habla a diario porque es una fuente inagotable de titulares, pero no con el rigor necesario: la red social Twitter. Más allá de lo hilarante o preocupante de la anécdota del día (¿¡en serio Uribe dijo esa vaina hoy!?), que es como abordamos los tuits del senador del Centro Democrático, ¿no va siendo hora de hacer un análisis completo desde el punto de vista psicológico y sociológico de su comportamiento ahí, en donde trina como loro mojado poseído, generalmente atacando y despotricando contra cualquiera que ose contradecirlo? En esa bitácora, en ese cuaderno de apuntes, está todo lo que debemos saber del líder político que nos tiene en jaque sin dejarnos pasar la página.
Retomemos el pasado 20 de julio. Mientras el presidente Santos, que iba de salida y por ende debía aprovechar cada espacio para resaltar los logros de su gobierno, escribió en todo el día apenas 22 tuits en donde no nombró a Uribe jamás (habló de Barranquilla, de Los Juegos Centroamericanos y del Caribe, del Día de Independencia, y compartió algunos fragmentos destacados de su discurso en la posesión del Congreso con el hashtag  #ColombiaAvanzó); el senador Uribe escribió 111 tuits ese día, 65 de ellos mientras escuchaba, sentado en el Congreso y muerto de la ira, el discurso de su enemigo, de menos de una hora, en el cual pidió lo mismo que está pidiendo el presidente Iván Duque cada vez que abre la boca: unidad. ¡Ciento once tuits para sabotear, dictar un discurso paralelo, incendiar y reforzar lo que nos divide!
Las bromas en la red social no se hicieron esperar. De loco, esquizofrénico, bipolar, demente, senil, odiador, resentido, envidioso, no lo bajaron los tuiteros más críticos. Y es que, no nos digamos mentiras, es raro y perturbador el comportamiento que exhibe Álvaro Uribe Vélez en su cuenta de Twitter. Mientras los demás asistentes escuchaban con atención a Santos y hasta lo ovacionaron por un minuto de pie cuando mencionó las vidas salvadas gracias al acuerdo y que con gusto, por salvarlas, volvería a entregar toda su popularidad, este señor estaba en una carrera contra reloj escribiendo cada minuto un nuevo tuit con el hashtag  #ColombiaRetrocedió.
De Santos I y II ya vendrá el balance. Expertos señalarán en qué avanzó el país y en qué retrocedió, cómo encontró a Colombia Santos y cómo se la entregó a Duque.  Pero nadie hablará de lo que se vivió en Twitter porque la gente seria, y mucho menos los libros de historia, le dan importancia a cosas tan banales como una red social.  Y eso es una lástima, porque analizar ese ring en el cual las barras bravas uribistas y antiuribistas se quieren moler, y no propiamente de sol a sol para ser tan exitosos como Tomás y Jerónimo, es clave a la hora de intentar entendernos y reconciliarnos, porque no solo es la trinchera que eligió el senador Uribe Vélez para lanzar granadas, bombazos y misiles a sus contradictores, sino que también es el lugar de resistencia elegido por millones de colombianos para recordarle a Uribe algo que olvida con frecuencia: que El Ubérrimo es parte de Colombia y no al revés.
En ese escenario, tan brutal cuando se debaten temas políticos, Uribe ha sido el principal instigador. Lo que hemos presenciado quienes tuiteamos con frecuencia es que el senador utilizó en los dos períodos presidenciales de Juan Manuel Santos su cuenta para hostigar, señalar, incitar, provocar, regañar, mentir, amenazar y hasta para anunciar asesinatos futuros y justificar asesinatos presentes, mientras el único uso que le dio Santos fue el de herramienta digital para  informarnos  en qué iba su gobierno. Gran diferencia.
Fueron ocho años en los que Juan Manuel Santos aguantó toda clase de insultos, groserías, improperios, divulgación implacable de “fake news” por parte de Uribe, de la bancada del Centro Democrático y de todo su séquito de “uribelievers”. A pesar del acoso a nadie bloqueó en Twitter. A nadie le escribió un DM para amedrentarlo o callarlo. A nadie le dijo, y solo por estar impulsando una marcha por la vida de los líderes sociales desde el exterior, “eres muy joven para ser tan bandido”. No regañó a ningún maestro, y menos en un tuit detallando cargo y nombre propio a modo de sentencia, por “lavarle la mente” a sus alumnos, ni pretendió dictarle a los profesores, cual Gran Hermano, el contenido de sus cátedras. Guardó la compostura por el bien del país. ¿Se imaginan qué habría sido de Colombia con dos instigadores del calibre de Uribe tirando cada uno para su lado en Twitter? Para Santos no hubo “buenos muertos” ni tuitero que lo incomodase tanto como para darle un portazo en la cara luego del respectivo susurro asustador y amenazante por mensaje privado. Mientras Uribe bloquea a diario a trinadores incómodos, Santos toleró y sigue tolerando a sus contradictores y feroces críticos en la red del pajarito azul. Dos talantes, dos visiones de país, dos maneras de lidiar con la oposición y la frustración.
Dicen los que saben que la mejor hora para conocer a alguien es la de la partida. Pocos recuerdan cómo llegaste a la fiesta, pero sin duda será inolvidable cómo saliste, especialmente si lo haces por la puerta trasera, volándote la paredilla o rodando por las escaleras con los calzones abajo, caído de la borrachera. Mientras Uribe, luego de su gobierno, se quedó a hacerle la vida miserable a su sucesor durante largos ocho años (y de paso a todos nosotros), Santos se fue ovacionado por la comunidad internacional, con un Premio Nobel a cuestas y con el firme propósito de no convertirse en el palo en la rueda de Iván Duque. Pasado un mes larguito, lo que hemos visto es que se está dedicando a abuelear, a celebrar que sigue vivo a pesar del cáncer, y a pasar tiempo con su familia en camiseta y bermudas, sin la carga pesada de un séquito de 300 escoltas cuidándole la espalda. Dará clases en Harvard, mirará los toros desde lejos, subirá a Twitter fotos con Celeste y ya, pare de contar.
Con Santos ausente, fuera de la palestra pública, sin gobierno que desprestigiar y torpedear, con las FARC en el Congreso presentando a consideración proyectos de ley, sin el fantasma del castrochavismo apoderándose del país, ¿quién será el nuevo blanco predilecto de Uribe, contra quién la emprenderá sin tregua estos cuatro años desde su cuenta @AlvaroUribeVel?
Ojalá la respuesta no sea: Colombia. 

(Imagen tomada de Kienyke)