La posibilidad de que Jair Bolsonaro -el candidato de ultraderecha que no se avergüenza de serlo- se convierta en presidente de Brasil, ha generado una predecible alarma entre las minorías medianamente ilustradas de América Latina.


Si fuera posible resumir el talante de este político impresentable, repasando algunas de sus declaraciones, esa preocupación sería justificada. Bastan algunos ejemplos. “El error de la dictadura fue torturar y no matar”. “No emplearía a hombres y mujeres con el mismo salario”. “Sería incapaz de amar a un hijo homosexual. Prefiero que muera en un accidente a que aparezca con un bigotudo por ahí”. "Ella no merece ser violada, porque es muy mala, porque es muy fea, no es de mi gusto, jamás la violaría (a la diputada María del Rosario)”. “Policía que no mata no es policía”. “Los negros no hacen nada. Creo que ni para procrear sirven”. “Si veo a dos hombres besándose en la calle los voy a golpear”. "Hay que dar seis horas para que los delincuentes se entreguen, si no, se ametralla el barrio pobre desde el aire". "Dios encima de todo. No quiero esa historia del estado laico. El estado es cristiano y la minoría que esté en contra, que se mude. Las minorías deben inclinarse ante las mayorías". "El 90% de los hijos adoptados por parejas homosexuales van a ser homosexuales y se van a prostituir, con seguridad". “Fueron cuatro hombres (sus hijos). La quinta vez me dio una debilidad y vino una mujer". “El pobre solo tiene una utilidad en nuestro país: votar”.
A pesar de esta última afirmación, no fueron precisamente los pobres quienes votaron por él en la primera vuelta. Sus principales electores son los varones, los ciudadanos con estudios universitarios, las personas que ganan más de cinco salarios mínimos, y el 55% de los miembros de las iglesias evangélicas, más o menos el mismo perfil de votantes que eligió a Iván Duque en las más recientes elecciones colombianas.
Brasil, que es quizás el país étnica y culturalmente más diverso del mundo, está a un paso de dejar su destino en manos de un hombre que no solo desprecia esa pluralidad y esa riqueza, sino que se atreve a hablar sin pudores en contra de todas las conquistas obtenidas por la sociedad civil en el último siglo.
Pero, aquellos que se alarman frente a esta realidad tan vergonzosa, los miembros escandalizados de las minorías medianamente ilustradas, no lo vieron venir; como no vieron venir a Trump los comentaristas y abstencionistas de Estados Unidos, y los observadores turcos a Erdogan, y los filipinos a Duterte, y los italianos a Silvini, y los franceses no quieren ver venir a Le Pen, y los colombianos no quisimos ver venir, montado en el delirante carruaje de la infamia, a Álvaro Uribe.
En medio de esta vorágine, que parece una epidemia mundial de ceguera y estupidez, no sobra preguntarse de nuevo si en la política de hoy aún es posible una derecha decente. Desafortunadamente, los verdaderos demócratas, quienes nos hemos negado a aceptar que el conservadurismo de estos tiempos no es otra cosa que un fascismo disfrazado, no tenemos cómo responder favorablemente a ese cuestionamiento, debido, en gran parte, al surgimiento exitoso de liderazgos como el del vociferante Bolsonaro.
En nuestra región, las expresiones civiles de la derecha política solían sustentarse en discursos medianamante coherentes, expresados con argumentos por líderes que, aunque con frecuencia fueron inescrupulosos y gobernaron de espaldas a la gente, al menos estaban bien educados y no se permitían la insensatez de agitar en público las banderas de la intolerancia; ese talante, hipócrita o auténtico, propició,  en algunos lugares, espacios en los cuales la sociedad pudo sacudirse y avanzar en aspectos que estuvieron estancados por siglos: derechos de minorías, medio ambiente, aborto, igualdad de género, legalización de dosis mínima de drogas, matrimonio de personas del mismo sexo.  
Las circunstancias cambiaron a medida que esas élites conservadoras se fueron diluyendo para darle paso a una nueva derecha emergente, compuesta por personajes oscuros, básicos, envalentonados por los crímenes de la izquierda en el poder -como en las dictaduras de Venezuela y Nicaragua- y por los crímenes de los movimientos guerrilleros que perdieron el norte de su lucha -como en el caso de las FARC y el ELN-. Por supuesto, no consideran ponderar las virtudes de gobiernos existosos de la izquierda democrática en países como Uruguay, Chile y Ecuador; hacerlo le restaría poder a su táctica reaccionaria y fanática.
La ideología de Jair Bolsonaro -y la de muchos lideres de la derecha latinoamericana- está contenida en las pocas frases que se enumeran al comienzo de esta columna, las mismas que la prensa mundial registra cada tanto, como para advertir lo que significaría un eventual gobierno de un personaje tan bajo, como queriendo disculparse por no haberlo visto venir.  
Y mientras dirigentes políticos colombianos que comparten su obscena visión del mundo, encabezados por la senadora María Fernanda Cabal, se apresuran a felicitarlo por su triunfo en las primarias, algunos continuamos justificando la pertinencia de preguntar hasta el cansancio: ¿Dónde está la decencia de una derecha que justifica la mentira, la persecución, la guerra, la manipulación, el ultraje, el odio, la exclusión, el desplazamiento, el asesinato, la proscripción, el despojo, la segregación?
No habrá esperanza para las democracias del mundo mientras los ciudadanos sigan permitiendo que las nuevas derechas, las que perdieron el pudor de mostrar sus malvadas intenciones,  los convenzan de que es necesario dejarse llevar al abismo por individuos tan nocivos como Jair Bolsonaro, un cínico, un fascista, un sociópata sediento de sangre y de venganza, a quien nadie vio venir.
 
(Imagen tomada de www.diariopopular.com.ar)